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Escrito por de nuestros escritores   
jueves, 23 de mayo de 2013

 

Democracia participativa

Por: Gilberto P. Miranda, politólogo y consejero de Vertebra

Tuvo que pasar casi una década para que el camino a la democracia participativa en Nuevo León diera un primer paso real, al aprobarse ayer en el Congreso del Estado la primera vuelta de reforma constitucional para dar sustento a la Ley de Participación Ciudadana.

Esta legislación crearía instrumentos para dar influencia real a los ciudadanos sobre las grandes decisiones públicas, así como una relación mucho más directa y eficiente con las autoridades, acercándonos al deber ser de asumir un verdadero rol de mandatarios.

Entre estos instrumentos se encuentran el plebiscito (poder votar a favor o en contra de una gran decisión pública); el referéndum (poder votar a favor o en contra de una legislación); el presupuesto participativo (decidir cómo queremos que se empleen los recursos públicos) y la audiencia pública (la obligatoriedad de autoridades municipales y estatales para atender a un ciudadano en un tiempo determinado).

Lo que tales instrumentos pretenden es empoderar al ciudadano. Pasar de la democracia representativa -muy cuestionable debido a las prácticas de gran parte de la partidocracia- a una participativa, en la que rompamos el paradigma de creer que somos ciudadanos cada tres años que hay elecciones, y nos asumamos como protagonistas activos de las transformaciones que deseamos.

Contar con un instrumento que regule y facilite la participación de la ciudadanía también es un gran fortalecimiento a la legitimidad de las decisiones públicas, hoy tan cuestionadas por sobrados casos de corrupción y negligencia, que al ser consensadas con la ciudadanía, tendrían como resultado una mejor gobernabilidad y mayor probabilidad de servir al interés público.

El camino de la participación ciudadana ha sido largo y sinuoso. Comenzó en 2004 con una primera iniciativa presentada por la sociedad civil, congelada en el Congreso hasta 2010 cuando se retomó el tema. Entonces, ciudadanos, académicos y legisladores trabajaron arduamente para llegar a una iniciativa conjunta.

En 2011, cuando se suponía que la iniciativa pasaría sin mayores aspavientos, el PRI sufrió una suerte de esquizofrenia, bloqueando lo que ellos mismos promovieron. Dado que no había ya ninguna barrera jurídica, técnica ni política -al menos en el discurso-, no existe otra explicación al bloqueo de la participación ciudadana que una clara línea política, cuya fuente más lógica y probable es el Gobernador.

La actual Legislatura colocó el tema en la agenda mínima y, de manera un tanto fortuita, se ha logrado mayor avance en estas dos semanas que en años, al sacar de la Comisión de Legislación y Puntos Constitucionales el dictamen para la reforma constitucional, que fue aprobado en primera vuelta con los votos del PAN, PRD y PT. La bancada del PRI ni siquiera estuvo en el Pleno.

Ahora tendrá que ser sometido a segunda vuelta, y requerirá de dos terceras partes de los votos. Es decir, para pasar requiere del PRI, cuyos Diputados han expresado quejas del proceso (el líder priista en el Congreso ayer la llamó una ley "Frankenstein", hecha al vapor), pero también han dicho apoyar decididamente la Ley. Pronto tendrán oportunidad de demostrarlo.

Una vez que la reforma constitucional ocurra, podrá dar inicio a la discusión propiamente de la Ley de Participación.

Es una vergüenza para Nuevo León mantenerse como uno de los cuatro estados a nivel nacional que no cuentan con una Ley de Participación Ciudadana. Incluso hay una particularidad que merece la pena resaltar: el nuestro es el único Estado donde la iniciativa de participación fue presentada por los propios ciudadanos, y no por el Poder Ejecutivo o Legislativo.

La mezquindad de gran parte de la clase política por detener la participación ciudadana nos lleva a una reflexión amplia: la actitud cerrada y reaccionaria de quienes creen tener el monopolio del poder público se está agotando.

El signo de los tiempos es claro: la sociedad civil exige espacios que le pertenecen, y cada vez hay más ciudadanos que no están dispuestos a conformarse con la simulación.

Bien decía el maestro Pablo González Casanova que la democracia es "el acceso real del pueblo al desarrollo político, económico, social y cultural; lo demás, es retórica" (1965).

Más que la propia ley, lo trascendente es la posibilidad de construir un poder social como verdadero contrapeso. Quizá por eso es tanto el miedo gubernamental.

 
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Escrito por nuestros escritores   
viernes, 08 de febrero de 2013

 

A un siglo de La Decena Trágica

LOS ÚLTIMOS MINUTOS DE BERNARDO REYES AL ASALTAR PALACIO NACIONAL

Tras su encarcelamiento en Tlatelolco por su rebelión en Tamaulipas contra el presidente Francisco I. Madero, el ex gobernador nuevoleonés se fuga con ayuda de contrarrevolucionarios para ir a tomar el Palacio Nacional, donde cae bajo la metralla de Lauro Villar Ochoa 

Por RAYMUNDO HERNÁNDEZ ALVARADO

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Gobernó por más de 20 años y llevó a la modernización e industrialización el estado de Nuevo León. Fue el hombre fuerte de Porfirio Díaz en el norte del país y aunque fue comandante de la Tercera Zona Militar que comprendía los estados de Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas al mismo tiempo ejercía un mandato regional de facto en el noreste mexicano. 

Bernardo Reyes Ogazón es el tapatío de origen que mantiene un rígido control aplacando descontentos y sublevaciones.

Al triunfo de Francisco I. Madero y Pino Suárez en la presidencia y vicepresidencia de la república, Bernardo dirige una rebelión contrarrevolucionaria cocinada en Texas que lanza el 16 de noviembre de 1911 en el rancho La Soledad, del municipio de Camargo, Tamaulipas donde a través del llamado Plan de la Soledad desconoce a Madero y se proclama como presidente de la república interino.

La revuelta no prospera y tras recorrer parte de ese estado en busca de adeptos decide entregarse en Linares, Nuevo León. Madero le perdona la vida y en lugar de fusilarlo lo envía a la prisión militar de Santiago Tlatelolco, Ciudad de  México, donde conspiraría nuevamente para unirse al sobrino de Díaz, Félix Díaz y encabezar la asonada contra el presidente Madero en Palacio Nacional.

Con esta rebelión en que Bernardo y Félix y otros insurrectos utilizan a cadetes de la escuela militar se iniciaba la llamada Decena Trágica. Un tamaulipeco, el general Lauro Villar Ochoa, quien meses atrás lo había sentenciado en corte marcial detiene la embestida a las afueras de Palacio Nacional donde cae Reyes y su leyenda.

Como gobernador de Nuevo León, Reyes reclamó una parte del territorio de Tamaulipas que le permitiera al estado de Nuevo León contar con una franja colindante con Estados Unidos a fin de que las autoridades neolonesas pudieran contar con facultades legales para perseguir a descontentos políticos y bandoleros y así solicitar directamente la extradición al gobierno estadounidense,  pretención que con argumentos históricos desbarata su homólogo vecino Alejandro Prieto.                              

TRAYECTORIA DE REYES

Reyes Ozagón nace en Guadalajara en 1850, quien desde los 14 años de edad emprende una brillante carrera militar que le permite importantes triunfos, primero al lado de la república y posteriormente con Porfirio Díaz. A los 17 es herido dos veces y asiste al Sitio de Querétaro para luego estar presente en la rendición de Maximiliano.

A los 21 años es ascendido a capitán en 1871 luego de participar en el sofocamiento de una insurrección en Sinaloa y tras haber desarrollado campaña en los estados de Tamaulipas, Zacatecas y San Luis Potosí.

Posteriormente llega a ser teniente coronel cuando con ayuda de 20 soldados repele a militares de su misma compañía que se habían amotinado. En julio de 1880 vence a un ejército rebelde del porfiriato, que según versiones, lo superaban tres a uno, empleando tretas y engaños donde incluso lo dan por muerto. Esta última acción le vale el ascenso a general brigadier.

Hasta 1883 sería jefe de las Fuerzas Militares en el noroeste del país y luego hasta el 85 comandante militar en San Luis Potosí, de donde sería enviado por Porfirio Díaz a Monterrey para neutralizar la influencia de los caudillos locales Jerónimo Treviño, Francisco Naranjo y Lázaro Garza Ayala y disminuir el contrabando.

En 1887 es designado jefe de la III Zona Militar que abarcaba Nuevo León, Coahuila y Tamaulipas, para luego ser gobernador nuevoleonés constitucional donde a partir de 1890 logra transformar la capital regia, promoviendo su industrialización, relaciones comerciales y convertirla en eje de prosperidad regional.

Cuando en 1898 el dictador Díaz visita Monterrey brinda por la bonanza lograda y le dice: “general Reyes, ¡así se gobierna!...".  En 1900 sube su popularidad entre la clase media del país al mencionársele como posible sucesor de Díaz siendo su secretario de Guerra, cargo del que regresa a la gubernatura neolonesa en 1903 al amarrar pleito con el grupo Los Científicos cercanos a Porfirio.

EL AMBIENTE NACIONAL

En 1909 Bernardo es postulado como candidato a la vicepresidencia del país por el Partido Democrático, cargo que rechaza alegando lealtad al presidente dictador, pero no le sirve de mucho pues Díaz como quiera lo manda al exilio a Europa para luego regresar en 1911 cuando Porfirio ya había sido obligado a renunciar el 25 de mayo de ese año.

Reyes regresa al país y la emprende contra Madero, -ya presidente constitucional- y a fines de ese año 11 se va a Texas, donde prepara el documento de su rebelión (de La Soledad) contra el coahuilense, seguro de que a un llamado suyo el país se iba a unir para derrocarlo y subir él a la presidencia.

Con León de la Barra en presidencia, sus propios seguidores le reclamaban a Madero que tratara de romper con los hermanos tamaulipecos Francisco y Emilio Vázquez Gómez, quienes a su vez como secretarios de gabinete tildaban de porfirista y antiprogresistael régimen de labarrista.

El malestar de los maderistas aumenta al enterarse del pacto de don panchito con Bernardo Reyes y de la Barra, con el que Reyes acepta la candidatura del parrense a cambio de la secretaría de Guerra. Madero es visto así por los suyos como débil y traidor a la revolución, escribe Iñigo Fernández Fernández en su obra Historia de México ( México, U. Iberoamericana-Pearson, 2004).

El presidente rompe el pacto para salvar la unidad de su partido progresista y Bernardo decide organizar su Partido Reyista pero no alcanza a participar en las elecciones presidenciales y emigra a Texas a finales de septiembre de ese año 11, facilitando el triunfo del coahuilense.

A Madero le preocupaba que la clase media y conservadores mencionaran a Reyes como sucesor ideal de don Porfirio.

Aún exiliado en Texas, El Procónsul es espiado por enviados de Madero y a inicios de noviembre de 1911 ya tiene casi listo su Plan de la Soledad, modificación del  Plan de San Luis.

LA PROCLAMA DE LA SOLEDAD

En su parte introductoria el Plan de la Soledad reyista califica al gobierno de Francisco I. Madero como de ‘bastardo poder’, por lo que empeña ‘su patriótico deber de liberar al país humillado por una tiranía demagógica con la necesidad apremiante de asentar el imperio de la Constitución y realizar los ideales revolucionarios’, escribe Javier Garcíadiego en su libro La Revolución Mexicana (México, UNAM, 2003).

Con esa proclama Reyes ‘reformaba’ el Plan de San Luis de Madero, texto de 16 apartados, cuyo número I reza:  ‘Se declaran nulas las llamadas elecciones para Presidente y Vicepresidente efectuadas en realidad mediante imposiciones y persecuciones por un solo bando político, y no por la Nación, en el mes de octubre del presente año’.

Con el II ‘desconocía’ a todas las autoridades que no secundaran su Plan. Con el V declaraba “Ley Suprema de la República el principio de “No reelección del Presidente y Vicepresidente de la misma, Gobernadores de los Estados y Presidentes Municipales”.

En el apartado VII, Bernardo se asume como presidente provisional y en el VIII menciona que al triunfo de su revolución dará cuenta de la misma al Congreso. En el XV precisa que las tropas revolucionarias tendrán como distintivo una cinta roja en el brazo izquierdo.

En el XVI ofrece restablecer la llamada Zona Libre en la frontera tamaulipeca y norte en general. Firmado en ‘Soledad, Tamaulipas, 16 de Noviembre de 1911’, añade el sitio http://www.memoriapoliticademexico.org/Textos/6Revolucion/1911PBR.html

 “El plan tuvo una profusa difusión y aunque no logró despertar el interés de sus antiguos seguidores… si puso en situación comprometida a las autoridades estadounidenses”, refiere por su lado Oscar Flores en su libro Monterrey en la Revolución (Monterrey, FSP, 2007, p. 42).

LA NAVIDAD DEL PROCÓNSUL

Dos días después de conocido el texto contrarrevolucionario, las autoridades norteamericanas presentan orden de aprehensión contra Reyes, siendo arrestado y liberado con fianza de 10 mil dólares y como le fijan juicio para la segunda semana de diciembre de ese 1911, Reyes decide cruzar a México.

Escribe Flores que acompañado de solo cinco personas cruza la frontera el 13 de diciembre y tras eludir los centros importantes de población en el norte de Tamaulipas, el grupo tiene una escaramuza contra una acordada de rurales que logran separar a Bernardo de sus acompañantes,

“Después de 11 días de fatídica aventura y completamente solo sin que nadie acudiera en su auxilio, decidió entregarse -a cualquier tropa o autoridad- que encontrara en su camino”, escribe Flores citando a Niemeyer (1966). Perdido en la noche, Bernardo se entregaba a un oficial rural de Linares la madrugada del 25 de diciembre hambriento, sediento y con ropas desgarradas.     El Plan de la Soledad abogaba por el restablecimiento de la zona libre en un claro intento por atraer la simpatía regional. El proyecto reyista se vio frustrado; en territorio norteamericano Reyes fue aprehendido por violar las leyes de neutralidad”, añaden J. Zorrilla, M. Miró y O. Herrera en su obra Tamaulipas, una historia Compartida II (Cd. Victoria, UAT, 1993).

TAFT Y MADERO TEMÍAN UNA INVASIÓN DESDE EU

En su libro Madero y la Revolución Mexicana, el historiador estadounidense Charles C. Cumberland llama la rebelión de Bernardo Reyes como un intento de revolución. Revela datos poco conocidos en el noreste.

Indica que Reyes había fijado el 1 de diciembre de ese año 11 para el inicio de la revolución reuniendo a sus partidarios en San Antonio, Texas y que a pesar de que León de la Barra envía a su hermano para disuadirlo, no logra convencerlo ‘de la locura de su actitud’.

Madero sabía de la intención reyista y alerta al gobierno gringo para impedir un movimiento armado desde su territorio, el cual envía a dos compañías de tropas a Texas. Luego, agentes federales en Texas arrestan a Reyes y su estado mayor confiscando armas y parque, así como al sheriff del condado de Webb por ayudarles.

La histeria sube de nivel, dos gobiernos alarmados porque se temía una nueva revolución contra Madero. El presidente yanqui Taft declara que no permitirá un movimiento armado contra el gobierno mexicano desde suelo norteamericano. Esto desanima a Reyes, quien planeaba originalmente invadir por Agua Prieta-Cd. Juárez o Nuevo Laredo-Matamoros, añade Cumberland.

Se decide por un levantamiento interno en México y por eso redacta el Plan de la Soledad, proyecto que verdaderamente planteaba una rebelión seria por Coahuila, Nuevo León o Tamaulipas. Según Cumberland, Bernardo logra reunir a cerca de 600 seguidores, pero al entrar a suelo mexicano nota que el pueblo le es indiferente su revuelta.

 “Los días pasaban y ni un solo individuo venía a incorporárseme” afirmaría Reyes en 1912. Su núcleo lo deja hasta quedar solo completamente y al rendirse en Linares envía un cable a su persecutor Gerónimo Treviño pidiendo amnistía para él y sus adeptos, la cual le es concedida a ellos, más no a él, para ser enviado detenido a ciudad de México.

Dice Cumberland que Bernardo no podía creer que los mexicanos inteligentes prefirieran a Madero que a un famoso general de división.

Al fracasar su revuelta, Bernardo Reyes es encarcelado en Tlatelolco y Félix Díaz, sobrino del dictador Díaz, quien se había sublevado en Veracruz en octubre de 1912 es detenido y enviado a Lecumberri. Ambos rebeldes son sometidos a corte marcial de la que forma parte el general Lauro Villar en una sentencia castrense que los  condena a morir fusilados.

Pero Madero los perdona en un acto piadoso, solo para rebelarse de nuevo Reyes al escapar de la cárcel con ayuda de  Manuel Mondragón y Gregorio Ruiz en el inicio de la traición llamada la Decena Trágica, urdida por Victoriano Huerta, ‘El Chacal’ y el embajador gringo Henry L. Wilson.

