plumas invitadas
Escrito por nuestros escritores   
sábado, 12 de marzo de 2011

 

El caso Dreyfus mexicano

Por: Federico Zertuche

A estas alturas, luego de menos de dos meses de haberse estrenado en salas públicas el documental Presunto culpable de Roberto Hernández y Geoffrey Smith, ha corrido mucha tinta y se han hecho multitud de comentarios en los medios audiovisuales mexicanos y extranjeros.

Sin embargo, por tratarse de una realización impecable –a mi juicio-, despierta por lo mismo en cada espectador una “lectura” distinta, otra manera de percibirla, sentirla e interpretarla; como ocurre con las buenas novelas: cada lector las recrea y la vive de singular y peculiar manera, tratase de una experiencia única: lector/autor, expectador/director.

Hacía mucho tiempo que un documental causara tanta conmoción, expectativas, ilusiones, indignación, comentarios y polémica nacional como este que reseñamos. La temática de fondo, a saber, el deplorable estado de la justicia penal, en particular, y de la impartición de justicia en general, de los jueces, ministerios públicos, policías judiciales, leyes adjetivas y sustantivas, y el Poder Judicial como un todo, afecta directa y personalmente a todos los habitantes de México, así como a las demás instituciones y a las personas morales, llámense empresas o asociaciones.

Es uno de los lastres y asignaturas pendientes que llevamos literalmente arrastrando por los suelos desde hace dos siglos: representa un triste balance judicial de bicentenario. Una nación que adolece de fuertes vicios en su sistema judicial, cuyo Estado de derecho deja tanto que desear, y que a fin de cuentas es incapaz de impartir justicia de manera justa, eficaz, expedita, conforme a derecho, es un país que cojea, está manco, ciego de un ojo –o tuerto-, sordo de un oído, y tullido del corazón: herido en su sensibilidad.

Presunto culpable es la exposición pública mediante un documento cinematográfico, que narra a través de imágenes y voces no de personajes sino de personas reales, las experiencias de una historia verdadera en la que el protagonista principal, Toño, de pronto se encuentra atrapado en la maraña de la sinrazón y el absurdo a los que ha llegado el sistema judicial mexicano en su conjunto, condenado por un homicidio que no solamente no cometió, sino del que se le acusa sin sustento jurídico probatorio sólido y efectivo, sino a base de imputaciones falsas de un testigo fabricado, de suposiciones gratuitas, peregrinas e interesadas de una venal, desvergonzada, cínica y corrupta policía judicial, y de una incompetente agente del ministerio público, a los que un juez inescrupuloso, insensible y venal da como buenos sus gratuitos dichos acusatorios, condenando a un inocente en dos ocasiones a más de veinte años de prisión.

Es un relato cinematográfico sumamente dramático y conmovedor, vivo y descarnado, sin ningún artilugio, adorno ni el más mínimo toque cosmético, de vestuario o escenográfico, la realidad tal cual, los hechos como son y las personas en su papel vital.

Si no hubiera sido por la intervención de dos jóvenes abogados, Layda Negrete y Roberto Hernández, que se encontraban en el inter para irse a estudiar su doctorado en la Universidad de Berkeley, así como de un abogado profesional que se encargó de la defensa de Toño, y del director de la película, Geoffrey Smith, quienes tuvieron la feliz idea de grabar con cámaras y audio todo el proceso penal y otros episodios en la cárcel y alrededor de la familia, novia y luego esposa de Toño, hubiera sido impensable que el acusado fuera absuelto luego de varias batallas judiciales a lo largo de más de dos años de prisión.

Luego vino el fenómeno mediático y la reacción que despertó en la sociedad mexicana en su conjunto cuando se empezó a exhibir el crudo y vehemente documental, hasta el intento de prohibir su exhibición por un recurso legal promovido por unos abogados del testigo acusador. Una vez más la justicia triunfó.

Presunto culpable ya es una causa pública mexicana, semejante al Yo acuso de Emile Zola en el caso Dreyfus que puso en evidencia y en jaque a la justicia francesa en el siglo XIX. Enhorabuena por Toño, Layda, Roberto y Geoffrey, y todos los que les apoyaron en esta epopeya jurídica y humanística que sin duda redundará en beneficio de la justicia mexicana.

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