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Una oración por
México
Por: Federico
Zertuche
En el enrarecido panorama político y social que vivimos
actualmente en México, resulta pertinente recordar algunos pasajes de la
"Oración fúnebre" que Pericles pronunciara en el siglo V antes de
Cristo, 500 años antes de que fuera escrita La República de Platón, en ocasión
de las honras que se llevaron a cabo para rendir alabanza a los primeros
muertos en la Guerra del Peloponeso, y que Tucídides recrea con inigualable
veracidad, elocuencia y edificante oportunidad para todas las generaciones
posteriores, en el capítulo VII, Libro II, de su Historia de la Guerra del
Peloponeso.
"Nuestro sistema político decía Pericles- no
compite con instituciones que tienen vigencia en otros lugares.
Nosotros no copiamos a nuestros vecinos, sino que
tratamos de ser un ejemplo;
Nuestra administración favorece a la mayoría y no a la
minoría: es por ello que la llamamos democracia;
Nuestras leyes ofrecen una justicia equitativa a todos
los hombres por igual, en sus querellas privadas, pero esto no significa que
sean pasados por alto los derechos del mérito. Cuando un ciudadano se distingue
por su valía, entonces se lo prefiere para las tareas públicas, no a manera de
privilegio, sino de reconocimiento de sus virtudes, y en ningún caso constituye
obstáculo la pobreza;
La libertad de que gozamos abarca también la vida
corriente; no recelamos los unos de los otros, y no nos entrometemos en los
actos de nuestros vecinos, dejándolos que siga su propia senda... Pero esta
libertad no significa que quedemos al margen de las leyes;
A todos se nos ha enseñado a respetar a los magistrados y
a las leyes y a no olvidar nunca que debemos proteger a los débiles. Y también
se nos enseña a observar aquellas leyes no escritas cuya sanción sólo reside en
el sentimiento universal de lo que es justo;
Nuestra ciudad tiene abiertas las puertas al mundo; jamás
expulsamos a un extranjero... Somos libres de vivir a nuestro antojo y, no
obstante, siempre estamos dispuestos a enfrentar cualquier peligro;
Amamos la belleza sin dejarnos llevar de las fantasías, y
si bien tratamos de perfeccionar nuestro intelecto, esto no debilita nuestra
voluntad (...) Admitir la pobreza no tiene entre nosotros nada de vergonzoso;
lo que sí consideramos vergonzoso es no hacer ningún esfuerzo para evitarla;
El ciudadano ateniense no descuida los negocios públicos
por atender sus asuntos privados... No consideramos inofensivos, sino inútiles,
a aquellos que no se interesan por el estado; y si bien sólo unos pocos pueden
dar origen a una política, todos nosotros somos capaces de juzgarla; no
consideramos la discusión como un obstáculo colocado en el camino de la acción
política, sino como un preliminar indispensable para actuar prudentemente;
Creemos que la felicidad es el fruto de la libertad y la
libertad, el del valor, y no nos amedrentamos ante el peligro de una guerra.
(1)
Estas palabras, señala Karl Popper, no constituyen un
mero elogio de Atenas, sino que expresan el verdadero espíritu de la Gran
Generación. Ellas formulan el programa político de un gran individualismo
igualitario, de un demócrata que comprende perfectamente que la democracia no
puede agotarse con el principio carente de significado de que "debe gobernar
el pueblo", sino que ha de basarse sobre la fe en la razón y en el
humanitarismo. Al mismo tiempo, constituyen la expresión de un verdadero
patriotismo, de un justo orgullo por una ciudad que se había propuesto la tarea
de convertirse en ejemplo de las otras, y que se convirtió en escuela, no ya de
la Hélade sino también -como todos lo reconocen- de la humanidad, en los siglos
pasados, presentes y venideros. (2)
Sería altamente deseable y paradigmático que la
"Oración fúnebre" se incluyera en las plataformas ideológicas y
políticas de todos y cada uno de los partidos políticos de México; que la
aprendiese de memoria nuestra clase política y tratase de aplicar sus
enseñanzas; que se discutiera en las clases sobre ciencia política de nuestras
universidades, que la recordasen de manera reiterativa quienes se ocupan de
elaborar la llamada opinión pública, y los ciudadanos hiciéramos nuestras esas
virtudes que practicaban los atenienses. Otra cosa serían nuestras maltrechas y
atribuladas vida social y cultura política.
Notas:
(1) Pericles, "Oración fúnebre", en Popper,
Karl R. La sociedad abierta y sus enemigos, Paidós, Barcelona 1994, Pág. 182. (2) Ibidem, págs. 182 y 193.
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