VILLAR Y REYES, FRENTE A FRENTE, AMBOS DE 63 AÑOS

El 9 de febrero de 1913 por la madrugada empieza La Decena Trágica en dos frentes. Mondragón y Ruiz, acompañados por un hijo de Bernardo, Rodolfo, liberan a punta de las armas al procónsul y luego se van a Lecumberri donde también sacan a Félix.

Al saber de la rebelión el general Lauro Villar estaba enfermo en su casa pero se traslada a Palacio a tomar su puesto como comandante militar del Ejército Federal de la capital. Algunas secciones de Palacio son tomadas por los rebeldes.

Al llegar Lauro domina a algunos reyistas y felixistas colados al patio central y corredor a la secretaría de Hacienda. El general Angel García se va en automóvil a Chapultepec a avisar al presidente Madero de lo ocurrido.

“El general Villar organizó la defensa de Palacio distribuyendo sus soldados en dos líneas de tiradores: una pecho en tierra, a unos seis metros de la acera, rodilla en tierra. Ayudado por el intendente de palacio Adolfo Bassó Bertiolat, emplazó una ametralladora a cada lado de la puerta (una no funcionó) y esperó”, refiere Juan Manuel Torrea en su documento La Asonada Militar de 1913.

Participante en la defensa de Palacio Nacional, el historiador y militar Torrea describe así los hechos del ataque al edificio emblemático del poder nacional por una sección rebelde: “Cuando este grupo se hallaba a la mitad entre las dos puertas, Mariana y Centro, pudimos reconocer que quien venía al frente bien sentado en un caballo retinto era el General Reyes…”

 “Las palabras que se cruzaron el General Reyes y el General Villar fueron las siguientes, según el segundo de los divisionarios me lo relató varias veces en Veracruz: -Ríndase usted, dijo el General Reyes al General Villar-. La respuesta fué: -Quien debe rendirse es usted-“, añade el historiador.

Cuando estaban frente a frente se debe haber hecho un disparo que se achaca al General Villar o al Coronel Juan Morelos. Villar aseguró que los primeros disparos fueron hechos por el grupo rebelde sobre soldados del 20° Batallón, que luego recibió la herida en el cuello que le fracturó la clavícula derecha cuando el General Reyes movía su caballo para envolverlo y que fue entonces cuando dio la orden de fuego.

En este primer encuentro, fue vencida una parte de la rebelión, agrega Torrea.

Al iniciarse los disparos murieron el General Reyes, “que lo vimos irse de lado hasta caer de la cabalgadura y el Coronel Juan G. Morelos (maderista), Jefe del 20° Batallón y a quien habíamos perdido de vista”, escribe el militar. El tiroteo duró unos 20 minutos.

150 DEFENSORES CONTRA DOS MIL GOLPISTAS

La fuerza del matamorense Villar era de poco más de 150 soldados, 20 de ellos custodiando a 300 cadetes rebeldes que habían sido detenidos en algunas secciones; y unos 120 estaban en línea de tiradores. Los golpistas sumaban más de dos mil 200.

 El primer golpista en llegar frente al matamorense es el general Gregorio Ruiz, quien lo emplaza a rendirse y unirse a su bando, lo que rehúsa Villar. Ruiz avanza a caballo entre las líneas defensoras, Lauro sujeta las riendas , le apunta con su arma para ser apresado y fusilado.

A los pocos minutos llega Bernardo Reyes a caballo al frente de otra columna y sus tiradores ocupan la catedral, frente a Palacio. Frente a Villar le pide rendirse y se producen los disparos de los subalternos lo que obliga a Reyes a disparar sobre Villar hiriéndolo en el hombro y fracturando la clavícula derecha, según la versión escrita del historiador matamorense Eliseo Paredes.

“El intendente Bassó disparó su ametralladora y mató al general Reyes, hubo muchos heridos entre civiles, oficiales y soldados. Las balas de fusil y cañón eran intercambiadas, muere el coronel defensor Morelos, pero Villar sostiene, herido, el punto y los rebeldes huyen dejando más de 200 compañeros muertos, indica la cita de Clemente Rendón de la Garza en su obra 20 Héroes Caudillos y Revolucionarios (Cd. Victoria, Pro Graf, 2010, p.82).

SE APAGA LA VELA DE BERNARDO REYES

Rodolfo Reyes, hijo de Bernardo, testigo y participante en el asalto a palacio describe el momento de la muerte del Procónsul del Noreste: “En tan angustiosos momentos, colocado a la izquierda y un poco atrás de mi padre estando el Dr. Espinosa de los Monteros en la misma línea que él y a su derecha dije a aquel (Bernardo) –te matan-”

‘Al mismo tiempo que él (Bernardo) hacía chocar su caballo con una ametralladora y volviendo la cara me dijo; -pero no por la espalda-. Sonó un tiro aislado y luego todos los soldados que nos tenían entre ellos mismos, que dudaban, hicieron un fuego nutrido y terrible, funcionando las ametralladoras a boca de jarro”, cita Luis Garfias M. en su libro La Revolución Mexicana: Compendio histórico, político militar (México, Panorama Ed., 1991, p. 80).

‘Mi padre se detuvo un momento, agarrado a la crin de su caballo y cayó a la izquierda sobre mí, que también caía arrastrado por mi cabalgadura muerta’, señala el testimonio del abogado Rodolfo Reyes. Su padre, Bernardo, caía atravesado por enormes balas de la ametralladora de piso operada por Adolfo Bassó.

‘ES USTED MUY HOMBROTE’: MADERO

Con Villar herido a sus 64 años de edad en la azotea de Palacio Nacional, Una hora y media después de los hechos llega desde Chapultepec el presidente Madero, el secretario de Guerra y otros oficiales en busca del defensor del recinto.

Al saludar al viejo Divisionario, Madero le dice: Es usted muy hombrote General Villar. El General Villar le dio las gracias contestándole: Los hombrotes están ahí en la cadena de tiradores, mostrándoselos. A Lauro se lo llevan a la enfermería, añade Torrea. Los sublevados tomarían luego La Ciudadela, traicionando y asesinando por la espalda a oficiales.

Lauro lleva a Madero a ver algunos de los cadáveres de militares famosos, como el de Bernardo y el de Juan Morelos. Decenas de curiosos por el zócalo pierden vida al ser blanco de miles de balas disparadas por los dos bandos.

Villar sale de escena al pedir ser llevado al Hospital Militar, junto a sus compañeros heridos.

En esa sala donde se atiende al tamaulipeco, Madero releva del mando a Villar y lo entrega cándidamente a Victoriano Huerta, a sugerencia de Gustavo, su hermano.

 Algo sospechaba Villar de Huerta al advertirle que se portara bien, diciéndole ‘mucho cuidado Victoriano, mucho cuidado’ pero éste traicionaría todo al detener el 18 de febrero y asesinar a Madero, al vicepresidente Pino Suárez y al intendente Bassó y montar una farsa con la ayuda de la embajada gringa y luego llegar al poder.

En 1914 Lauro Villar pide su baja militar al cumplir casi medio siglo de servicios. Retirado de toda actividad en Veracruz, enferma y es llevado a México, donde muere el 26 de junio de 1923.

Es sepultado en el panteón Tepeyac capitalino para ser exhumado y llevados sus restos en junio de 1973 a Matamoros, donde no pudieron ser sepultados, hasta que en 1983 el ayuntamiento a cargo de Jorge Cárdenas los inhuma en la plaza Mariano Matamoros, donde a la fecha sufren el abandono de todo tipo de autoridades al permanecer en el olvido y sin placa de identificación siquiera.
 
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lunes, 10 de diciembre de 2012

 

80 AÑOS DE LA UANL

Pasado, presente y futuro…

Ahora que la UANL cumplirá el próximo año su 80 aniversario y ya prepara las actividades de festejo, plasmaremos algunos datos relacionados con su pasado, presente y futuro:

La UANL nace oficialmente en 1933, aunque sus orígenes son más remotos, pues para este año existían escuelas de Jurisprudencia, de Medicina y Farmacia, la Escuela Normal y Colegio Civil...

Serían los representantes de estas instituciones quienes someterían a consideración del Congreso del Estado de Nuevo León la fundación de una universidad en forma, hecho que ocurriría finalmente el 25 de septiembre de 1933, fecha en que inicia sus actividades con una matrícula de 1864 alumnos y 218 profesores...

Tuvo por sede el edificio del Colegio Civil, fundado en 1857 y el primer rector fue Héctor González, gobernaba Francisco A. Cárdenas. En esta primera etapa fue definitiva la presencia del Alfonso Reyes, entonces embajador mexicano en Brasil, quien alzó su voto por apoyar la creación de la Universidad del Norte en Monterrey; a la voz de Reyes se unieron otras de jóvenes como Ángel Martínez Villarreal, Enrique C. Livas, José Alvarado Santos, Juan Manuel Elizondo y Raúl Rangel Frías…

La UANL recibió en un primer momento el nombre de Universidad de Nuevo León y se integró inicialmente de las facultades de Derecho y Ciencias Sociales, Medicina, Ingeniería, Química y Farmacia, así como de la Escuela Normal, la Escuela Industrial, la Preparatoria Técnica "Alvaro Obregón", la Escuela Industrial de Labores Femeniles "Pablo Livas" y la Escuela de Enfermería y Obstetricia…

En 1957 inicia la urbanización de los terrenos que hoy ocupa Ciudad Universitaria, luego de que el presidente Miguel Alemán Valdés emitiera un decreto mediante el cual se cedían 334 hectáreas para su construcción, anexando posteriormente 100 hectáreas más a su terreno...

En la década de los 60's ocurren dos eventos de especial relevancia que terminan por configurar la arquitectura del campus: en septiembre de 1961 -siendo gobernador del estado Raúl Rangel Frías, ex rector de la universidad- inicia operaciones la torre de rectoría; en 1967 se inaugura el Estadio Universitario, gracias al apoyo del patronato de la UANL...

En 1971 se promulga la cuarta Ley Orgánica, por la que se le concede la autonomía a la institución, que tomó desde entonces el nombre por el que ahora se le conoce: Universidad Autónoma de Nuevo León…

 En 1980 se inaugura la Capilla Alfonsina, donde actualmente se alberga parte del acervo del intelectual y prolífico escritor mexicano Alfonso Reyes, conocido también como el “Regiomontano Universal”...

Otro de los eventos importantes para la universidad ocurridos en la década de los ochentas es la inauguración de la Unidad Mederos que, aunque desde años atrás, ya contaba con algunos edificios en activo, es en 1982 que se funda como la unidad que hoy aloja a diferentes facultades, entre las que se encuentran la de Ciencias Políticas y Administración Pública, Artes Visuales, Artes Escénicas y Ciencias de la Comunicación. En la década siguiente, justo en el año de 1994, abre sus puertas la Biblioteca Universitaria "Raúl Rangel Frías", conocida inicialmente como Biblioteca Magna "Solidaridad"...

 El  28 de noviembre del 2005 se coloca la primera piedra del Centro de Innovación, Investigación y Desarrollo en Ingeniería y Tecnología (CIIDIT), ubicado dentro del Parque de Investigación e Innovación Tecnológica (PIIT), en el municipio de Apodaca…

Actualmente, la UANL es la tercera universidad más grande de México y la institución pública de educación superior más importante y con la mayor oferta académica del noreste del país; cuenta con alrededor de 153 mil estudiantes, que son atendidos por 6 mil 228 docentes. Cuenta con 26 facultades y un Instituto de Investigaciones Sociales, 25 preparatorias, tres preparatorias técnicas y un Centro de Investigación y Desarrollo en Educación Bilingüe. Tiene presencia en todo el Estado, entre sus sedes destacan siete campus universitarios: Ciudad Universitaria, Ciencias de la Salud, Mederos, Marín, Ciencias Agropecuarias, Sabinas Hidalgo y Linares...

 Cuenta con una enorme oferta cultural y artística, la cual proyecta a través de sus espacios distribuidos en el área metropolitana; uno de ellos es Colegio Civil Centro Cultural Universitario, inaugurado en 2007, que alberga el Aula Magna y el Museo Histórico, otra de las sedes es el Teatro Universitario que abrió sus puertas en 1991 en el Campus Mederos.

Sin faltar la Biblioteca Universitaria "Raúl Rangel Frías" inaugurada el 29 de noviembre de 1994; la Unidad Cultural Abasolo, ubicada en el Barrio Antiguo; la Biblioteca Universitaria "Capilla Alfonsina" que entró en funciones en 1980 en Ciudad Universitaria y, no menos importante, la Ex Hacienda San Pedro "Celso Garza Guajardo", edificio histórico construido en el municipio de Zuazua en el siglo XVI y remodelado en 1990...

Dentro del último informe anual que rindió el rector Jesús Ancer Rodríguez destacan algunas cifras que resumen la posición que la institución tiene actualmente: cuenta con 153 mil 40 alumnos, otorgó 226 mil 144 becas, 101 estudiantes integran la Universidad para los Mayores, ofrece 251 programas educativos, 100% de estudiantes atendidos en programas de licenciatura avalados por su buena calidad (CIEES), 2 mil 463 opciones de educación continua, 82 programas en el Padrón Nacional de Posgrados de Calidad del CONACYT, 580 proyectos de investigación, 505 miembros del Sistema Nacional de Investigadores y Sistema Nacional de Creadores, 6 mil 228 profesores conforman su planta docente, 93% de sus profesores de tiempo completo tienen posgrado…

 Cuenta con 43 cuerpos académicos consolidados, 219 libros editados al año, 2 mil 349 convenios y contratos de servicios profesionales con el sector productivo y gobiernos municipal, estatal y federal en los últimos años, 2 millones 600 mil servicios a la comunidad, 4 ferias celebradas en la Explanada de Rectoría (Feria del Libro, Feria de la Salud, Feria de las Artes y Feria Laboral), 1era. Universidad de México invitada a la feria del libro de Frankfurt (Alemania), 641 alumnos y profesores en el programa de movilidad académica en 36 países, 275 estudiantes y maestros extranjeros en la UANL, 7 campeonatos consecutivos en la Universiada Nacional, 1 medalla en Juegos Olímpicos de Londres 2012, 1 campeonato mundial de Raquetbol (individual y dobles) y 18 mil 600 deportistas en equipos representativos…

La Universidad camina firme a la consolidación como institución socialmente responsable y de clase mundial que se marca en 10 puntos que dan forma a la Visión 2020, que guía ya su presente y futuro…

Visión 2020: "La Universidad Autónoma de Nuevo León es reconocida en el año 2020 como una institución socialmente responsable y de clase mundial por su calidad, relevancia y contribuciones al desarrollo científico y tecnológico, a la innovación, la construcción de escuelas de pensamiento y al desarrollo humano de la sociedad nuevoleonesa y del País"…

Los 10 puntos estratégicos que enmarcan el presente y futuro de la institución, a través de la Visión 2020, son: 1.- Gestión responsable de la formación, 2.-Gestión responsable del conocimiento y la cultura, 3.-Fortalecimiento de la planta académica y desarrollo de cuerpos académicos, 4.-Mejora continua y aseguramiento de la calidad de las funciones institucionales, 5.-Desarrollo de los Sistemas de Educación Media Superior, de Estudios de Licenciatura, de Posgrado y de Investigación, 6.- Intercambio, vinculación y cooperación académica con los sectores público, social y productivo, 7.- Gestión responsable de la infraestructura y el equipamiento, 8.- Procuración de fondos y desarrollo económico, 9.- Internacionalización, 10.- Gestión institucional responsable…

Así la UANL llegará el próximo año a su 80 aniversario, para lo cual ya trabaja un comité de festejos en la organización de actividades que durante todo el 2013 se estarán llevando a cabo…

El Comité Honorario para la Celebración del 80 Aniversario de la UANL está conformado por el gobernador del Estado, el rector, ex rectores, académicos, historiadores, cronistas y funcionarios de este centro estudiantil.

 
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jueves, 19 de julio de 2012

 

Iturbide y sus premios no

recibidos por liberar a México

Esta semana se cumple el 188 aniversario del desembarco en Soto La Marina y fusilamiento en Padilla, respectivamente, del ex emperador Agustín de Iturbide. Un reloj y un rosario, únicos bienes que hereda al ser fusilado

RAYMUNDO HERNÁNDEZ ALVARADO

Es la tarde del 19 de julio de 1824. La habilitada celda de la casa del Constituyente de Tamaulipas en Padilla se engalana por la presencia de un preso ‘noble’ mexicano. Se trata de Agustín de Iturbide I, ex emperador de México, quien había sido detenido tres días atrás en el lugar conocido como Los Arroyos, luego de desembarcar el 15 en Soto La Marina, Tamaulipas.

Son las 15:00 horas y el futuro de Agustín ya había sido decidido por el voto unánime de los nueve diputados encabezados por José Antonio Gutiérrez de Lara, quienes se habían reunido en  histórica primera vez un día atrás cuando la entidad deja de ser provincia y surge como Estado Libre de las Tamaulipas.

