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| sábado, 31 de marzo de 2012 | |
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La Vita Por: Federico Zertuche Hace un cuarto de siglo leí La Vida de Benvenuto Cellini (1500-1571), entretanto el inexorable transcurso del tiempo ha obrado borrando, diluyendo y deteriorando lentamente registros e impresiones almacenados en mi memoria sobre aquella lectura; aun así todavía recuerdo a grandes rasgos algunos pasajes y anécdotas como el Sacco de Roma, su estadía en la corte de Francisco I, otras venturas y desventuras menos heroicas y más prosaicas. Sin embrago, lo que sí quedó grabado indeleblemente fue la sensación de placer, enorme gusto y satisfacción que me dejara luego de terminar tan divertida, entretenida, festiva y emocionante autobiografía del artista y aventurero renacentista, quien desde entonces conquistara mi corazón e incondicional simpatía. Años después, al cruzar el Arno por vez primera sobre el Ponte Vecchio en dirección del Palazzo Vecchio, casi al llegar a la orilla sobre la vera derecha, me encontré frente a un busto de Cellini montado en bello pedestal y columnata de mármol blanco con una inscripción dedicatoria de los orfebres de Florencia a su gran maestro y paisano. Me quedé encantado aquella mañana observando al Cellini magistralmente recreado en bronce por Raffaello Romanelli, justo en tan espléndido escenario, al tiempo que recordaba su Vida: Fue un hermoso rencuentro. Seguí el trayecto obligado rumbo a la Loggia dei Lanzi, para toparme otra vez con mi personaje, en esta ocasión con su obra maestra: el magnífico héroe desnudo, dramático y broncíneo Perseo con la cabeza de Medusa alzada por su mano izquierda mientras la otra empuña la espada asesina; bajo sus pies alados calzados por leves sandalias, yace el cadáver decapitado y sangrante de su gorgónea víctima. Ahí también, el escenario no podía ser más majestuoso: la hermosísima Piazza della Signoria que sirve de marco al imponente Palazzo Vecchio, a cuyo costado se erige la magnífica estatua ecuestre del duque Cosimo I de Medici y al otro la Loggia cuyas arcadas cobijan al Perseo junto a otras venerables esculturas. Luego de todo ello, era pues, literalmente imposible no caer rendido y postrarme ante Benvenuto Cellini: lo contrario hubiese sido pecado de soberbia y necia arrogancia. No he vuelto a leer La Vita, aunque se me antoja mucho, no obstante, puedo dedicar este artículo y evocarle de esta manera. Así pues, ocupémonos un poco de este peculiar orfebre, escultor, escritor, artillero, artista y aventurero florentino. La Vita de Cellini es una autobiografía llena de excesos, vanidad, arrogancia, fanfarronería, autobombo y mil cosas más por el estilo, pero también rica en aventuras, peripecias, sabiduría y arte, plena de vitalidad y arrojo, gracia y humor, talento y creatividad, valentía y lealtad, es decir, contradictoria y plural como la vida misma. Al respecto dice Ernst Gombbrich en su clásica obra La historia del arte: Fue jactancioso, pendenciero, y lleno de vanidad, pero no podemos tomárselo a mal, porque narra la historia de sus aventuras y hazañas con tanto ingenio que se diría, al leerlas, que se trata de una novela de Dumas. A Cellini le tocó vivir en pleno Renacimiento, en ciudades tales como Florencia, Siena, Mantua, Roma, y París, durante una época de grandes sucesos políticos, militares, culturales y artísticos en la que se rodeó o estuvo a la sombra y protección de personajes como Miguel Ángel, Cosimo I de Medici, el papa Clemente VII, el duque de Mantua o el rey de Francia Francisco I, entre algunos otros. Aparte fue viajero incansable lo que le permitió conocer buena parte de Europa y forjarse como hombre de mundo. Benvenuto se vio envuelto en varios homicidios por los que tuvo que purgar cárcel de la que incluso logró escaparse, también en múltiples aventuras sexuales y amorosas con jóvenes de ambos sexos, en guerras y batallas memorables, intrigas palaciegas y papales, envidias y rencores, pleitos y lances de espada, todo lo cual registra amena y elegantemente en su Vita, pues también tenía talento literario. Intervino decisivamente durante el Sacco (saqueo) de Roma por las fuerzas imperiales de Carlos V de Alemania y I de España, al mando del condestable Borbón, durante el cual el papa Clemente VII se tuvo que refugiar en el Castel Sant'Angelo, donde Cellini comandó la artillería en defensa del Pontífice, y según sus memorias (La Vita) un disparo suyo de cañón fue el que hirió mortalmente al duque de Borbón aquella memorable jornada del 5 de mayo de 1527. Por cierto, Clemente VII fue durante décadas señor, protector y mecenas de Cellini, no sólo por su alta condición cardenalicia primero y luego papal, sino sobre todo por haber sido un Medici, de nombre Julio, hijo natural de Juliano de Medici hermano de Lorenzo el Magnífico. Juliano fue asesinado junto a otros personajes en la Catedral de Florencia durante la aparatosa y cruenta Conjura de los Piazzi. Así pues, el papa era señor natural y viejo conocido de Cellini, quien a su vez, fue súbdito y fiel vasallo de aquel y de su ilustrísima familia. Al final de su vida lo intentaron envenenar, pese a ello logró sobrevivir no sin constantes y molestos desórdenes digestivos. Diversas envidias de artistas rivales, acusaciones de sodomía, prisiones y problemas legales amargaron sus últimos años, frente a todo ello escribió La Vita, como una revancha moral contra sus detractores. Uno de los libros que merecen la pena leerlos, según Oscar Wilde.
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