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El capitán Alatriste
Por: Federico Zertuche
El mayor
inconveniente que encuentro en las novelas de Pérez-Reverte es que concluyen,
tienen un final, nada deslucido, por cierto, pero terminan. Pues aquí viene mi
ansiedad por una nueva aventura revertiana y la espera para que el autor
trabaje a marchas forzadas para gestar y parir otra de igual catadura, género y
calidad.
Esta
obra nos conduce, en un primer plano, a los folletines y folletones del siglo
XIX, particularmente los de Dumas. La aventura, en especial la de capa y
espada, vuelve de nueva cuenta por sus fueros para conquistar al lector del
siglo XXI que devora feliz cuanta intriga policiaca urde Reverte. En otro
plano, nos enfrentamos a la novela policiaca contemporánea, plenamente vigente
por lenguaje, percepción, utilización de recursos y personajes muy actuales,
así como por una constante preocupación que permea sobre la condición humana
individual y social de nuestros días.
La trama
policiaca está presente en cada una de sus novelas, ya planteada vía Internet,
escondida en una tabla flamenca, entrevista en medio de un intrincado comercio
de libros antiguos, raros y valiosos, en el corazón de una batalla napoleónica,
al avezarnos en las técnicas del arte del esgrima o del ajedrez, paseando por
las calles de Sevilla o en el Madrid de los Austria de los tiempos del Cuarto
Felipe, que de pasada conocemos, recordamos o asistimos guiados por un nada
aburrido, muy atento y ameno Cicerone de nuestro siglo.
El
elenco revertiano se compone de seres a punto del hundimiento que se aferran a
una última baza, vividores y tahúres, putas y chulos venidos a menos, soldados
de a pie llevados por la leva, pajes de señores menores, en fin, individuos de
segundo y tercer planos que de una u otra forma se relacionan con altos
burócratas vaticanos y príncipes de la Iglesia ávidos de dinero y poder,
marqueses, condes o duquesas, unos nobles y otros no tanto, banqueros o
comerciantes inescrupulosos, con generales y almirantes despiadados y no pocas
veces ineficientes en la guerra, aunque muy ufanos y condecorados.
Por otro
lado, los héroes de Reverte son aquellos que no figuran en la foto oficial,
menos aún en portadas de periódicos y revistas sino cuando mucho en la nota
roja; son aquellos que aparecen, cuando bien les va, en segundos planos de
cuadros de época, como aquellos que pintados en filas posteriores en la
Rendición de Breda de Velázquez, atrás de los grandes señores de la guerra que
pactan el armisticio, esos anónimos a quienes Reverte reivindica en un close up
pictórico, fotográfico y literario entrañable y justiciero en su bello y breve
relato La fiel infantería.
Su
última novela, en coautoría con su muy joven hija Carlota, quien le ha ayudado
en la reconstrucción del Madrid del siglo XVII y con el perfil del también
joven personaje Iñigo de Balboa, se centra en las venturas y desventuras de un
retirado soldado español de los Tercios de Flandes que con apócrifo rango se
hace llamar capitán Alatriste.
El
capitán Alatriste malvive en aquel Madrid para ganarse unos cuartos y
sobrellevar su soldadesco retiro con cierta dignidad. Acude asiduamente a las
tertulias en una taberna de medio pelo con un grupo de amigos entre los que se
encuentra el malhumorado poeta Francisco de Quevedo, muy dado a lances
temerarios con aceros y viperinos con la pluma.
Por la
dudosa profesión que entonces ejerce, que no es otra que la de alquilar su
espada al mejor postor, nuestro capitán se ve envuelto en una intriga palaciega
en la que ha metido negra mano el Santo Oficio de la Inquisición y el siniestro
secretario del rey, Luis de Alquézar, y hasta el poderosísimo conde de
Olivares, para tratar de victimar al Príncipe de Gales, heredero de la corona
inglesa.
En vilo
nos tiene Reverte a lo largo de su relato escrito a la manera del español de
ese siglo, pero asequible al que corre, por boca de sus personajes,
particularmente la del narrador, el joven vasco Iñigo, que entre criado y paje
asiste al capitán Alatriste y hasta llega a salvarle la vida en una emboscada
que le tenían tendida sus feroces y malvados enemigos.
Mientras
tanto, entre las maldiciones que don Francisco de Quevedo endereza contra su
acérrimo rival don Luis de Góngora y contra todo aquel que al amargado poeta se
le ocurriera ver pendenciero enemigo con quien batirse al lado de su amigo y
mejor espadachín don Diego Alatriste, recorremos los lectores las para atrás
reconstruidas calles Mayor, Montera y Alcalá, la Rúa del Prado a fin de
presenciar reales y señoriales paseos en carroza, a pie o a caballo, o bien a
escuchar y ponernos al tanto de los entretenidos chismes de la época en las
gradas de San Felipe.
Y hasta
aquí en cuanto a la trama a fin de no adelantar vísperas a quien no haya leído
tan entretenida novela.
Comentario
aparte merece el fiel trato y retrato que da el autor a la decadencia política,
moral, social y económica de las Españas de esa época que, paradójicamente,
conocemos como el Siglo de Oro, que no será tal gracias a sus venales y
corruptos políticos, ni a sus ineptos gobernantes, tampoco son sus acreedores
ambiciosos jerarcas eclesiásticos y menos aún los tan temidos fanáticos del
Santo Oficio, ni los intrigantes cortesanos, ni generales o almirantes, casi
todos los cuales más bien mostraron el cobre.
Sino que
el áureo resplandor y grandeza de esa centuria se adeuda sobre todo, a los
magníficos artistas y letrados que parió y creó esa patria: poetas,
dramaturgos, novelistas, pintores, juristas y académicos, cuyas vida y obra,
portento imperecedero, se fundieron en el Oro que adorna y enriquece el mentado
Siglo Áureo.
Arturo y Carlota Pérez-Reverte. El capitán
Alatriste, Alfaguara. México, 1997.
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