Igualmente, el hermano de José Antonio, José Bernardo Gutiérrez de Lara es el primer gobernador constitucional del estado, quien en su primer día de trabajo debe ordenar el fusilamiento de Iturbide, en acatamiento al mandato del Congreso local, el cual a su vez obedecería el decreto del Congreso Nacional del 28 de abril de ese 1824 por el que declara renegado a Agustín y se ordena la pena de muerte.

Faltan tres horas para que el cuerpo y cráneo del ex monarca alojen las balas del pelotón de fusilamiento. Por ello se apresura a escribir una carta a los diputados que ordenan su muerte, misiva en la que niega su condición de traidor.

En el texto les pregunta qué había hecho para ser calificado de traidor, pues había luchado por la independencia de México hasta declararlo libre de la corona española. También alegaba haber unido a los mexicanos ‘después de los rompimientos de tantos años de lucha’. Les preguntaba por cuál de estos motivos merecía morir.

Por su mente pudieron pasar algunas imágenes evocando sus épocas de gloria, como la entrada triunfal al frente del Ejército Trigarante a la capital del país el 27 de septiembre de 1821 por el cual consumaba la emancipación del país en una lucha de 11 años iniciada por Hidalgo y continuada por Morelos y otros caudillos.

Igualmente debió recordar la fecha de su entronamiento el 19 de mayo de 1822 como el primer Emperador de México, cuando ante las penurias del erario se tuvieron que pedir joyas prestadas para adornar las coronas de él y de su esposa Ana María Huarte, la emperatriz.

EMPERADOR CONSTITUCIONAL

Estos actos fundarían en él la creencia de que no había una sola persona ‘que expresara la menor desaprobación a la monarquía’. Salvo los diputados que en lugar del quórum de 101, solo asisten 82 para votar 67 a su favor y 15 en contra, lo cual le permite sea declarado ‘Emperador Constitucional”.

En su Manifiesto al Mundo Agustín acepta que al inicio quería rechazar el cargo pero que luego escucha el consejo de un amigo que lo ‘orienta’: -Se considerará vuestro no consentimiento como un insulto, y el pueblo no conoce límites cuando está irritado. Debéis hacer este nuevo sacrificio al bien público; la patria está en peligro…-

Para noviembre de 1822, el emperador afrontaría la rebelión de su subordinado Antonio López de Santa Anna, para quien el consumador de la independencia ya había dejado de ser “dignísimo y particularmente amado emperador”, para ahora ser llamado solamente tirano. Guadalupe Victoria encabeza esa rebelión del Plan de Veracruz, a la que luego se suman otros personajes como Vicente Guerrero y Nicolás Bravo en el renovado Plan de Casamata de enero del 23, levantamientos que prenden en diferentes partes del país hasta ocasionar la caída del ‘soberano constitucional’.

LA SALIDA Y EL REGRESO

Iturbide pudo también evocar el 11 de mayo de ese mismo año de 1823 en que abandona el país desde Veracruz,  rumbo al exilio a Europa, acompañado de su esposa Ana María Huarte, ocho hijos y 19 sirvientes a bordo de la fragata inglesa Rowllins.

Ahora ya venía de regreso a bordo del bergantín Spring en el cual había zarpado el 4 de mayo de 1824 desde Londres, acompañado ahora por Ana María y solo dos de sus hijos, su amigo el coronel polaco Carlos Beneski, los padres José Treviño, José López, el impresor inglés John Armnstrong y tripulantes.

Algunos cambios en la familia animaban más al actor del  período imperial post independiente de la historia mexicana. Su esposa Ana María venía embarazada del que sería su noveno hijo. Aunque su destino era Tampico, fuertes vientos los llevan a anclar en La Marina el 14 de julio de 1824, dos meses y 10 días después de zarpar de la Britania.

Habían pasado poco más de 14 meses desde que había abandonado el México al que ayudó a emanciparse del yugo español

Permanecen a bordo del Spring los Iturbide-Huarte,  sus hijos, Beneski, los sacerdotes Treviño y López, tripulantes y sirvientes. Al día siguiente baja Beneski y se topa con el marsoteño Felipe de la Garza quien le pregunta por Iturbide, respondiendo evasivo el extranjero que el de Valladolid seguía en Londres.

El día 15 desembarca Agustín despidiéndose de su familia y sacerdotes quienes se quedarían a bordo en el resto del drama que finaliza con su fusilamiento. Desde su bajada en lancha a la costa de La Marina ya no se volverían a ver, al menos él a su esposa e hijos.

Es detenido el 16 a las 4 de la mañana cuando dormían Agustín y el militar polaco en un paraje de Los Arroyos, distante a 7 leguas de la costa, según el informe rendido al día siguiente por Felipe. De ahí en adelante serían prisioneros hasta que Beneski es liberado en Padilla e Iturbide es encerrado a la espera de ser ejecutado por traidor por orden del Congreso nacional.

LOS MOTIVOS DE LA REPATRIACIÓN

El Segundo Congreso Constituyente lo había juzgado y sentenciado a muerte el 28 de abril de 1824, acusándolo de traición en caso de ser detenido ‘bajo cualquier título en algún punto del territorio nacional’.

Cuando Iturbide sale al exilio a Europa, el ministro Lucas Alamán ordena ser vigilarlo por el cura Marchena y al recibir paranoicos informes de que había salido de Italia rumbo a Inglaterra se temió su retorno por lo que se le suspende parte de la pensión autorizada.

El gobierno monárquico de Iturbide no funcionó a plenitud, en realidad estuvo envuelto por las intrigas de los diputados del primer Congreso, quienes no aprobaron ningún articulado para las reformas y reorganización hacendaria, institucional o de la milicia que se requerían, además de padecer la intervención de diplomáticos norteamericanos, que en suma tenían al país al borde de una nueva guerra civil.

Agustín había confirmado en Londres las amenazas de la Santa Liga de enviar fuerzas expedicionarias para apoyar a España y recuperar las colonias independizadas en América. Temiendo una nueva invasión a México surge en Agustín la necesidad de volver a México y colaborar en su defensa.

Pero la posible buena voluntad de Iturbide se tomó de manera distinta por el Congreso azteca, el que vio como una fuente de agresión los movimientos del exmonarca, en momentos en que los estados de Veracruz, Yucatán y Oaxaca amenazaban con separarse del país.

 “Iturbide no tenía interés alguno en recuperar la corona que tantas desgracias le había deparado”, escribe Silvia Martínez del Campo en su obra El proceso contra Agustín de Iturbide en su versión digital http://biblio.juridicas.unam.mx/libros/6/2918/14.pdf

HORA DE PARTIR

El destino alcanza a Iturbide a las 6 de la tarde de ese 19 de julio de 1824. Terminaba la sesión de repaso de su vida y la realidad le recordaba la cita con el peldaño final existencial. Él mismo recuerda a los carceleros el compromiso con la muerte. Es conducido a un costado de la casa misma donde los diputados tamaulipecos le niegan cualquier recurso por no ser interpretativa la ley que lo condena.

Sale al patio de ejecución y les dice a los del pelotón “a ver muchachos, daré al mundo la última vista”. El presidente del Congreso que le confirma la sentencia, Antonio Gutiérrez de Lara es sacerdote y como un ‘otro yo’ le administra los santos óleos, en ausencia de su confesor José Treviño que se había quedado en el barco, al igual que Ana María a muchos kilómetros.

Antonio refiere: “ocupó por último, el último palmo de tierra que estaba reservada para sostener sus pies, sin que le temblara un solo dedo”. A los que van a fusilarlo les regala unas onzas de oro que cargaba y les dice que muere con honor, no como traidor. “No quedará a mis hijos y su posteridad esta mancha; no soy traidor…”

Reza el credo y entrega su reloj y rosario a Antonio el diputado confesor para que lo haga llegar a Ana María, a quien deja este mensaje: -Cuando des a mis hijos el último adiós de su padre, les dirás que muero buscando el bien de mí adorada patria…El señor Lara queda encargado de poner en buenas manos, para que los recibas, mi reloj y mi rosario, única herencia que constituye el recuerdo de tu infortunado Agustín-

“En voz alta perdona a sus enemigos y recibió la muerte, su sangre corrió, yo la vi”, dice Gutiérrez citado por Martínez del Campo. De los cuatro tiros enviados uno no atina, uno le pega en la frente, otro en el pómulo derecho y el tercero en el tórax.

Su esposa Huarte se enteraría varios días después del fusilamiento y aunque haría varios viajes a la capital mexicana para gestionar la pensión, solo recibe ocho mil de los 25 mil pesos anuales, mismos que se dejaraían de pagar en 1847.

Y del premio por libertar a la nación también fue negado, nada del millón de pesos y de las 20 leguas cuadradas de tierras en Tejas.

En septiembre de 1824 la viuda abandona México en una goleta tomada en Tampico rumbo a Nueva Orleáns para ir a Europa, al parecer por los demás hijos para luego retornar a Estados Unidos, donde permanecería recluida con dos de sus hijas en un convento de Filadelfia hasta su muerte en 1861.

EL TESTAMENTO. ¿Y LOS PREMIOS?

Agustín había redactado su testamento en altamar a bordo del Spring dos días antes de su atraco en costa tamaulipeca. En el calabozo también agregaba en su escrito el destino de la pensión que se le había asignado de 25 mil pesos anuales al abdicar al trono.

Igualmente debió recordar la recompensa que por orden del primer gobierno provisional debió entregársele, consistente en un millón de pesos y 20  leguas cuadradas de tierras en el estado de Texas, como prima a su trabajo que llevó a consumar la independencia nacional.

Al respecto, días atrás Iturbide había escrito en su testamento que a su muerte deseaba ser enterrado sin pompa alguna, que los hijos de Ana María Huarte y él son Agustín, Sabina, Juana, Josefa, Angel, Jesús, Salvador y Felipe “y estando actualmente mi Muger (sic) en cinta el hijo que naciera será nuestro”.

En el documento que se encuentra bajo resguardo del Instituto de Investigaciones Históricas de la UAT, Iturbide reconoce deudas personales y públicas contraídas cuando fue emperador y que es dueño de la hacienda de Apeo en Marabatío –Michoacán-.

De la recompensa para él, esto es lo que dice: “Declaro que habiendo el Gobierno provisional de Méjico después que hice su independencia, concediome en premio un millón de pesos, y 20 leguas cuadradas de tierra en Tejas, de lo que hasta ahora nada he persibido, quiero que mis albaceas representen en este punto mis derechos, y hagan todas las gestiones que crean convenientes para lograr el puntual cumplimiento de esta signación, la que aplicarán al cuerpo de mis bienes”.

De la transmisión de ellos Iturbide determinaba en su voluntad; “Del resto de todos mis bienes, derechos y acciones nombro e instituyo por herederos, a mis ya mencionados hijos y al póstumo que hubiere de nacer; para que por partes igual disfruten lo que haya de tocarles, con la bendición de Dios y la mía”.

 

 
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martes, 10 de julio de 2012

 

Luis Carvajal y de la Cueva

Mitos y leyendas sobre el Nuevo Reino de León

Por: Federico Zertuche

Como en cualquier otro lugar, en Monterrey se dicen y reiteran hasta el cansancio durante varias generaciones una serie de aseveraciones gratuitas que se tienen como hechos históricos ciertos de tanto repetirse de boca en boca, cuando efectivamente no lo son, sino a lo mucho leyendas, si hemos de atenernos justamente a la Historia.

Desde mi niñez hasta nuestros días, escucho afirmar que la mayoría de los primeros pobladores de Monterrey, de quienes descendemos los oriundos de estas tierras, eran judíos conversos aunque practicantes en la intimidad, sefarditas cripto-judíos; y que de ahí derivan algunas costumbres, hábitos y actitudes característicos, como el trabajo emprendedor y habilidad empresarial, ser ahorrativos y no dispendiosos, el gusto por los panes llamados semitas y el cabrito al pastor, y otras ocurrencias como aquella que el apellido Sada es judío, cuando se trata de un antiguo linaje español con escudo de armas, cristiano, afincado en la villa de Sos, del reino de Aragón, documentado desde el siglo XII.

El caso de don Luis Carvajal y de la Cueva, primer gobernador del Nuevo Reino de León, y de su familia colateral –pues no tuvo hijos-, es emblemático al respecto. De las “tres fundaciones” de Monterrey, Carvajal fue responsable de la segunda: la de la villa de San Luis Rey de Francia ocurrida en 1582, y que dicho sea de paso fue efímera, sin mayor trascendencia, con más pena que gloria terminó despoblada en 1587 como el resto del Nuevo Reino.

Efectivamente, Carvajal y varios miembros de su familia, de origen sefardita, fueron juzgados, sentenciados y condenados por el Santo Oficio de la Inquisición de la Nueva España, acusados de practicar el judaísmo, algunos de sus parientes fueron quemados vivos en el auto de fe del 8 de diciembre de 1596, mientras que el propio don Luis sólo fue sentenciado a destierro de las Indias “por tiempo y espacio de seis años precisos”, muriendo de enfermedad en la cárcel esperando su destierro, alrededor de octubre de 1590.

La especie difundida acerca de los judaizantes y el origen sefardita de los primeros pobladores del Nuevo Reino de León, surge efectivamente del hecho histórico de esa segunda fundación por Carvajal y de la Cueva, pero como se ha dicho la provincia quedó completamente despoblada y los “Carvajales”, es decir la familia colateral, la mayoría no llegó a vivir en esta provincia, otros fueron quemados por la Inquisición, y los demás desaparecieron completamente de la región para nunca más volver.

La “leyenda” proviene, más bien, de una manipulación histórica iniciada por don Vicente Rivapalacio a raíz de la publicación en el Libro Rojo de su artículo “La familia Carvajal”, además de referencias a la “judería” en el Nuevo Reino de León en México a través de los Siglos, donde dice que como consecuencia de las Capitulaciones para la conquista y colonización, el monarca español concedió a Carvajal el derecho de conducir a la provincia hasta cien pobladores que saldrían de España sin necesidad de probar que eran cristianos viejos y no de linaje de judíos o moros recién convertidos. Señala que éste sacó de España a muchas personas de su familia, casi todos judaizantes, que observaban las leyes de Moisés y practicaban los ritos y ceremonias de los judíos.

Luego, otros autores tomaron como ciertos esos datos, aumentándolos y exagerándolos, hasta que en 1933 el historiador coahuilense Vito Alessio Robles publicó un artículo sobre tales bases, en varios periódicos titulado “La judería en Monterrey”, que más que todo semeja una idílica y fantasiosa reconstrucción histórica sobre los orígenes sefarditas de Monterrey como si tuviese consecuencias decisivas hasta el presente.

A efecto de despejar confusiones y malos entendidos, es pertinente hacer un recuento histórico de los episodios protagonizados por don Luis Carvajal y de la Cueva alrededor de y en el Nuevo Reino de León, del cual fue su primer gobernador, y así poder verificar y calibrar el asunto y los alcances de la llamada “ judería” en esta provincia. Para ello me apoyaré en el voluminoso, prolijo y excelentemente documentado libro del maestro don Eugenio del Hoyo Historia del Nuevo Reino de León 1577-1723 (1), considerado por historiadores profesionales como uno de los más profundos, sistemáticos, exactos y veraces estudios en su género.

Don Luis Carvajal y de la Cueva nació en un pequeño pueblo llamado Mogadouro de la provincia de Trás-os-Montes del reino de Portugal, alrededor de 1539, siendo sus padres Gaspar de Carvajal y Catalina de León. Y según propio testimonio en su proceso inquisitorial: “…y allí se crió yendo a la escuela hasta edad de ocho años, que fue con su padre a Sahagún a ver al abad que era su deudo (1547) y también a Salamanca a servir a su padre que estaba enfermo, y luego murió su padre en Benavente (1548) y el dicho Duarte de León (su tío materno) que vino allí, lo llevó a Lisboa, de donde lo envió, luego de tres meses allí, a Cabo Verde (1549), en cuya isla estuvo trece años…y, a cabo de ellos (1562), vino a Lisboa, y de allí a Sevilla, donde se casó (1564) con la dicha doña Guiomar de Rivera, su mujer, con quien vivió casado como dos años y, habiéndose perdido en una contratación de trigo, vino a esta Nueva España" (1567).

Permaneció dos Luis diez años en la Nueva España, principalmente en Pánuco dedicado a la ganadería en una hacienda que compró. Luego, con recomendaciones del virrey don Martín Enríquez a quien sirvió en diversas encomiendas, parte a España donde luego de varios meses obtiene del rey las Capitulaciones por las que es nombrado gobernador y capitán general del Nuevo Reino de León por sus días y un heredero cual nombrase, el 31 de mayo de 1579.

