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Escrito por nuestros escritores   
martes, 14 de junio de 2011

 

Luego de la Caravana de Sicilia

Por: Federico Zertuche

No tengo la menor duda de que Javier Sicilia y un grupo que le respalda – un grupo, no todos- representan una causa noble y justa en la búsqueda de la reconciliación, la paz y la concordia nacionales a través de la búsqueda de la justicia con dignidad. Son valores e ideales a los que todos aspiramos.

Sin embrago, desde hace mucho tiempo creo firmemente en que los cambios a nivel nacional se deben promover, más bien, a través de las instituciones, dentro de la ley, por la vía democrática, de reformas consensadas y negociadas entre los distintos actores políticos, con activa participación ciudadana, debate público abierto, plural y diverso. Y no mediante liderazgos mesiánicos o de caudillos iluminados.

Aunque imperfecta, apenas en pañales si se quiere, balbuceante en algunos sentidos y coja en otros, nuestra incipiente democracia debe ser nutrida por la ciudadanía de manera sistemática y permanente, fortalecida con su participación activa más allá de las elecciones y en todos los ámbitos donde sea posible. Lo mismo ocurre con nuestro Estado de Derecho: no nos queda más que mejorarlo.

Recientemente, los mexicanos hemos atestiguado la manera en que diversos grupúsculos que obedecen a otros intereses políticos se apoderaron de la Caravana por la Paz con Justicia y Dignidad que encabezaba el poeta Sicilia, para llevar agua a su molino. Así los activistas de No más sangre, abiertamente apoyados y financiados por AMLO y sus secuaces, lograron incluir en el resolutivo de Ciudad Juárez los siguientes puntos:

“…se pronuncia por el fin de la estrategia de guerra del gobierno federal, el regreso inmediato del Ejército a sus cuarteles, la no aprobación a una reforma a la Ley de Seguridad Nacional, cancelación de la Iniciativa Mérida, juicio político contra Felipe Calderón, Genaro García Luna y Javier Lozano…”  y hasta “un aumento salarial de emergencia”.

Sin que Javier Sicilia y sus allegados pudieran impedir tales pronunciamientos, sino sólo tratar de rectificarlos después en un mitin en El Paso, Texas. Desde la ciudad de México se sumaron a la Caravana jóvenes encapuchados que decían ser de la Otra Campaña del EZLN, agitadores del SME y del CGH, furiosos lopezobradoristas, macheteros de Atenco ,rijosos maestros disidentes de Michoacán y Oaxaca, aun así la caravana no sumó más de mil 500 personas.

No es casual que ni en San Luis Potosí, ni en Monterrey, Torreón e incluso en Ciudad Juárez hayan convocado más que un puñado de marchistas y pocos asistentes a sus asambleas públicas. En todo caso, es evidente que el movimiento ráoidamente se pervierte y diluye. Es lo que siempre ocurre con ese tipo de manifestaciones espontáneas, emotivas y desarticuladas que se ilusionan con un líder carismático supuestamente iluminado, un salvador.

Fueron los lopezboradoristas, que no cejan en vengarse del presidente Calderón, quienes lograron incluir la petición para que se retire el Ejército de la lucha contra el crimen organizado. Incluso hay quien sostiene que grupos de jóvenes infiltrados en realidad fueron enviados por los capos de los carteles. También solicitaron juicio contra el presidente y García Luna, así como el fin de la Iniciativa Mérida y la salida de la Policía Federal de Ciudad Juárez. Puras insensateces que los habitantes de esa ciudad rechazan.

El Estado democrático y de Derecho es la única institución Constitucionalmente facultada para ejercer legal y legítimamente la violencia a fin de mantener la paz y la seguridad nacionales. El Estado es quien detenta la soberanía nacional, es decir, la potestad para ejercer un tal poder para que nadie, ni ningún otro poder, sea igual o esté por encima del poder estatal.

Sólo el Estado y su gobierno legal y democráticamente electo, pueden ejercer legítimamente la violencia para contener, reprimir, detener, juzgar, condenar y encarcelar a los delincuentes, a quienes atenten contra la paz y la seguridad nacionales. Nadie más.

Pedir que se retire el Ejército y la Policía Federal en el cumplimiento de sus deberes y obligaciones más elementales, aparte de ser un auténtico contrasentido, es flanquear el camino a los malvados, a los delincuentes, a quienes atentan contra la sociedad en su conjunto, contra la convivencia civilizada, legal, democrática y finalmente justa y digna.

De tal manera que, más bien, fortalezcamos nuestras instituciones, no las debilitemos, tampoco las desprestigiemos; lo que se tenga que mejorar hay que hacerlo mediante reformas legales, políticas públicas, actos de gobierno, participación ciudadana, con opinión pública critica, seria y responsable socialmente. Mejoremos día a día nuestra democracia.

Así como al país, a la nación y al Estado, lo conformamos, edificamos y mejoramos todos los mexicanos, así también lo podemos dañar, empeorar y destruir. Tan podemos evolucionar, como involucionar como sociedad política.

http://zertuchefederico.blogspot.com/

 

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