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Escrito por Angel Quintanilla   
jueves, 12 de enero de 2012

 

El capitán Alatriste

Por: Federico Zertuche

El mayor inconveniente que encuentro en las novelas de Pérez-Reverte es que concluyen, tienen un final, nada deslucido, por cierto, pero terminan. Pues aquí viene mi ansiedad por una nueva aventura revertiana y la espera para que el autor trabaje a marchas forzadas para gestar y parir otra de igual catadura, género y calidad.

Esta obra nos conduce, en un primer plano, a los folletines y folletones del siglo XIX, particularmente los de Dumas. La aventura, en especial la de capa y espada, vuelve de nueva cuenta por sus fueros para conquistar al lector del siglo XXI que devora feliz cuanta intriga policiaca urde Reverte. En otro plano, nos enfrentamos a la novela policiaca contemporánea, plenamente vigente por lenguaje, percepción, utilización de recursos y personajes muy actuales, así como por una constante preocupación que permea sobre la condición humana individual y social de nuestros días.

La trama policiaca está presente en cada una de sus novelas, ya planteada vía Internet, escondida en una tabla flamenca, entrevista en medio de un intrincado comercio de libros antiguos, raros y valiosos, en el corazón de una batalla napoleónica, al avezarnos en las técnicas del arte del esgrima o del ajedrez, paseando por las calles de Sevilla o en el Madrid de los Austria de los tiempos del Cuarto Felipe, que de pasada conocemos, recordamos o asistimos guiados por un nada aburrido, muy atento y ameno Cicerone de nuestro siglo.

El elenco revertiano se compone de seres a punto del hundimiento que se aferran a una última baza, vividores y tahúres, putas y chulos venidos a menos, soldados de a pie llevados por la leva, pajes de señores menores, en fin, individuos de segundo y tercer planos que de una u otra forma se relacionan con altos burócratas vaticanos y príncipes de la Iglesia ávidos de dinero y poder, marqueses, condes o duquesas, unos nobles y otros no tanto, banqueros o comerciantes inescrupulosos, con generales y almirantes despiadados y no pocas veces ineficientes en la guerra, aunque muy ufanos y condecorados.

Por otro lado, los héroes de Reverte son aquellos que no figuran en la foto oficial, menos aún en portadas de periódicos y revistas sino cuando mucho en la nota roja; son aquellos que aparecen, cuando bien les va, en segundos planos de cuadros de época, como aquellos que pintados en filas posteriores en la Rendición de Breda de Velázquez, atrás de los grandes señores de la guerra que pactan el armisticio, esos anónimos a quienes Reverte reivindica en un close up pictórico, fotográfico y literario entrañable y justiciero en su bello y breve relato La fiel infantería.

Su última novela, en coautoría con su muy joven hija Carlota, quien le ha ayudado en la reconstrucción del Madrid del siglo XVII y con el perfil del también joven personaje Iñigo de Balboa, se centra en las venturas y desventuras de un retirado soldado español de los Tercios de Flandes que con apócrifo rango se hace llamar capitán Alatriste.

El capitán Alatriste malvive en aquel Madrid para ganarse unos cuartos y sobrellevar su soldadesco retiro con cierta dignidad. Acude asiduamente a las tertulias en una taberna de medio pelo con un grupo de amigos entre los que se encuentra el malhumorado poeta Francisco de Quevedo, muy dado a lances temerarios con aceros y viperinos con la pluma.

Por la dudosa profesión que entonces ejerce, que no es otra que la de alquilar su espada al mejor postor, nuestro capitán se ve envuelto en una intriga palaciega en la que ha metido negra mano el Santo Oficio de la Inquisición y el siniestro secretario del rey, Luis de Alquézar, y hasta el poderosísimo conde de Olivares, para tratar de victimar al Príncipe de Gales, heredero de la corona inglesa.

En vilo nos tiene Reverte a lo largo de su relato escrito a la manera del español de ese siglo, pero asequible al que corre, por boca de sus personajes, particularmente la del narrador, el joven vasco Iñigo, que entre criado y paje asiste al capitán Alatriste y hasta llega a salvarle la vida en una emboscada que le tenían tendida sus feroces y malvados enemigos.

Mientras tanto, entre las maldiciones que don Francisco de Quevedo endereza contra su acérrimo rival don Luis de Góngora y contra todo aquel que al amargado poeta se le ocurriera ver pendenciero enemigo con quien batirse al lado de su amigo y mejor espadachín don Diego Alatriste, recorremos los lectores las para atrás reconstruidas calles Mayor, Montera y Alcalá, la Rúa del Prado a fin de presenciar reales y señoriales paseos en carroza, a pie o a caballo, o bien a escuchar y ponernos al tanto de los entretenidos chismes de la época en las gradas de San Felipe.

Y hasta aquí en cuanto a la trama a fin de no adelantar vísperas a quien no haya leído tan entretenida novela.

Comentario aparte merece el fiel trato y retrato que da el autor a la decadencia política, moral, social y económica de las Españas de esa época que, paradójicamente, conocemos como el Siglo de Oro, que no será tal gracias a sus venales y corruptos políticos, ni a sus ineptos gobernantes, tampoco son sus acreedores ambiciosos jerarcas eclesiásticos y menos aún los tan temidos fanáticos del Santo Oficio, ni los intrigantes cortesanos, ni generales o almirantes, casi todos los cuales más bien mostraron el cobre.

Sino que el áureo resplandor y grandeza de esa centuria se adeuda sobre todo, a los magníficos artistas y letrados que parió y creó esa patria: poetas, dramaturgos, novelistas, pintores, juristas y académicos, cuyas vida y obra, portento imperecedero, se fundieron en el Oro que adorna y enriquece el mentado Siglo Áureo.

Arturo y Carlota Pérez-Reverte. El capitán Alatriste, Alfaguara. México, 1997.

 

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