Es importante destacar que el tío materno que lo recogió luego de la muerte de su padre, lo educó y dio formación, Duarte de León, se dedicaba a la “trata” de esclavos en Cabo Verde en la época en que Luis vivió ahí sus años formativos; y otro tío, Francisco Jorge de Andrada, hizo lo propio en Guinea, de tal manera que creció en este ambiente esclavista de su parientes cercanos, oficio que luego él mismo practicaría en la Nueva España.

Relata Eugenio del Hoyo, y sustenta documentalmente su dicho, que: “Era don Luis hombre de fuertes pasiones, arrebatado y violento en la ira y remiso en el perdón. En sus últimos años, tal vez frente al fracaso de su empresa, padecía delirio de persecución y delirio de grandeza. Don Luis fue un mitómano, que, (…) amplificaba en su imaginación todos los hechos, creaba espejismos y agrandaba los títulos, exaltando su persona; de un simple criado de su tío Duarte de León hacia ‘un tesorero y contador del rey de Portugal’, y de un obscuro mercader de vinos, hizo surgir un ‘almirante de las flotas del rey de las Españas’.” (2)

Es interesante y hasta divertido la manera en que el agudo y perspicaz historiador que es don Eugenio del Hoyo, contrasta múltiples testimonios de Carvajal con documentos fehacientes de la época y pone en evidencia multitud de mentiras, exageraciones, fanfarronadas, fantasías y engaños que inventaba Carvajal ya por egocentrismo o para ocultar sus desmanes y delitos.

Señala don Eugenio varias “transacciones” de esclavos realizadas por don Luis durante y después de su primera estadía en la Nueva España, tanto en Pánuco cuando fungía como alcalde ordinario de la villa de Tampico cuando compró como esclavos numerosos prisioneros cuachichiles (indígenas) que le vendió Juan Torres de Lagunas (1569). Luego en 1573, cuando conoció a Diego de Montemayor (quien luego fuera “tercer fundador” de Monterrey), en la minas de Mazapil, Carvajal hizo varios viajes ahí para vender esclavos para trabajar en las minas, obtenidos por “cacerías” de indios nómadas y hasta de un mercado encubierto con presencia de las autoridades, donde se vendían en pública subasta.

Al respecto puntualiza del Hoyo: “Siempre nos ha parecido misterioso el ‘casual’ encuentro de Carvajal y Montemayor en las minas de San Gregorio (luego Cerralvo, N.L.), así como la facilidad con que Carvajal logró convencer a Diego de Montemayor y a Alberto del Canto para que, traicionando al gobierno de la Nueva Vizcaya a quien servían, se pasasen a sus filas y le entregasen la jurisdicción.” (3)

Aparte de estas correrías como esclavista, don Luis desempeñó en la provincia de Pánuco varios cargos gubernamentales, como quedó dicho fue alcalde de Tampico, también corregidor de Huajutla y de Tamaolipa, capitán de la Huasteca y juez de comisión en Pánuco. Luego de lo cual pasó a la ciudad de México a dar cuenta de sus comisiones al virrey, don Martín de Enríquez, a quien envolvió “con su natural labia, con su extraordinaria facilidad de mentir y con su imaginación amplificadora, logró convencer al virrey de sus muchos méritos y servicios, de su gran ascendiente sobre los indios y, lo único cierto, de su conocimiento de la región situada al norte de la Huasteca. Sólo así se explica la elogiosa recomendación que hace de él don Martín Enríquez en las instrucciones que dejó a su sucesor el conde la Coruña en 1580. (…) ¡Muy pronto el conde de la Coruña iba a convencerse de lo inmerecido que era la recomendación del marqués de Villamanrique!”(4)

En febrero de 1578 Carvajal se embarca en Veracruz rumbo a España, pasó en Madrid diez meses tratando el negocio que le había llevado: “El 31 de mayo de 1579 firmó capitulaciones con la corona, como gobernador y capitán general del Nuevo Reino de León. Salió de España (…) en una urca de su propiedad, llamada Santa Catalina, en conserva de la flota del general Francisco de Luján, en la que vino también el Conde de la Coruña.” (5)

Aquí es oportuno aclarar que en el capítulo 9 de las Capitulaciones con la corona se estipula que: “Item, os obligais de llevar a aquella provincia, a vuestra costa, hasta cien hombres, los sesenta de ellos, labradores casados, con sus mujeres e hijos, y los demás soldados y oficiales (artesanos) para la dicha población…” Señala del Hoyo que Carvajal no cumplió con los requisitos establecidos por la Casa de Contratación de Sevilla y eludió las investigaciones sobre la limpieza de sangre de las personas que vinieron en su urca, de las que casi la totalidad eran judíos de origen portugués, entre ellos a muchos de sus parientes.

Y añade: “Carvajal aprovechó las circunstancias para lucrar: los supuestos colonos sólo fueron pasajeros que pagaron un alto precio por el pasaje ‘por ser de los prohibidos para pasar a las Indias’. Hacemos esta rotunda afirmación por constar en documentos fehacientes, que de las personas que vinieron en la urca de Carvajal, fueron muy pocas las que pasaron al Nuevo Reino y que ninguna pobló allí. Las más, después de una corta permanencia en Pánuco, se fueron metiendo por la Nueva España.” (6)

Así pues, la aseveración de Rivapalacio de que el monarca español le dispensó a Carvajal cumplir los requisitos sobre limpieza de sangre para los colonos que trajese es falsa. Asimismo, como ha quedado dicho, la mayoría de la gente que reclutó (sefarditas portugueses) y trajo en su urca, nunca llegó al Nuevo Reino para poblarlo y colonizarlo acorde a las capitulaciones, sino que fueron traídos como simples pasajeros que pagaron altas sumas por el traslado subrepticio a la Nueva España.

Adicionalmente, las Capitulaciones le comprometían a pacificar a su costa a los pueblos indígenas de Tampasquín, Tomotela, Tamapache y otros. En lugar de ello, Carvajal los redujo a esclavitud y los repartió entre sus soldados como botín o paga, contraviniendo lo pactado y lo ordenado por el virrey. Quebrando la palabra de paz dada a los indios, procedió de manera cruel y odiosa: “Apartó a los maridos de sus mujeres y a las mujeres de sus maridos, sin conmoverse por el amargo llanto que la separación les causaba; y aún más, quitó los hijos a las madres, oyendo impasible a unos y a otras llenar con sus alaridos de dolor el campo” (7)

En todo caso, su entrada al Nuevo Reino de León ya como gobernador debió haber ocurrido a mediados de 1582, ya para entonces tenía como subordinados a Alberto del Canto y a Diego de Montemayor quien se había ido a esconder a las minas de San Gregorio (Cerralvo), huyendo de la justicia por haber dado muerte a su mujer.

Desde entonces, hasta 1584, Carvajal simulaba hacer fundaciones para dar cumplimiento a las Capitulaciones, así levantaba cuatro o cinco casas de palos y palmas, a las que les ponía nombre de villa, hacía nombramientos de justicia y regidores, estaba quince o veinte días en cada sitio, lo desamparaba para luego ir a otro y hacer lo propio, cuando en realidad lo que si se dedicaba era traficar con esclavos para incrementar su fortuna.

Ya para entonces, la real Audiencia de México estaba enterada de sus desmanes y hacia 1583 el fiscal había iniciado un proceso en su contra por las crueldades en la guerra de Tamapache y, sobre todo, por dedicarse al tráfico de esclavos faltando a las Capitulaciones y contraviniendo la prohibición expresa del virrey. En realidad éstos fueron los principales motivos del enjuiciamiento y caída en desgracia de Carvajal, no tanto la cuestión judía que vino luego y fue superviniente.

En efecto, un incidente ocurrido con su sobrina, doña Isabel Rodríguez de Andrada, fue la causa que originó el involucramiento del Santo Oficio de la Inquisición, las investigaciones, el proceso inquisitorial y el posterior auto de fe contra los parientes condenados.

Según ello, doña Guiomar de Rivera, esposa de Carvajal, le había encargado encarecidamente a su sobrina Isabel, para que persuadiese a su esposo de guardar la “la ley vieja de Moisén”, y que no se lo dijese sino hasta después de haber llegado a las Indias, “y le dijo que ella (doña Guiomar) no osaba decirle nada de aquella porque temía que la matara, y que aguardase oportunidad de desgracia, o suceso malo para decírselo, y que como ella (doña Isabel) lo vio andar aflijido con necesidades y en desgracia del virrey, (…), parecióle buena coyuntura; que a solas lo llamó una tarde, y lo metió en un aposento, diciéndole… que le quería pedir una merced muy grande…y le fue diciendo lo que le había dicho doña Guiomar… que al oírlo… él se alborotó demasiado tirándose las barbas, y jurando a Dios que la matara allí luego y le metiera una espada por el cuerpo, si no pensara quemarla en vivas llamas de fuego… (…) se puso como un león de bravo, estaba hecho un moro de enojo, la echó el dicho gobernador de allí con mucha furia, estaba hecho un demonio, que él propio la había de matar con un bocado.” (8)

Ese incidente fue la causa para que cinco años más tarde don Luis y sus parientes fuesen procesados por la Inquisición, aunque es importante destacar que ya para entonces Carvajal estaba en la mira de las autoridades civiles por todos los atropellos y delitos por éste cometidos contra las Capitulaciones, las leyes y contravenciones a las recomendaciones virreinales, por eso se iniciaron los procesos civiles en su contra.

A fines de 1586 Carvajal fue a México llamado por el virrey quien le señaló la ciudad por cárcel mientras se llevaba a cabo el proceso. Mientras tanto, don Luis había dejado a su sobrino, Luis de Carvajal el Mozo, como lugarteniente, pues se había dictado una suspensión contra Diego de Montemayor. Luego que unos indios robaran un caballo en una ranchería, Carvajal el Mozo procedió a castigarlos matando a algunos y esclavizando a otros, lo que provocó un alzamiento de los indios de la comarca. Éste logró escapar yéndose a México, y al poco tiempo se despoblaron la ciudad de León, las villa de la Cueva y de San Luis, quedando el Nuevo Reino totalmente despoblado hacia marzo de 1587.

Al enterarse por su sobrino de las malas noticias del Nuevo Reino, Luis Carvajal abandonó secretamente la ciudad de México, desobedeciendo las órdenes del virrey y salió en franca huída hacia su gobernación. Una de las últimas tropelías de Carvajal consistió en haber enviado a la villa de los Valles a Cristóbal de Heredia para vender ahí a cien indios que había sacado de tierra adentro, y para que se apoderase en su nombre de dicha villa que no estaba en su jurisdicción. Esta fue la gota de agua que colmó la paciencia del virrey marqués de Villamanrique, quien ordenó su persecución y arresto.

Hacia enero de 1589, Carvajal ya estaba preso en la cárcel de la corte, permaneciendo ahí hasta abril, en que fue trasladado a las cárceles secretas de la Inquisición, bajo el cargo de judaizante.

Dice el historiador don Eugenio del Hoyo que “Las causas de la caída de Carvajal resultan mucho muy claras. En primer lugar, su constante desobediencia a las disposiciones que prohibían hacer esclavos a los indios; segundo, el no haber cumplido, en diez años, con ninguno de los puntos de sus ‘Capitulaciones’; tercero, la mañosa interpretación que dio a éstos invadiendo, en forma violenta, jurisdicciones de los otros reinos; y, en último término, su actitud de reto constante a la autoridad del virrey impidiéndole llevar a cabo, en forma total, su política pacificadora y de libertad del indio. Por otra parte, la empresa estaba completamente fracasada. El Nuevo Reino quedó despoblado totalmente.” (9)

Así pues, ha quedado despejado el asunto de la judería en el Nuevo Reino de León, limitándose a lo descrito. Luego de estos sucesos, desaparecieron por completo los muy pocos sefarditas que llegaron con Carvajal, e incluso el Nuevo Reino de León quedó despoblado de cualquier alma hasta 1596, cuando Diego de Montemayor, el antiguo lugarteniente de Carvajal, fundara la ciudad Metropolitana de Nuestra Señora de Monterrey, bautizada así en honor del reciente virrey don Gaspar de Zúñiga y Acevedo, conde de Monterrey.

Es de suponer, que luego de los dramáticos sucesos ocurridos, tanto las autoridades virreinales como Diego de Montemayor se cuidaron en extremo para evitar que se afincara en el Nuevo Reino de León nadie sobre quien se pudiese tener la mínima sospecha de ser sefardita o converso.

Notas bibliográficas

 (1) del Hoyo, Eugenio, Historia del Nuevo Reino de León 1577-1723, Fondo Editorial Nuevo León, Tecnológico de Monterrey, Monterrey, N.L, 2005.

(2) del Hoyo, Eugenio, Ibidem, pág. 104.

(3) Opus Cit., pág. 109.

(4) Opus Cit., pág. 110.

(5) Ibidem, pág. 111.

(6) Opus Cit., pág. 115.

(7) Ibidem, pág. 116.

(8) Opus Cit., págs. 121 y 122.

(9) Ibidem, pág. 133.

 

 
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sábado, 31 de marzo de 2012

 

La Vita

Por: Federico Zertuche

Hace un cuarto de siglo leí La Vida de Benvenuto Cellini (1500-1571), entretanto el inexorable transcurso del tiempo ha obrado borrando, diluyendo y deteriorando lentamente registros e impresiones almacenados en mi memoria sobre aquella lectura; aun así todavía recuerdo a grandes rasgos algunos pasajes y anécdotas como el Sacco de Roma, su estadía en la corte de Francisco I, otras venturas y desventuras menos heroicas y más prosaicas.

Sin embrago, lo que sí quedó grabado indeleblemente fue la sensación de placer, enorme gusto y satisfacción que me dejara luego de terminar tan divertida, entretenida, festiva y emocionante autobiografía del artista y aventurero renacentista, quien desde entonces conquistara mi corazón e incondicional simpatía.

Años después, al cruzar el Arno por vez primera sobre el Ponte Vecchio en dirección del Palazzo Vecchio, casi al llegar a la orilla sobre la vera derecha, me encontré frente a un busto de Cellini montado en bello pedestal y columnata de mármol blanco con una inscripción dedicatoria de los orfebres de Florencia a su gran maestro y paisano. Me quedé encantado aquella mañana observando al Cellini magistralmente recreado en bronce por Raffaello Romanelli, justo en tan espléndido escenario, al tiempo que recordaba su Vida: Fue un hermoso rencuentro.

Seguí el trayecto obligado rumbo a la Loggia dei Lanzi, para toparme otra vez con mi personaje, en esta ocasión con su obra maestra: el magnífico héroe desnudo, dramático y broncíneo Perseo con la cabeza de Medusa alzada por su mano izquierda mientras la otra empuña la espada asesina; bajo sus pies alados calzados por leves sandalias, yace el cadáver decapitado y sangrante de su gorgónea víctima. Ahí también, el escenario no podía ser más majestuoso: la hermosísima Piazza della Signoria que sirve de marco al imponente Palazzo Vecchio, a cuyo costado se erige la magnífica estatua ecuestre del duque Cosimo I de Medici y al otro la Loggia cuyas arcadas cobijan al Perseo junto a otras venerables esculturas.

Luego de todo ello, era pues, literalmente imposible no caer rendido y postrarme ante Benvenuto Cellini: lo contrario hubiese sido pecado de soberbia y necia arrogancia. No he vuelto a leer La Vita, aunque se me antoja mucho, no obstante, puedo dedicar este artículo y evocarle de esta manera. Así pues, ocupémonos un poco de este peculiar orfebre, escultor, escritor, artillero, artista y aventurero florentino.

La Vita de Cellini es una autobiografía llena de excesos, vanidad, arrogancia, fanfarronería, autobombo y mil cosas más por el estilo, pero también rica en aventuras, peripecias, sabiduría y arte, plena de vitalidad y arrojo, gracia y humor, talento y creatividad, valentía y lealtad, es decir, contradictoria y plural como la vida misma. Al respecto dice Ernst Gombbrich en su clásica obra La historia del arte: “Fue jactancioso, pendenciero, y lleno de vanidad, pero no podemos tomárselo a mal, porque narra la historia de sus aventuras y hazañas con tanto ingenio que se diría, al leerlas, que se trata de una novela de Dumas”.

A Cellini le tocó vivir en pleno Renacimiento, en ciudades tales como Florencia, Siena, Mantua, Roma, y París, durante una época de grandes sucesos políticos, militares, culturales y artísticos en la que se rodeó o estuvo a la sombra y protección de personajes como Miguel Ángel, Cosimo I de Medici, el papa Clemente VII, el duque de Mantua o el rey de Francia Francisco I, entre algunos otros. Aparte fue viajero incansable lo que le permitió conocer buena parte de Europa y forjarse como hombre de mundo.

Benvenuto se vio envuelto en varios homicidios por los que tuvo que purgar cárcel de la que incluso logró escaparse, también en múltiples aventuras sexuales y amorosas con jóvenes de ambos sexos, en guerras y batallas memorables, intrigas palaciegas y papales, envidias y rencores, pleitos y lances de espada, todo lo cual registra amena y elegantemente en su Vita, pues también tenía talento literario.

Intervino decisivamente durante el Sacco (saqueo) de Roma por las fuerzas imperiales de Carlos V de Alemania y I de España, al mando del condestable Borbón, durante el cual el papa Clemente VII se tuvo que refugiar en el Castel Sant'Angelo, donde Cellini comandó la artillería en defensa del Pontífice, y según sus memorias (La Vita) un disparo suyo de cañón fue el que hirió mortalmente al duque de Borbón aquella memorable jornada del 5 de mayo de 1527.

Por cierto, Clemente VII fue durante décadas señor, protector y mecenas de Cellini, no sólo por su alta condición cardenalicia primero y luego papal, sino sobre todo por haber sido un Medici, de nombre Julio, hijo natural de Juliano de Medici hermano de Lorenzo el Magnífico. Juliano fue asesinado junto a otros personajes en la Catedral de Florencia durante la aparatosa y cruenta Conjura de los Piazzi. Así pues, el papa era señor natural y viejo conocido de Cellini, quien a su vez, fue súbdito y fiel vasallo de aquel y de su ilustrísima familia.

Al final de su vida lo intentaron envenenar, pese a ello logró sobrevivir no sin constantes y molestos desórdenes digestivos. Diversas envidias de artistas rivales, acusaciones de sodomía, prisiones y problemas legales amargaron sus últimos años, frente a todo ello escribió La Vita, como una revancha moral contra sus detractores. “Uno de los libros que merecen la pena leerlos”, según Oscar Wilde.

 

 
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jueves, 29 de marzo de 2012

 

El primer mexicano

Por: Federico Zertuche

Al profesor don Francisco Luis de Yturbe, en agradecimiento por sus noticias sobre Martín Cortés que estimularon el presente artículo.

La nación mexicana como tal empezó lentamente a gestarse y consolidarse a la par del proceso de mestizaje entre indígenas y españoles; México devino país fundamentalmente mestizo, no sólo racial sino culturalmente, de tal manera tengo para mí que, simbólica y paradigmáticamente, el primer mexicano haya sido justamente don Martín Cortés, el hijo del conquistador don Hernán y de doña Marina, la Malinche o Malintzin. 

Naturalmente, dicho proceso de mestizaje se decantó a la par de la conformación de una unidad geográfica, jurídica y política a la que se agregaron otros rasgos de cohesión social, religiosa y cultural que con los años moldearan la entidad sociológica conocida como nación mexicana que con la Independencia adquiriera categoría jurídica-política de Estado nacional moderno.

Creo que en este tercer milenio –d.C.- es oportuno, pertinente y hasta justo recordar, tanto en México como en España, al primer Martín Cortés, pues como sabemos, hubo un segundo hijo Martín, éste legítimo, nacido en Cuernavaca en 1532 de la segunda esposa de Hernán Cortés, doña Juana de Zúñiga, sucesor y futuro marqués del Valle de Oaxaca. El historiador don José Luis Martínez, llama al primero el Viejo y al segundo Martín a secas para distinguirlos. El padre del conquistador se llamaba Martín (Cortés de Monroy), en cuyo honor y recuerdo nombrara así a sus hijos.

De acuerdo a Clavijero, doña Marina era “una joven noble, piritosa y de buen entendimiento nombrada Tenepal, natural de Painalla, pueblo de la provincia de Coatzacualco.” (1) Al fallecer su padre, la madre contrae segundas nupcias con otro noble con quien tuvo un hijo a quien dieron predilección y para no perjudicar su herencia, se deshicieron de su hija dándola por muerta públicamente y entregándola a unos comerciantes de Tabasco, quienes la vendieron a los tabascos y éstos, a su vez, la dieron a Cortés junto con otras esclavas como tributo. Fue bautizada junto con las otras y tomó el nombre de Marina. Los mexicas, acomodando el nombre la llamaron Malintzin y los españoles, por corrupción, Malinche.

Martín el Viejo, nace en Coyoacán a principios de 1523, muy poco después del arribo a dicho pueblo de doña Catalina Xuárez, primera esposa de Hernán Cortés, quien al parecer era presa de celos por el amor que Cortés profesaba por Martín, reprochándole la bastardía y el mestizaje de su hijo varón que ella no pudo darle. Hay quien sostiene que en uno de esos trances de celos y reproches Cortés la estranguló en un momento de exasperación, como comenta José Luis Martínez. (2)

Al año siguiente (1524), Cortés se lleva a doña Marina a la expedición de las Hibueras como “lengua”, y apenas iniciado el viaje, cerca de Orizaba, decide casarla con Juan de Jaramillo, con quien doña Marina tuvo una hija, llamada María. El conquistador les da por dote los pueblos de Olutla y Jáltipan, y además poseían una casa en la ciudad de México en la calle de las Medinas, según relata Martínez (3). Malintzin muere aún joven en 1527.

Cortés tomó a su cargo la educación de Martín, y en 1529 parte con él a España. El 16 de abril de ese mismo año el papa Clemente VII envió a Cortés dos bulas -luego de recibir de éste “un rico presente de piedras ricas y joyas de oro, y dos indios maestros de jugar el palo con los pies” (4) -, por la primera de ellas el papa legitima a tres de los hijos bastardos de Hernán: a Martín, a Luis de Altamirano, el hijo que tuvo con la española Antonia o Elvira Hermosillo, y a Catalina Pizarro, hija de Leonor Pizarro.

La segunda bula concede a Cortés el patronato del Hospital de Jesús, que el conquistador edificaba en la ciudad de México y al que le otorgó especial cuidado y esmero, aún en pie hoy en día, y asimismo, le autorizaba para recibir diezmos y primicias de las tierras que le pertenecían (a lo que la Corona se opuso y prohibiera a Cortés el uso de dicha exención).

Poco después el propio Carlos V concede legitimidad a Martín, y en 1531 el Emperador hace “Merced del Hábito de Santiago” a padre e hijo. Ese mismo año don Martín es nombrado paje del futuro Felipe II, con quien al parecer siempre mantuvo buena relación. Más tarde Felipe II lo haría su Gentilhombre. Don Martín recibió esmerada educación humanística y militar en la Corte.

En 1541 se alista junto con su padre para la expedición de Argel, siendo el primero en saltar al agua en el desembarco y comenzando a pelear teniendo el agua por las rodillas, como resultado de su acción aislada, antes de que estuviera preparada la artillería, lo siguió el resto de la tripulación de la barcaza de desembarco, y así se pudo montar con rapidez una cabeza de playa. Como resultado de su intrépida acción ahí mismo el Emperador lo nombró Comendador “ad Vacum” (en espera de que hubiese una encomienda libre).

Sobre la malograda expedición de Argel quisiera transcribir algunos pasajes de las memorias del propio emperador Carlos V: “La flota de España acudió a su hora, y cuando, tras algunas escaramuzas, las tropas habían conseguido ya situarse en un lugar adecuado para asaltar la ciudad de Argel y se encontraban en orden de batalla, con todo lo necesario para iniciar el fuego de sus baterías, se levantó súbitamente tal tempestad en el mar que un gran número de navíos zozobraron y el ejército, que se encontraba ya en tierra, sufrió también grandes daños.”

“No obstante, -prosigue el relato imperial-, todos se ayudaron mutuamente y se restableció lo mejor posible el orden, para resistir tanto al furor del mar como a las incursiones y los ataques, por tierra, de los enemigos. Pero la tormenta alcanzó tal magnitud que el emperador juzgó lo más prudente desistir de la expedición y hacerse de nuevo a la mar. Aunque esta decisión no pudo llevarse a efecto inmediatamente, ya que la tempestad no había aún cesado. El emperador se vio, pues, obligado a cubrir por tierra veinte millas, franqueando dos grandes ríos antes de llegar a cabo Matifou, donde pudo reembarcar.” (5)

En 1547 figura ya como Alférez en la batalla de Mühlberg, librada el 20 de abril contra los príncipes protestantes (luteranos), coaligados por la Liga de Esmalcalda, en la que sale victorioso Carlos V.

A decir de Fernand Braudel, esa gran batalla “fijó de golpe el destino de Alemania y de Europa, y, por consecuencia, el del Mediterráneo. Fue, para el emperador un gran triunfo, mayor incluso que el de Pavía. Alemania pasaba a ser suya, mientras que, hasta ahora, Carlos V casi nunca había contado con el apoyo regular del mundo alemán.” (6)

“¿Qué dio, exactamente, al emperador aquella victoria del 24 de abril de 1547, entre las nieblas del Elba? Ante todo, un indiscutible éxito de prestigio; tan inesperada fue y tan rápida, que sorprendió al mismo vencedor. Y no porque la guerra estuviese, ni mucho menos, admirablemente preparada y dirigida. [...] Pero los protestantes, divididos entre ellos y desconcertados en el primer momento por la traición de Mauricio de Sajonia, dejaron en manos del enemigo a sus jefes y a millares de hombres. Su retirada condujo al desastre. Carlos V viose libre de pronto, de ‘lo que desde hacía quince años era su mayor tormento’: la Liga de Esmalcalda, la coalición de los príncipes de la Alemania Protestante, rebelde a Roma y hostil a la voluntad del emperador.” (7)

Participa en la batalla de San Quintín, donde parece que se cubrió de gloria puesto que Felipe II lo asciende a Trece de la Orden de Santiago (uno de los más altos cargos de la Orden). Sobre esa batalla relata Braudel lo siguiente: “Sabido es cómo Coligny se deslizó subrepticiamente en la plaza, al día siguiente de su cerco por los españoles. El ejército que, al mando del condestable, se presenta delante de la ciudad para levantar el bloqueo, es dispersado por el grueso del enemigo, el 10 de agosto, a lo largo del Somma. Sobreviene una gran matanza y los españoles hacen una enorme masa de prisioneros, entre los que figura el propio condestable. Felipe II, en la retaguardia de sus tropas, recibe de hora en hora las noticias de la victoria.” (8)

En 1565 ya es capitán y acude en auxilio de Malta asediada por los turcos. Gracias a esta acción, dirigida personalmente por el propio Felipe II, quien nombrara a García de Toledo como general de la mar, se pudo abortar exitosamente un plan largamente añorado y planeado por Solimán el Magnífico para apoderarse de la isla y de ahí dominar el sur de Italia y amenazar directamente al Papa.

En efecto, el 20 de marzo de 1565 la mayor escuadra que surcara el Mediterráneo en aquellos tiempos –doscientas naves, casi todas galeras y cincuenta mil soldados para el desembarco- se disponían conquistar Malta. El capitán de la mar García de Toledo había coordinado perfectamente todos los recursos y ayudas de la defensa, y la sorpresa turca falló por completo. Cuando la escuadra española, que había incorporado naves aliadas, se acercó a la isla, el jefe de los turcos ordenó inmediatamente la retirada sobre la isla de Chipre. Se socorrió a los caballeros de Malta y el Mediterráneo occidental quedó libre de las grandes incursiones enemigas.

Al dejar Malta Martín era ya Capitán de Mar y Guerra. Había pasado a las órdenes de don Luis de Requeséns, Almirante de la Flota del Mediterráneo. Parece que ahí había intimado con don Juan de Austria, probablemente su doble condición de bastardos debió unirlos.

En 1566, a las órdenes del duque de Alba, va con el ejército por el Camino de los Españoles, en Lombardía, donde tuvo que rechazar un ataque de Hugonotes precipitado por Enrique II de Francia.

En 1568 regresa a la Nueva España, viéndose involuntariamente envuelto junto a su medio hermano el II marqués y tocayo, en una real o supuesta conspiración para “alzarse con la tierra”, y por cuya denuncia fueron apresados por orden de la Audiencia que gobernaba tras la muerte del virrey don Luis de Velasco. Se cuenta que don Martín fue torturado por órdenes de la Real Audiencia y que al no obtener confesión lo desterró a perpetuidad de la Nueva España junto con su medio hermano. Cabe mencionar que aunque la Audiencia no tenía facultades para torturar, así lo hizo, sometiendo a Martín al potro y a tragar “un cuartillo de agua” conforme iba estirándose dicho instrumento. Cuando quitaron el camisón a Martín notaron varias cicatrices de heridas y al ser preguntado por la causa de las mismas don Martín se limitó a contestar que habían sido inflingidas “al servicio de su Majestad”.

De regreso a España se reincorporó a su vida militar. Ambos hermanos fueron recibidos en audiencia por Felipe II quien mostró claras diferencias en el trato a favor de don Martín (El Viejo). Para estas fechas éste ya ostenta el grado de Cabo de Tercio (segundo en el mando de un Tercio, regimiento de infantería que agrupaba a 3,000 soldados divididos en tres armas diferentes: pica, arcabuz y espada). Luego fue a Flandes comisionado por don Juan de Austria con el objeto de reclutar y mandar a quinientos hombres entre soldados veteranos y oficiales bien bragados para enfrentar una sublevación de moriscos en Granada.

En Granada en diciembre de 1569 a escasos diez días de haber llegado para luchar al lado de don Juan de Austria, parte a una incursión cerca de aquella ciudad y justo en un desfiladero que se iba haciendo cada vez más estrecho, cayó mal herido por disparos de artillería pequeña al proteger la retirada de sus hombres que habían caído en una emboscada morisca. Sus veteranos, tras obedecer la retirada escalonada que ordenó y al ver que aquel estaba tendido, hicieron una carga descubierta para recoger el cuerpo herido. Falleció dos días más tarde en Granada. Tras su muerte Felipe II otorgó a su viuda, doña Bernardina de Porres, perteneciente a la nobleza media de Rioja, una pensión de 400 ducados.

Tal es en apretada síntesis un recuento de la vida de nuestro Martín Cortés, que ventilo públicamente no solo para difundir y honrar su genio y figura, sino fundamentalmente para estimular un merecido, acucioso y profundo estudio sobre este singular personaje que considero el “primer mexicano”, quien ha recibido poco interés en ambos lados geográficos que comparten una historia común: México y España.

Vale.

Notas bibliográficas

1 Clavijero, Francisco Javier, Historia Antigua de México, Editorial Porrúa, México 1958. Tomo III,  capítulo 5, pág. 18.

2 Martínez, José Luis, Hernán Cortés, UNAM-FCE, México 1990, página 406.

3 Ibídem, página 167.

4 Martínez, Opus cit., pág. 515.

5 Carlos V, Memorias, transcritas por Salvador de Madariaga en su obra Carlos V, Ediciones Grijalbo, Barcelona 1981, páginas 193 y 194.

6 Braudel, Fernand, El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, Fondo de Cultura Económica, México 1976, Tomo Segundo página 348.

7 Braudel, Fernand, Opus Cit., página 350.

8 Ibídem, pág. 391.

 

 
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sábado, 24 de marzo de 2012

 

Escatología, apocalipsis y milenarismo

-Una perspectiva historiográfica-

Por: Federico Zertuche

A lo largo y ancho de la geografía y de la historia las sociedades humanas, desde las más primitivas hasta las postmodernas, se ha imaginado la existencia, ya en el pasado o en un futuro ideales, de épocas felices o catastróficas como referencias fundamentales para ordenar el tiempo; incluso se ha dividido la manera de concebir su devenir en sucesiones de estadios acorde a un orden decreciente (edades de oro, plata y bronce), para explicar metafóricamente una primigenia edad paradisíaca que va en decadencia conforme transcurre la historia.

En otras concepciones del tiempo el orden es inverso: apunta a la realización de una promesa a cumplirse en el futuro o en el fin de los tiempos, por ejemplo en el cristianismo el regreso glorioso de Jesucristo (la Parusía) a fin de instaurar por siempre el reino de Dios, luego de la resurrección de los muertos y del juicio final.

Así, unas sitúan a las edades míticas felices, perfectas, paraísos perdidos, (o en su caso, edades que padecieron cataclismos cósmicos: terremotos, incendios, epidemias, diluvios, etc.), en el origen de la sociedad o en un pasado remoto; otras, en cambio, las ubican en un futuro o en el fin de los tiempos, más allá de la historia. Aquellas propenden a establecer representaciones cíclicas del tiempo mientras las segundas conciben un orden lineal. Las primeras vislumbran un eterno retorno y éstas una escatología: doctrina de los fines últimos, cuerpo de creencias relativas al destino último del hombre y del universo.

Como señala el historiador medievalista Jacques Le Goff: “La descripción y la doctrina de estas edades míticas se encuentran ante todo en los mitos, luego en los textos religiosos y filosóficos a menudo vecinos de los mismos mitos, finalmente en los textos literarios que, a través de la antigüedad, nos han transmitido los mitos que de otro modo hubieran sido mal conocidos o desconocidos.”[1]

En efecto, es a través de los mitos, tanto sobre el origen como el fin de la humanidad, como se conciben tales edades y las representaciones del tiempo que luego pueden revestir un carácter religioso o incluso filosófico. Para los fines de este trabajo, doy al término mito el sentido que le confiere Mircea Eliade cuando dirige sus investigaciones “en primer lugar, hacia las sociedades en que el mito tiene o ha tenido hasta estos últimos tiempos ‘vida’, en el sentido de proporcionar modelos a la conducta humana y conferir por eso mismo significación y valor a la existencia.”[2]

In illo tempore

“El mito –agrega Eliade- cuenta una historia sagrada; relata un acontecimiento que ha tenido lugar en el tiempo primordial, el tiempo fabuloso de los ‘comienzos’. Dicho de otro modo: el mito cuenta cómo, gracias a las hazañas de los seres sobrenaturales, una realidad ha venido a la existencia, sea ésta la realidad total, el Cosmos, o solamente un fragmento como, por ejemplo, una isla, una especie vegetal, un comportamiento humano, una institución. Es, pues, siempre el relato de una ‘creación’; se narra cómo algo ha sido producido, ha comenzado a ser. [...] Los personajes de los mitos son seres sobrenaturales. [...] En suma, los mitos describen las diversas, y a veces dramáticas, irrupciones de lo sagrado (o de lo ‘sobre-natural’) en el mundo. Es esta irrupción de lo sagrado la que fundamenta realmente el mundo y la que le hace tal como es hoy día. Más aún: el hombre es lo que es hoy, un ser mortal, sexuado y cultural, a consecuencia de las intervenciones de los seres sobrenaturales [...]

En suma, los mitos revelan que el mundo, el hombre y la vida tienen un origen y una historia sobrenatural, y que esta historia es significativa, preciosa y ejemplar.”[3]

Como hemos señalado, hay fundamentalmente dos orientaciones míticas respecto al ordenamiento del tiempo: en los orígenes, ya sea la creación del universo o su destrucción acaecida por algún cataclismo cósmico y prefigurada de nueva cuenta (de manera cíclica) en un futuro, como la cosmogonía azteca de los cinco soles, que concibe cinco edades destruidas por distintos cataclismos. La otra, situada al final de los tiempos y de la historia cuando un salvador vendrá a juzgar y redimir al género humano, como proponen la escatología, el milenarismo y el mesianismo judeo-cristiano.

Las primeras concepciones proponen un mito del eterno retorno y, en definitiva, la eternidad del mundo, dado que a toda destrucción sucede una re-creación y así por siempre. Mientras que en las visiones escatológicas prima una concepción lineal del tiempo y de la historia que concluye justamente con los acontecimientos prefigurados mitológicamente, por ejemplo, el Apocalipsis de Juan.

En tanto que las visiones de la creación y destrucción cíclica del mundo y en la perfección de los comienzos, presuponen edades de una infinita creación, degradación o decadencia, destrucción y recreación del universo -el eterno retorno-, por su parte, la concepción apocalíptica judeo-cristiana supone una innovación capital: el fin del mundo será único, así como su cosmogonía. Luego de la Parusía, del juicio final y del fin de la historia, se instaurará el reino de Dios que ya no tendrá fin, será eterno, y los acontecimientos irreversibles.

No se trata ya de una regeneración cósmica, como en los ciclos que prefiguran el tiempo circular, sino que la humanidad entera, luego de la resurrección de los muertos, se verá ante un Juicio Final que implica una selección en que serán salvados sólo los elegidos, los buenos, los que han sido fieles al reino celeste. Ocurridos estos sucesos, se instaura eternamente el reino de Dios, no habrá retorno.

Eliade destaca que “Otra diferencia con las religiones cósmicas: para el judeocristianismo, el fin del mundo forma parte del misterio mesiánico. Para los judíos, la llegada del Mesías anunciará el fin del mundo y la restauración del paraíso. Para los cristianos, el fin del mundo procederá a la segunda venida de Cristo y al Juicio final. Por tanto para los unos como para los otros el triunfo de la historia sagrada manifestado por el fin del mundo implica en cierto modo la restauración del paraíso.”[4]

Un elemento esencial en la escatología cristiana es la aparición del Anticristo en la época que precede inmediatamente al fin, durante el Milenio –en que reinarán los santos y los mártires resucitados- y que aquel usurpará como falso Mesías, subvirtiendo los valores sociales, morales y religiosos hasta el regreso de Cristo (la Parusía) quien en combate cósmico en que ocurrirán toda suerte de catástrofes, plagas, lluvia de fuego, diluvios, terror histórico, triunfará sobre el Anticristo y reinstaurará su reino.

El milenarismo es un movimiento recurrente en la historia de la cristiandad, surgió con los primeros cristianos, condenado después por la Iglesia una vez reconocida oficialmente por el Imperio romano, resurgido a partir del silgo XI luego de la irrupción del Islam en el Mediterráneo, enderezado más tarde contra la misma Iglesia o su jerarquía, siempre ha tenido ocasión para resurgir con ímpetu y fuerza.

Sus inspiradores y seguidores esperan y proclaman el fin inminente del mundo y la restauración del paraíso sobre la tierra luego de un período de prueba con la aparición del Anticristo y de terribles catástrofes.

Eliade señala: “Durante siglos, encontramos, en diferentes repeticiones, la misma idea religiosa: este mundo concreto –el mundo de la Historia- es injusto, abominable, demoníaco; felizmente, está ya descomponiéndose, las catástrofes han comenzado, este viejo mundo se resquebraja por todos lados; en muy breve plazo será destruido, las fuerzas de las tinieblas serán vencidas definitivamente y los ‘buenos’ triunfarán, el paraíso será recobrado”[5]

Luego de siglos esta tensión escatológica ha disminuido notablemente en las grandes iglesias cristianas que ya se ocupan poco o nada de ella. Quizá sobrevive en algunas sectas. Donde curiosamente apareció en el siglo XX fue en el seno de dos movimientos políticos totalitarios: el nazismo y el comunismo. Al respecto, Norman Cohn, a quien cita Eliade, escribe a propósito del nacionalsocialismo y del marxismo-leninismo:

“Mediante la jerga seudocientífica de que uno y otro se sirven, se encuentra una visión de las cosas que recuerda especialmente las lucubraciones a las que se entregaba la gente de la Edad Media. La lucha final, decisiva, de los elegidos (ya sean ‘arios’ o ‘proletarios’) contra las huestes del demonio (judíos o burgueses); la alegría de dominar al mundo, o la de vivir en la igualdad absoluta, o las dos a la vez, concedida, según un decreto de la Providencia, a los elegidos, que encontrarán así una compensación a todos sus sufrimientos; el cumplimiento de los últimos designios de la historia de un universo al fin desprovisto del mal, he aquí alguna quimeras que todavía hoy nos acarician.”[6]

Es notable constatar que en algunos milenarismos políticos del Tercer Mundo, a pesar de estar atraídos por valores occidentales y desear apropiarse tanto de la religión y la educación de los blancos como de sus riquezas y de sus armas, sus simpatizantes son antioccidentales, sus líderes fuertes personalidades de tipo profético, y aunque el carácter de esos movimientos sea político, social y económico, poseen un componente religioso. El discurso utópico de Marcos tiene tintes milenaristas, y no es casual la influencia de la Teología de la Liberación (también milenarista) en las bases indígenas del EZLN.

Pero volvamos a la historia de las escatologías judeocristianas. Le Goff señala que “A diferencia de las religiones que le rodeaban, simplemente basadas sobre los mitos y los ritos, el judaísmo confiere un sentido al tiempo y a la historia, que Dios conduce hacia un fin. La religión judía es la religión de la espera y de la esperanza, vale decir, de la esencia misma de la escatología.”[7]

La aparición de Jesús en la Tierra, como el Mesías anunciado por los profetas en el Antiguo Testamento, pone en estado de ambigüedad y de excitación a la escatología judaica. La irrupción de Cristo como inicio del cumplimiento de la promesa, y su muerte como inicio del reino de Dios, marca la separación de las escatologías judía y cristiana. El judaísmo sigue en espera del Mesías que no reconoce en Cristo, y de la realización de la promesa. En tanto que el cristianismo profesa que por medio de Jesús la escatología ha ingresado en la historia y ha comenzado a realizarse.

Apocalipsis

En griego antiguo Apocalipsis significa revelación. La Iglesia ha decretado canónico y colocado al final del Nuevo Testamento el Apocalipsis de Juan, compuesto a finales del primer siglo de la era cristiana. Sin ningún género de duda San Juan retoma el tema y las imágenes de la apocalíptica judaica, identificando al Mesías con Jesús e introduciendo a la Iglesia del nuevo tiempo, esto es, a la católica.

En todo caso el Apocalipsis de Juan consta de: 1) reproducción del cómputo escatológico del tiempo: “la ciudad santa despreciada durante 42 meses; los dos testimonios que profetizan bajo el saqueo a través de 1260 días; la mujer de huye en el desierto a través de 1260 días; 666 que es la cifra de la Bestia y naturalmente el número 7 sagrado desde largo tiempo, con los 7 ángeles que vierten las 7 copas de la cólera de Dios; 2) la maldición –por medio de Babilonia que está simbolizada por la Bestia y que el pueblo de Dios está invitado a abandonar- de todo poder temporal; 3) la división de la escatología en dos tiempos, entre una primera resurrección –aquella de los santos y de los mártires que reinarán sobre la tierra a lo largo de 1000 años- anterior a una segunda resurrección, el Milenio –drama en el centro del cual emerge el personaje del Anticristo-, y por la otra, indican la segunda y definitiva resurrección seguida por el grandioso juicio final; 5) la manipulación de las señales anunciadoras (cometas, terremotos, guerras, carestías, epidemias) que de ahora en adelante serán observadas en un clima de angustia y de pánico; 6) por fin, la abundancia y el virtuosismo de las imágenes y de los símbolos que durante siglos han agitado la imaginación y excitado el estro de los artistas.”[8]

No quiero concluir este pequeño y ajustado trabajo sin mencionar al monje cistercience Joaquín de Fiore que fundara la Orden florense y muriera en 1202, por haber sido el primer teorizador de la escatología cristiana y que tuviese enorme influencia en todos los movimientos milenaristas a partir de entonces, incluyendo a los franciscanos desde los albores de su Orden.

Luego aparecen otros movimientos milenaristas como el impulsado en Florencia (1494-1498) por Savonarola. El encuentro de Quiliasmo con la revolución, aspirando a la realización escatológica en el “aquí y ahora”, politizándola a favor de los oprimidos, que habría de inspirar a Thomas Münzer, sacerdote católico convertido a la Reforma, que se separó bien pronto de Lutero, en quien vio la Bestia del Apocalipsis, y se convirtiera en uno de los líderes de la gran sublevación de los campesinos alemanes en 1525, mezclando la prédica del “reino de Dios” con las reivindicaciones agrarias. Fue abatido y muerto por la implacable represión de la nobleza contra el movimiento campesino.

Por último es pertinente mencionar al fraile Gerónimo de Mendieta, autor de Historia Eclesiástica Indiana, que inspirado en Joaquín de Fiore y en los espirituales (corriente franciscana influida por de Fiore), pensaba que los frailes y los indios en México podrían crear el reino de los puros fundado sobre un ascetismo riguroso y sobre el fervor místico. Los indios eran una nación angélica con los cuales los frailes podían construir el reino del Espíritu en el Nuevo Mundo, que debía ser el fin del mundo.

Mendieta llegó a México poco después de los doce franciscanos que arribaron en 1524, llamados afectuosamente los Doce Apóstoles, entre los que figuraban fray Martín de Valencia y fray Toribio de Benavente, Motolinía; en el grupo de Mendieta llegó fray Bernardino de Sahagún. Los primeros evangelizadores llegaron en 1523, tres franciscanos flamencos, uno de ellos Peter van der Moere, mejor conocido por su nombre españolizado fray Pedro de Gante.

Huelga indicar que ellos devinieron grandes protectores y defensores de los indios, aparte de haber rescatado su historia y cultura a través de notables obras etnohistóricas, e instituciones como el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, fundado en 1536 por fray Juan de Zumárraga y el virrey don Antonio de Mendoza, confiado a los franciscanos para la educación superior de los indios. No pocos frailes además de hablar varios idiomas indígenas, fueron autores de diccionarios y gramáticas de esas lenguas.

Amén.

BIBLIOGRAFIA

[1] Le Goff, Jacques, El orden de la memoria –El tiempo como imaginario- Ediciones Paidós, Barcelona 1991, página 12.

[2] Eliade, Mircea, Aspectos del mito, Paidós Orientalia, Barcelona 1988, página 14.

[3] Ibidem, páginas 16-17 y 27.

[4] Eliade, Mircea, Opus cit., páginas 63 y 64.

[5] Eliade, Mircea, Ibidem,, página 66.

[6] Cohn, Norman, Les fanatiques de l’Apocalypse, Paris, 1963.

[7] Le Goff, Jacques, Opus cit., página 62.

[8] Le Goff, Jacques, Opus Cit. Página 68.

FEDERICO ZERTUCHE GONZÁLEZ. Estudió derecho en la Escuela Libre de Derecho de México, D.F., ha sido profesor de Historia de México en el I.T.E.S.M.,campus Monterrey, N.L,, así como en la Universidad de Monterrey, antigua Facultad de Derecho de las materias Teoría del Estado, Ideas Políticas y Derecho Internacional Privado. También profesor de Literatura e Historia de México en el Liceo Michoacano y en el Instituto Jefferson, en Morelia. Funcionario de la S.R.E. en Asuntos Culturales. Miembro del Servicio Exterior Mexicano de 1980 a 1992, sirviendo en las Embajadas de México en Ecuador, Estados Unidos de América y en Colombia, donde se desempeñó como Agregado Cultural y Primer Secretario para asuntos políticos. Es periodista cultural e internacional, ha sido editor de la revista Bien Común, y colaborador en diversos periódicos y revistas. Finalista al Premio Octavio Paz 1998.

 

 
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lunes, 12 de marzo de 2012

 

El pífano

Por: Federico Zertuche

Mientras mi primo Martín arrancaba una briosa melodía al pífano, yo la sostenía con redobles de tambor avivando la marcha que rítmicamente seguía la infantería al cruzar de largo el valle suavemente ondulado por bajas colinas alfombradas de diminutos brotes verdes, a cuyos costados se alzaban frondosos bosques de coníferas y encinas, al despuntar aquella fresca y luminosa mañana de abril.

Así marchaba el Primer Batallón del Regimiento de Fusileros a bayoneta calada, ceñidos por casacas azul de Prusia y tocados por quepís de igual color los soldados lucían tensos y serios ante la batalla que se avecinaba y a la que dirigían resueltamente el paso. La arenga del coronel después del alba había producido el efecto deseado: ánimo y moral estaban altos.

Entre tanto, un cuarto de legua adelante la caballería se mantenía oculta en la espesura del bosque, en ambos flancos, a la espera del momento oportuno para emprender la sorpresiva carga. Así mismo, en lontananza, lográbamos divisar tres manchones rectangulares y compactos que en concierto se movían hacia nosotros.

Cuando la proximidad del encuentro era casi inminente y los infantes se aprestaban para los primeros disparos, Martín empezó a entonar el tema melódico de la marcha Radetzky, mientras yo me apresuraba a seguirlo con mi viejo tambor al tiempo que la tropa exclamaba con aprobación tres vivas al Regimiento de Fusileros que la tenía como emblema.

Unos pies más adelante al escuchar la orden de alto, la primera fila se hincó a una rodilla apuntando los fusiles y la segunda, de pie, también dispuso sus rifles; luego del grito de ¡fuego! se dispararon al unísono cuarenta descargas de los Sharp de un solo tiro, ipso facto ambas filas marchaban rápidamente a retaguardia sustituyéndolas la segunda y tercera en el mismo orden y posición para disparar a su vez, mientras las dos primeras recargaban sus armas y así, sucesivamente.

El enemigo hizo lo propio dejando abatidos en la primer descarga a cinco de los nuestros. No obstante los caídos y lo nutrido del fuego recibido, nuestras filas se sucedían unas a otras para disparar por partida doble enrareciendo el aire de humo gris impregnado de fuerte y penetrante olor a pólvora quemada.

Después de más de una veintena de descargas de fusilería se escucharon los primeros disparos de la artillería ligera apostada cerca nuestra caballería oculta en los bosques; ésta al poco tiempo emprendió la carga por ambos flancos para debilitar al enemigo por los costados.

Entre gritos de dolor, confusión y órdenes, las compañías del batallón adverso se empezaron a dispersar y replegar, mientras los nuestros continuaban disparando sus fusiles acorde al orden establecido. Al cabo de media hora y de fuerte presión por la vanguardia y ambos flancos logramos fracturar sus formaciones, debilitarlos francamente, y así iniciar la carnicería cuerpo a cuerpo con bayoneta, sables y tiros de pistola a bocajarro.

Al mediodía aquellos verdes parajes se habían teñido de púrpura y escarlata y tapizado de inertes cuerpos despojados de cuajo del hálito que hacía poco vibraba con energía y vigor en sus pechos adolescentes. El plácido paisaje había sido bruscamente trasmutado por la confusión y el caos, el esperpento, la sangre y el vómito, cuerpos mutilados, fuego y humo, la vida rota en mil fragmentos, inmóvil y trunca se exhibía a nuestra mirada.

Mi primo y yo, que permanecimos boca abajo durante casi toda la batalla, a cierto resguardo en retaguardia como se nos había ordenado, tardamos largo tiempo para incorporarnos cuando ya habían cesado los disparos. Tales eran las atrocidades que por todos lados nos fustigaban sin clemencia que temíamos pararnos.

Un oficial de caballería con sable ensangrentado en mano se acercó a nosotros a trote lento deteniendo el corcel a pocos pasos, se apeó y vino a vernos preguntando si nos encontrábamos bien. Fue así como nos despabilamos al sentirnos arropados por uno de los nuestros cuyo amparo tanta falta nos hacía en aquel paisaje de la multitud moribunda y yerta.

Luego el teniente de caballería nos ordenó seguirle y entonar un aire en honor de los caídos, fue así como Martín empezó a soplar su pífano del que salieron unos hermosos trinos a los que embelesado en un dos por tres empecé acompañar con suaves toques de tambor y el alma al vuelo.

(Nota: El pífano, óleo sobre tela de Edouard Manet).

 

 
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lunes, 05 de marzo de 2012

 

Colapso del Segundo Imperio:

Relato sobre mexicanos monárquicos

Por: Federico Zertuche

El 10 de abril de 1864 una comisión integrada por emperifollados mexicanos llegó al castillo de Miramar luego de viajar desde la cercana Trieste a bordo de lujosas carrozas dispuestas por el archiduque Fernando Maximiliano de Habsburgo, quienes tenían la encomienda de ofrecer formalmente a éste la corona de una entelequia designada Imperio Mexicano. 

Encabezada por don José Manuel Gutiérrez de Estrada y don José Manuel Hidalgo y Esnaurrízar, la delegación nombrada en México por una Asamblea de Notables integrada ex profeso, fue recibida por los ayudantes de campo del archiduque quienes los hicieron subir por la escalinata de mármol, entrar al gran vestíbulo, y desde ahí fueron conducidos a un salón cuyos grandes ventanales ofrecían una espléndida vista al mar y a la costa adriática en dirección a Venecia, donde se llevaría a cabo la ceremonia.

Como sabemos, en el siglo antepasado la formación de grupos de notables fue un recurso manido por las naciones iberoamericanas. A falta de instituciones y tradición democrática, las élites los integraban con celebridades a fin de dirimir conflictos que no podían superarse mediante las endebles reglas establecidas y la general desconfianza hacia quienes las aplicaban.

Presidiendo al grupo, don José María Gutiérrez de Estrada pronunció el discurso de ofrecimiento de la corona. Alguien que, como señala Egon Caesar Conte Corti: “Con seguridad ningún hombre ha tenido nunca en una hora tan decisiva tan poca autoridad para hablar en nombre de un país y de un pueblo como este mexicano que desde hacía un cuarto de siglo estaba fuera de su patria y que, ahora, se atrevía a prometer en nombre de su pueblo al archiduque, desorientado y engañado sobre la verdadera situación...” (1)

“Con voz temblorosa por la emoción –narra el conde Corti en su espléndida biografía- el archiduque leyó en español su respuesta al discurso en francés de Gutiérrez de Estrada. Decía que gracias al voto de los notables de México, ahora se podía considerar como elegido del pueblo mexicano [...] Por eso podía aceptar la corona y se esforzaría en ostentarla trabajando incansablemente por la libertad, el orden, la grandeza y la independencia de México. De nuevo puso de relieve la intención de basar la monarquía en leyes constitucionales.”(2)

Luego, comenta José Manuel Villalpando en su libro Maximiliano que éste “sorprendió a los mexicanos cuando les dijo que establecería en México ‘instituciones sabiamente liberales’. Los mexicanos se voltearon a ver entre sí y disimularon su sorpresa.” (3) En seguida pronunció el juramento: “Yo, Maximiliano, juro ante Dios por los santos evangelios asegurar por todos los medios que estén en mi mano el bienestar y la prosperidad de la nación, defender su independencia y conservar la integridad de su territorio”. 

“Cuando Fernando Max terminó –prosigue Corti-, se apoderó el mayor entusiasmo de la asamblea que lo había escuchado conteniendo la respiración. La solemne presentación del acto y la gran importancia del momento no habían dejado de producir impresión en los oyentes, de los cuales sólo pocos estaban enterados de los detalles íntimos del asunto. Los gritos entusiastas y al mismo tiempo emocionados de: ‘¡Viva el emperador Maximiliano! ¡Viva la emperatriz Carlota!’, resonaron en el salón.”(4)

Mientras los mexicanos gritaban “¡Dios salve a Maximiliano emperador de México!”, en ese momento la bandera imperial mexicana, saludada por salvas de cañones de las naves de guerra atracadas en el puerto, fue izada en el mástil de la torre más alta de Miramar.

Luego del juramento y del tedéum de rigor, el emperador de México hizo sus primeros nombramientos que recayeron, ¡faltaba más!, en los más conspicuos notables de la ocasión, pues para eso se es notable: para recibir los frutos de tan notabilísima representación, sólo los ilusos se prestan para fungir como figura decorativa.

Gutiérrez de Estrada, José Manuel Hidalgo y Esnaurrízar, así como Francisco de Paula Arrangoiz, artífices de primera línea en la imperial empresa, fueron nombrados embajadores ante las cortes de Viena, París y Bruselas, respectivamente; muy a su gusto y talante: alejados de los desmanes, tumultos y turbulencias acaecidos a diario en suelo mexicano, y más a tono con el orden, la civilización, la elegancia y el glamour de la aristocracia europea en donde se movían como peces en el agua. Juan Nepomuceno Almonte, hijo natural de don José María Morelos y Pavón, fue designado representante del emperador hasta su arribo a México.

El 14 de abril partieron de Miramar los flamantes emperadores a bordo de la brillantemente empavesada fragata Novara que ondeaba en popa la bandera imperial mexicana. Poco antes de abordar llegó un telegrama de los emperadores de Austria, padres de Maximiliano, que rezaba: “Adiós, nuestra bendición –de papá y mía- nuestras oraciones y nuestras lágrimas te acompañan, Dios os proteja y os dirija, por última vez, adiós desde la tierra de la patria donde ya no te veremos más. Con el corazón acongojado te bendecimos de nuevo”.

Miles de personas apiñadas en el embarcadero, en las rocas de la costa y en las azoteas, les daban el último adiós, decenas de barcas fondeadas en el puerto acompañaron a la Novara para rendir postrer homenaje a sus queridos príncipes. De una de ellas “surgió potente una voz bien timbrada de barítono que cantó una bellísima canción de despedida, llena de amor, pero que a Carlota se le antojó siniestra:

Massimiliano...

¡non ti fidare!

¡Torna al castello

di Miramare! (5)

“El telón se levantaba, el drama podía empezar”, remata Corti el capítulo La aceptación de la corona. Cuatro años más tarde, la famosa Novara, en la cual el joven archiduque había hecho su primer servicio marítimo, transportaba el cadáver de Maximiliano para ser exhumado luego con debida pompa en el mausoleo de sus antepasados de los Capuchinos de Viena.

Fernando Max fue un verdadero marino que cultivó una larga carrera desde abajo hasta obtener con los años el rango de almirante y comandante de la flota austriaca, la que modernizó y puso al nivel de otras potencias europeas. Realizó muchas travesías marítimas y amaba al mar como pocos. La Novara fue reacondicionada como fragata blindada y artillada en astilleros de Venecia y Max recibió el encargo de supervisar su entrega: Desde entonces, la consideró como su barco insignia: 2,000 toneladas de desplazamiento, dos puentes, 1,800 metros cuadrados de velamen, 50 cañones y 400 tripulantes.

No fue casual, pues, que siendo gobernador general del reino Lombardo-Véneto, mandara construir su hermoso palacio de Miramar desde 1854 sobre una roca, no lejos de Trieste con magnífica vista al azul oscuro del Adriático. El despacho de trabajo del archiduque imitaba fielmente la cabina del almirante de la fragata Novara, y los salones estaban tapizados con damasco azul celeste con dibujos de anclas que recordaban la profesión del propietario.

¿Pero, quiénes fueron y quiénes eligieron a tan notorios notables que ofrecieran la imperial corona de México? ¿Bajo qué circunstancias y con qué títulos fungieron en tan conspicua encomienda? ¿Qué jabón los patrocinaba al emprender tamaña empresa? ¿De dónde su nacional representatividad? ¿De parte de quién? ¿Qué pitos tocaban? ¿Eran realmente notables? ¿De dónde salieron, qué hicieron y cómo acabaron?

Al poco tiempo que el ejército francés hiciera entrada triunfal en la ciudad de México (7 de junio de 1863), el general Elías Forey nombró una alta junta de gobierno integrada por 35 miembros, la mayoría de los cuales procedía de las filas conservadoras. De acuerdo a los planes previamente concebidos en Europa, dicha junta eligió a su vez una regencia provisional integrada por el general Juan Nepomuceno Almonte, el ex obispo de Puebla y a la sazón arzobispo de México, don Pelagio Labastida y Dávalos, y por el general Mariano Salas.

De tal núcleo surgió “La Asamblea Nacional” que declarara la monarquía y eligiera a Maximiliano como emperador. Al propio tiempo, la regencia nombró una comisión presidida por Gutiérrez Estrada y a la que pertenecía José Manuel Hidalgo, para llevar la invitación a Miramar. Así se cocinaron estos notables .Ya hemos mencionado algunos nombres: Gutiérrez de Estrada en primer plano; José Manuel Hidalgo, Francisco de Paula Arrangoiz, y Juan Nepomuceno Almonte, un poco atrás, sin dejar de ser principales. A ellos se añadieron el arzobispo don Pelagio Antonio Labastida y Dávalos, Francisco de Miranda, Ignacio Aguilar y Marocho, Joaquín Velásquez de León y otros más.

No se incluyen en esa lista a los generales Miguel Miramón y Tomás Mejía, fusilados luego junto al emperador, puesto que más que artífices del proyecto fueron operadores militares de última hora; Miramón y Leonardo Márquez habían sido desterrados por el propio Max, y no regresaron a México sino hasta 1866 cuando el Imperio se derrumbaba. Por limitaciones de espacio, nos ocuparemos sobre todo de relatar la suerte que corrieron Gutiérrez de Estrada y José Manuel Hidalgo y en menor medida de Almonte y Arrangoiz.

Un ilustre historiador, tratadista e ideólogo liberal del siglo XIX de la talla de don José María Luis Mora, se refiere a su tocayo y adversario político Gutiérrez Estrada, en los siguientes términos: “Este ciudadano es nativo del Estado de Yucatán, donde reside su familia, distinguida bajo todos los aspectos. No es necesario decir que Gutiérrez recibió una educación cuidada y escogida, basta haberlo tratado para conocer que fue así; y que supo aprovecharse de ella en la carrera del servicio público a la que se dedicó, y en la cual ha permanecido puro y sin mancha en medio de una clase corrompida [...] flexible por carácter, honrado por educación y principios, y expedito para los negocios, su servicio ha sido perfecto, y sobre todo leal y concienzudo.”(6) Como puede apreciarse, le reconoce una alta calidad moral.

Ciertamente el Gutiérrez Estrada que describía don José María Luis Mora, “no era aún el caudillo ideológico profundamente amargado, que tocaría a las puertas de las chancillerías europeas en demanda de un príncipe para México. Pero no puede negarse que había ya en él un germen de pesimismo, que llegó a su clímax en la sexta década del siglo XIX”, tal y como apunta Martín Quirarte en su erudita y clarificadora Historiografía sobre el imperio de Maximiliano.(7)

Luego de servir en varias legaciones de México en Europa, Gutiérrez de Estrada desempeñó altos puestos públicos con probidad y honradez, en 1835 fue ministro de Relaciones Exteriores. Luego se marcha a Europa para regresar durante la convulsa presidencia de Anastasio Bustamante quien le ofreció tal cargo que declinaría en una extensa carta en la que explicaba los motivos: No tenía ya fe ni en la eficacia de la Constitución de 1836, ni en la derogada de 1824. Urgía convocar a una convención que diera forma política adecuada a la Nación. Luego publicó un manifiesto en el que claramente expresa sus inclinaciones monárquicas lo que provocó la ira del presidente y una orden de aprehensión en su contra:

“Herida de muerte la república por los mismos que se dicen sus apóstoles, se muere de inanición después de ver consumado el jugo de su vida moral en esfuerzos estériles y cruentos. Sólo recomiendo por lo mismo, el proyecto de una Convención como un simple paliativo, como el único medio y el más adecuado para salir de los embarazos más urgentes de la situación actual. (…) Me parece ya llegado el momento en que la nación dirija su vista hacia el principio de una monarquía democrática, como el único medio de ver renacer en nosotros la paz tan ardientemente anhelada.”

Gutiérrez creía que si en Francia había fracasado la república y reinstaurado la corona era porque existía una poderosa tradición monárquica. Lo propio ocurría en México según él: trescientos años del período virreinal así lo confirmaban, la forma política dependiente de la corona española representada por un virrey, las instituciones, las leyes y costumbres fueron monárquicas, como lo fueron los reinos indígenas antes de la llegada de los españoles. Contraria a la efímera tradición republicana que sólo había acarreado desgracias, desorden, caos, anarquía, pronunciamientos sin fin, penurias económicas y hacendarias así como la mutilación del territorio nacional.

Por otra parte, razonaba que una monarquía católica era el mejor medio para salvaguardar la soberanía nacional amenazada por el expansionismo de los Estados Unidos que ya se habían apoderado de la mitad de nuestro territorio luego de la anexión de Texas y la humillante guerra de 1847-48.

A partir de entonces Gutiérrez inicia un largo y tortuoso periplo europeo a la búsqueda de algo parecido al “tiempo perdido”: de un príncipe que instaurase una monarquía democrática como único requisito para aliviar los males del país. “una monarquía puede ser tan libre como una república y aún más libre que una república” declaraba quien se había mostrado como uno de los más celosos defensores de la libertad de imprenta.

La última satisfacción de don José María Gutiérrez de Estrada ocurrió aquel 10 de abril en Miramar, cuando en ocasión solemne ofreció al archiduque Maximiliano la corona imperial de México al pronunciar en francés el memorable discurso a nombre del pueblo de México. Congruente con sus ultramontanas convicciones y conducta, muy pronto se distanció del emperador empeñado en adoptar políticas liberales que aquél se negó a aprobar. La vida no le alcanzó para enterarse de los infortunios del segundo imperio y murió días antes de la caída del régimen que tan celosamente contribuyó a erigir.

Al igual que su mentor (Gutiérrez de Estrada), José Manuel Hidalgo y Esnaurrízar, segundo en importancia como artífice de la imperial empresa en Europa, tampoco colaboró con Maximiliano en el teatro mismo de los acontecimientos, prefirió quedarse en el viejo continente en calidad de embajador del mexicano Imperio.

A decir de Martín Quirarte: “Pocos hombres de nuestra historia han podido llegar a los umbrales de la fama y del poder con tanta facilidad...” José Manuel nació en los albores del México independiente. Su padre tomó a Iturbide el juramento del Plan de Iguala, contagiado por un ambiente promisorio insuflado por las ilusiones de los políticos de entonces, que hacían creer que el nuestro era “uno de los países más ricos de la Tierra”, llamado a figurar entre las principales potencias del orbe.(8)

Pronto llegó el desencanto al instaurarse por prolongadas décadas la ingobernabilidad, la continua zozobra, las interminables intrigas, enconos y conspiraciones endémicas, la quiebra de la hacienda pública, los levantamientos y pronunciamientos como deporte nacional, la guerra civil, y, para colmo, la desastrosa guerra con los Estados Unidos y la mutilación del territorio nacional, como cruel desenlace de un drama que parecía interminable.

En dicha guerra, José Manuel Hidalgo, junto con otros “elegantes caballeros”, se batió noble y lealmente por su patria en la batalla de Churubusco contra el invasor norteamericano. Destaca Quirarte que el valor de aquellos improvisados combatientes fue tan grande que mereció el elogio y la admiración respetuosa del mismo general en jefe estadounidense, Winfield Scott, quien permitió a los vencidos conservar sus espadas.

Al término de la guerra José Manuel Hidalgo parte a Europa acreditado por la cancillería como diplomático. Gracias a su exquisito trato social, maneras distinguidas y al perfecto conocimiento de las reglas de etiqueta cortesana que practicaba con elegante soltura, Hidalgo se relaciona pronto con eminentes figuras de la nobleza española e inglesa y traba amistad con el emperador don Pedro de Brasil, con Isabel II de España, con la familia Montijo, de la cual Eugenia figuraría luego como emperatriz de Francia. El propio papa Pío IX, a la sazón desterrado en Gaeta, le dispensó su amistad, al igual que el influyente cardenal Antonelli.

En todo caso, José Manuel Hidalgo se había transformado en todo un cortesano, un figurín, a quien las casas y palacios más prestigiados de la aristocracia europea abrían sus puertas para departir en los salones entre la crema y nata del poder y la gloria decimonónicas. “De exterior atractivo, delgado y elegante, de una cierta suavidad de carácter y trato agradable, se hacía simpático en todas partes, especialmente entre las damas”, así lo describe Conte Corti.

Quirarte destaca que aquél “Estaba bien informado del ir y venir de las familias opulentas. Conocía al dedillo la vida social de Francia y de otros países del mundo. Pero su conocimiento de las cuestiones mexicanas fue muy limitado. Sus referencias a la historia patria son muy breves y escasas, más que opiniones se antojan sentimientos desdeñosos. Ninguno de los imperialistas mexicanos tuvo en el grado de José Manuel Hidalgo, una ausencia tan grande de nacionalismo.”(9)

Al contrario de la mayoría de los historiadores del Segundo Imperio, que desdeñan y condenan al olvido al personaje que ahora nos ocupa, Martín Quirarte nos ofrece un conmovedor fresco de José Manuel hasta su muerte, no sin dejar en claro que para los efectos de la historia de México su vida carece de importancia a partir de que es destituido por Maximiliano como embajador en París. El resto de su biografía, sobrevivió al derrumbe del Imperio casi tres décadas, se aproxima más bien al género novelístico:

“El encumbramiento de José Manuel Hidalgo, fue tan rápido como su caída. Gracias a su amistad con Napoleón y Eugenia de Montijo pudo conspirar con eficacia a favor del proyecto para crear en México un sistema monárquico [...] aquel cortesano no estaba a la altura del puesto político que se le había conferido. Sus cualidades hacían de él un personaje de salón.”

“Si Maximiliano no hubiera sido casi tanto como José Manuel Hidalgo –sigue el relato de Quirarte-, un hombre de miras políticas estrechas, habría podido darse cuenta desde que lo conoció, del limitado valor del personaje. Por gratitud pudo haberle dado un puesto decorativo, colmarlo de honores y riquezas, pero nunca otorgarle la representación diplomática de su gobierno en Francia y menos en el momento en que comenzaron a enfriarse la relaciones entre Napoleón y él.”(10)

Tras la serie de tropiezos, malentendidos, desavenencias y abiertos actos hostiles que iniciaron la debacle en las relaciones franco-mexicanas, José Manuel Hidalgo fue llamado a México para explicar su actuación así como el estado de los acontecimientos que tenían lugar en Europa y en la corte ante la cual era responsable de los asuntos mexicanos. Al no poder convencer al emperador de su eficacia, éste lo destituyó intempestivamente de tal alto cargo, lastimando en lo más íntimo la sensibilidad de José Manuel. No obstante que Max trató de compensarlo con otro puesto, que Carlota misma insistió que aceptara, don José Manuel dio a entender que toda relación estaba rota. Su carrera había concluido.

Sin embargo, José Manuel retornó a Europa donde viviría los últimos veintinueve años de su vida en circunstancias de pobreza, miseria, privaciones y amargura que contrastaron fuertemente con el opulento tren de vida que hasta entonces se había dado. En su larga correspondencia con don Luis García Pimentel, José Manuel Hidalgo relata su penosa situación: “Rondando en los salones, codeando a gentes que no se estiman, a grandezas que no se envidian, en medio de una atmósfera no siempre sana y frecuentemente engañosa, falta de convicciones; pero si a mi no me importa quedarme en casa todo el día mientras hay luz, en la noche necesito huir de la soledad en donde estoy sin más compañero que la lamparilla y entregado a tristezas que me harían perder la razón.”(11)

 “Comprendió –observa Quirarte- la frivolidad del medio social en que se movía pero le faltó el valor para renunciar a vivir en él... Hasta el último día de su vida conservó José Manuel Hidalgo la amistad de algunos personajes aristócratas. Se vio en la necesidad de someterse a economías para guardar por lo menos las apariencias del señor elegante que había sido antes... A fines de 1893 y a comienzos del 94, fue víctima de una enfermedad que lo llevó a los umbrales de la tumba. Sin cloroformo le hicieron tres o cuatro operaciones y le quemaron con yodo la carne [...] su enfermedad se prolongaría dos años.”(12)

A comienzos del 95 un feroz invierno azoló París golpeando severamente a nuestro personaje que narra así este conmovedor fragmento de su existencia en la correspondencia citada: “A veces he pasado horas enteras como remachado a mi sillón, al lado de la salamandra –que es el único fuego que tengo en la casa-, sin valor, sin ganas de salir para ver a los amigos o cumplir con mis deberes sociales. Mis medios no me permiten tener fuego en el resto de mi pequeño aposento, y mi cuarto de dormir y saloncito son una nevera; el agua de mi cuartito de toilette se hiela y hay que romperla con un martillo...”

Finalmente, “El destino lo salvaba de muchas humillaciones y vergüenzas, al truncar su vida el 26 de diciembre (1896). ¡Había pagado muy caro el delito de ser imperialista! Las alegrías que pudo haber tenido en 29 años que sobrevivió a la tragedia del Cerro de las Campanas, no compensaron quizás las tristezas, los dolores y las humillaciones que aquel hombre albergó en el fondo de su corazón”. Así concluye el conmovedor relato de la vida de Hidalgo que nos obsequia Martín Quirarte.

Por su parte, don Francisco de Paula de Arrangoiz, antiguo ministro de Hacienda, ejerció como embajador del emperador en Bruselas ante la corte del rey Leopoldo I de Bélgica, padre de la emperatriz Carlota. Luego fue embajador en Londres hasta que dimitiera de tal honor como reacción a la tendencia liberal de Max y del rompimiento de la Iglesia con el Imperio.

Arrangoiz, no obstante sus críticas y alejamiento del emperador por las políticas liberales que emprendiera, a la postre escribió el mejor alegato en defensa del conservadurismo de la época a través de dos trabajos que se consideran fundamentales: Apuntes para la historia del Segundo Imperio Mexicano y México desde 1808 hasta 1867, inspirados sin duda alguna por la admiración que aquel profesaba por don Lucas Alamán, el más insigne intelectual de los conservadores y uno de los más notables historiadores de México, no obstante su pasión política y marcada parcialidad ideológica.

Por último, Juan Nepomuceno Almonte, el hijo natural de don José María Morelos y Pavón, no corrió con mejor suerte. Luego de haber sido nombrado ministro de la Corte Imperial y gran mariscal, sustituyó a José Manuel Hidalgo como embajador en París, última chamba en su vida, y ciudad donde se exiliara y a la postre falleciera el 21 de abril de 1869, siendo sepultado en el cementerio de la Pere Lachaise, supuestamente junto a los restos de su ilustre progenitor. Este último enredo histórico –Los huesos de Morelos, que se suponía reposaban junto a los de su hijo- fue debidamente aclarado por el historiador José Manuel Villalpando César, quien exhumó el cadáver de Almonte –cuyo cuerpo y vestimenta encontraron casi incorrupto y en muy buen estado de conservación- en 1987, sin que se hallaran por cierto los restos del autor de los Sentimientos de la Nación. (13)

A raíz del decreto promulgado el 27 de diciembre de 1864 en el que Maximiliano confirmaba la nacionalización de los bienes de la Iglesia y autorizaba la libertad de cultos, las relaciones del Imperio con el Vaticano y la Iglesia mexicana se deterioraron irremediablemente. El nuncio apostólico abandonó el país y el arzobispo Labastida se distanció definitivamente de la empresa imperial que consideraba había traicionado al catolicismo. Los conservadores clericales empezaron a llamar a Max “El empeorador”.

Las cosas para el Imperio y para los emperadores fueron de mal en peor, Napoleón III abandonó la empresa mexicana y quitó el apoyo militar y financiero a Max, Carlota emprendió una infructuosa gira europea en busca de ayuda, en medio de la cual empezó a perder la razón y ya sin poder regresar a México ocurrieran los sucesos que desembocaron en el cerro de las Campanas, Querétaro, el 19 de junio de 1867 cuando Maximiliano fue fusilado junto a los generales Miguel Miramón y Tomás Mejía.

Tal parece que el destino trágico que, decíase, marcaba a la dinastía de los Habsburgo, se propagó además de Maximiliano, fusilado en Querétaro, a quienes hemos referido, al príncipe heredero Rodolfo de Habsburgo quien se suicidó en Mayerling, y a Francisco Fernando asesinado en Sarajevo. Ni que decir de la desdichada emperatriz Carlota Amalia, que sobrevivió al infortunio sesenta años más poseída por delirios absolutamente demenciales hasta morir a la edad de 87 el Anno Domini 1927 recluida en el castillo de Bouchout en Bélgica.

Notas bibliográficas

(1) Corti, Egon Caesar, conde, Maximiliano y Carlota, Fondo de Cultura Económica, México, 1976.

(2) Corti, Egon Caesar, Ibídem.

(3) Villalpando, José Manuel, Maximiliano, Editorial Clío, México 1999. (4) Corti, Egon Caesar, Opus cit.

(5) Luca de Tena, Torcuato, Ciudad de México en tiempos de Maximiliano, Planeta, México, 1990.

(6) Quirarte, Martín, Historiografía sobre el imperio de Maximiliano, UNAM, México, 1970.

(7) Ibídem.

(8) Opus Cit.

(9) Quirarte, Martín, Opus Cit.

(10) Ibídem.

(11) Verea de Bernal, Sofía, Cartas de don José Manuel Hidalgo Esnaurrízar, Un hombre de mundo escribe sus impresiones. Recopilación, prólogo y notas de. Editorial Porrúa, México 1961.

(12) Quirarte, Martín, Opus Cit.

(13) Reed Torres, Luis, y Villalpando César, José Manuel. Los restos de don José María Morelos y Pavón: Itinerario de una búsqueda que aún no termina, Espejo de Obsidiana Ediciones, México, 1993.

 

 
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lunes, 27 de febrero de 2012

 

Adiós a las razas

-anacronismo del concepto racial-

Por: Federico Zertuche

Clasificar a los seres humanos según rasgos físicos tales como el color de la piel, del cabello o de los ojos, por su estructura craneal, esquelética u ósea en general, por la morfología de labios, frente, párpados, mentón, pómulos, orejas, manos, pies, complexión, estatura, peso, etc., fue una manera de establecer categorías con pretensiones científicas a fin de estudiar al ser humano a través de una antropología física no exenta de prejuicios, intereses ideológicos y políticos, y de un pronunciado eurocentrismo dado el contexto de la colonización entonces en boga, ya que el concepto de raza empezó a emplearse a partir del siglo XVII en Europa.

Si bien es cierto que se intentaron diversos sistemas clasificatorios basados en categorías raciales, nunca alcanzaron rango científico debido a la imposibilidad de establecer y probar la existencia de las llamadas "razas puras", distinguir unas de otras y ordenarlas por tipos. Ello no es posible porque en realidad todos los seres humanos formamos una sola especie ya que provenimos de un mismo tronco u origen evolutivo que la ciencia moderna localiza en el este de África (alrededor del valle o garganta del Olduvai, Tanzania), de donde partieron los primitivos grupos humanos en sucesivas y prolongadas migraciones hasta poblar el resto de la Tierra.

Las clasificaciones y categorías raciales en base a rasgos físicos, llevaron a muchos individuos, pueblos y hasta naciones a valerse de tales pretextos para justificar sus prejuicios, intereses ideológicos y políticos, así como por ambición y codicia económicas, discriminando y oprimiendo a otros grupos, pueblos y naciones convencidos de su supuesta "superioridad racial" ante la "inferioridad" de los otros. Así, principalmente los europeos (aunque no únicamente), dominaron y expoliaron a pueblos enteros en África, Asia y América (negros, amarillos o mongólicos, e indios americanos), a quienes consideraban salvajes y primitivos que había que civilizar y cristianizar.

En tal contexto apareció y se extendió el racismo durante los siglos XVIII, XIX y XX, que no obstante las múltiples justificaciones y pretensiones científicas en que se creía sustentar, a fin de cuentas resultó un simple y burdo prejuicio por las razones arriba expuestas. En todo caso, la culminación más aberrante de tal prejuicio traducido ideológica y políticamente, fue el delirio genocida nazi, que consideraba la raza aria como superior a las demás, y en particular a judíos, negros y gitanos, sobre los que se sentían con derecho a exterminar violenta y sistemáticamente como política de Estado.

No obstante, con los avances científicos, particularmente en paleontología, antropología, biología y medicina en lo que concierne al estudio de los tipos sanguíneos, bioquímica en lo relativo al estudio de la genética, al descubrimiento del ADN y al análisis de los cromosomas y de los genomas como el mitocondrial, las clasificaciones raciales quedaron completamente desfasadas por carecer de sustento científico, pasando a ser un anacronismo fallido del que quedaron solamente los prejuicios en que se sostenían.

Actualmente hay una fuerte tendencia mundial contra cualquier forma de racismo y son cada vez más los seres humanos en todos los pueblos y naciones que lo perciben como un prejuicio nocivo y conducta antisocial retrógrada.

 Acorde a los avances científicos en el análisis y estudios del ADN podemos establecer con suficiente certeza que el ADN o genoma mitocondrial, cuya estructura fue descifrada en 1981 por S. Anderson, tiene herencia matrilineal, es decir, que heredamos nuestras mitocondrias sólo de nuestras madres. Una característica importante es que no se re-combina, ello implica que los únicos cambios que podrían haber sucedido, se deben exclusivamente a mutaciones ocurridas a lo largo de muchas generaciones.

En el ser humano se calcula que cada 5 a 10 mil años surge una mutación en una de las bases del ADN mitocondrial; según esto se obtienen dos importantes conclusiones: la primera es que se logra demostrar el origen africano de los humanos modernos, calculando que toda la humanidad desciende matrilinealmente de una sola mujer, la “Eva mitocondrial”, mujer africana que habría vivido hace aproximadamente 190,000 años; y en segundo lugar, se demuestra que no existen razas puras –ni razas-, ya que todos los pueblos descienden de la mezcla de un conjunto de linajes diferentes.

Para tener una mejor visión de nuestro árbol genético fue necesario buscar la herencia patrilineal. El cromosoma "Y" cumple bien esta función, ya que es el que determina el sexo masculino y por lo tanto se hereda del padre a hijos hombres; además que es muy estable por su baja recombinación y nos ha permitido conocer que todos descendemos de un único hombre, denominado “Adán cromosómico”, es africano y tiene una antigüedad entre 60 y 90 mil años.

 Las diferencias en el color de la piel, cabellos y ojos de los grupos humanos, se deben a la cantidad de melanina que produce cada individuo derivada –luego de un largo proceso evolutivo- en función de su exposición prolongada al Sol o al contrario, por su insuficiencia. La melanina es un pigmento que ubicado en el protoplasma que luego se manifiesta en la piel, cabello y retina de los ojos. La mayor o menor cantidad de melanina es resultado de una mutación por razones climáticas.

De esta forma, actualmente hablamos de grupos étnicos, genómicos, culturales, lingüísticos, nacionales, etc., todos los cuales conforman la familia o especie humana. Así de simple, aunque también de complejo y profundo.

Así pues, a estas alturas y luego de las nefastas consecuencias y secuelas dejadas por la ideologización y politización de los prejuicios raciales, las sociedades contemporáneas, las naciones y Estados que conforman, deben desterrar de su vocabulario y hábitos mentales las clasificaciones o categorías humanas en función de razas por las razones expuestas.

De tal manera que si en nuestras leyes, reglamentos y demás normas jurídicas, incluyendo actos administrativos y políticas públicas que establecen criterios sobre bases raciales, estarán propiciando, sin ninguna duda, la división de los seres humanos sobre un prejuicio, que lejos de hacer justicia o ser equitativo, fomenta división y enfrentamientos innecesarios, estériles y abiertamente nocivos. Tratase de un auténtico contrasentido.

Es absurdo querer hacer justicia a determinado grupo étnico que históricamente ha sido o es discriminado, legislando o reglamentando normas en función o por razones raciales, sobre bases o criterios justamente racistas, diferenciando a los grupos nacionales en función de su raza o etnia, y otorgando derechos especiales a unos y a otros no. Al obrar así se incurre en el mismo error y prejuicio que se quiere subsanar, aunque ahora propiciados por y desde el Estado mismo. Las normas jurídicas deben ser universales, generales, equitativas e igualitarias.

Un Estado democrático y de derecho aglutina en su seno a una población diversa y plural, a la que el legislador debe reconocer en igualdad ante el poder político y la ley. Sólo así podremos erradicar el racismo: al igualar derechos y obligaciones a todos los seres humanos sin distingo alguno, así como oportunidades reglamentadas de manera equitativa.

 

Modificado el ( lunes, 27 de febrero de 2012 )
 
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