Investigación

Por Gilberto Miranda y Pilar Quintanilla

Aunque aún no se conoce el desenlace, la polémica desatada por el conflicto entre el delantero Alan Pulido y los Tigres de la U de Nuevo León obliga necesariamente a ver más allá del pleito mediático, y retomar un tema que por años ha sido una de las más grandes sombras del balompié nacional: la relación laboral entre los equipos y los jugadores.

Pulido es un muchacho de 23 años que juega una posición que escasea en México: rompe redes. Usualmente, en dicha posición la titularidad en los 18 equipos profesionales de la hoy llamada “Liga MX” (Antes Primera División) la ocupan extranjeros, por lo que siempre es de notar cuando un mexicano comienza a destacar por la única razón de ser del juego: hacer que la de gajos rebase la línea de meta. Todo se reduce a eso, pero detrás de esa virtud física y alegría pura, hay un aparato inconmensurable de intereses.

Que el futbol es un negocio, ni duda cabe. Y que es un espectáculo, cuando menos no debería caberla, pues el deporte más popular del orbe lleva los reflectores –y por consecuencia los billetes- hacia el talento: a un equipo espectacular como lo fue el Barcelona de Guardiola, que materializó el sueño que Johan Cruyff inició muchos años antes, cuando decía que jugar al futbol es muy sencillo, pero jugar un futbol sencillo es la cosa más difícil que hay.

¿Y el gran botín a dónde se va? Hacia donde el espectáculo y la virtud roban los sueños y el aliento del aficionado. En la velocidad endemoniada de Cristiano Ronaldo, la zurda imparable de Messi o el señorío de Pirlo en el mediocampo. Y quizá eso es lo que los directivos del futbol nacional, por generaciones incluso, no han acabado por comprender: el buen espectáculo deja más dinero.

Lo anterior es entendible por un motivo sencillo: la gran mayoría de los directivos no son profesionales. En un contexto donde la medicina deportiva, la administración y la mercadotecnia avanzan con velocidad vertiginosa, se comete el grave error de confundir la tenencia de recursos con la de capacidades. Para botón de muestra están las Chivas del Guadalajara, cuyo dueño, Jorge Vergara, es un exitoso hombre de negocios, pero ha llevado al equipo más popular del país al punto de estar en riesgo de perder la categoría, y lo más triste, a tener el mejor estadio del país (hasta que FEMSA inaugure el del Monterrey) más desolado que una iglesia en lunes cada que

Una gran parte de los directivos y entrenadores nacionales siguen entendiendo el deporte bajo lógicas bizantinas, pues el mero hecho de haber sido jugador profesional no es suficiente para ser un buen entrenador, entender los nuevos métodos de ejercicio y alimentación personalizada o las dinámicas del mercado global de clubes y jugadores. Un reflejo de esto es la arcaica creencia de que eliminar el número de extranjeros beneficia a los futbolistas nacionales, cuando en realidad frena la competitividad y nivel que pudiera alcanzar la liga.

Aunque hay entrenadores y directivos de muy distinta formación y calado, prácticamente todos los participantes del futbol mexicano comparten un rasgo de nuestra cultura política: concentran el poder y lo ejercen autoritariamente. De ahí se desprende un vergonzante acuerdo conocido popularmente (y habría que decir, con un cinismo involuntario) como el “Pacto de Caballeros”.

Un Pacto en el que todos parecerán caballeros –o al menos se visten como tales- pero en el que dos son los anfitriones de la fiesta: los dueños de las televisoras. Aunque sean simbiontes en el mismo y peculiar universo del rectángulo verde, los separa la altura de la tela: los patrones, de pantalón largo; los empleados, de pantalón corto. Y como entre símiles se entienden, los patrones se pusieron de acuerdo y se inventaron reglas no escritas que, como es natural en México, son mucho más poderosas que las oficiales.

Un “código de honor” que mancha el concepto mismo, pues consiste básicamente en un acuerdo entre los dueños para controlar los destinos de los jugadores a su ventaja: primordialmente porque, cuando un jugador termina su contrato con un club nacional, no queda exactamente libre, como lo señala el Artículo 18 del Estatuto y la Transferencia de Jugadores de la FIFA, sino que el equipo mexicano que desee contratarle, tendrá que pagar a su club de origen (aunque ya no lo vincule contrato alguno) una cantidad que negociarán entre las partes, que de no darse, desata sobre el jugador la furia de los señores feudales de los equipos: por acuerdo de palabra, ninguno le contratará hasta que no se haya pagado la cantidad entre clubes.

Si un jugador decidiera no acatar las reglas que ponen los dueños como si fuera tienda de raya, estos últimos cierran filas y puertas, y le queda solo la opción de marcharse al extranjero a la buena de dios, como en su momento lo hicieron futbolistas como Gerardo Torrado y el regiomontano trotamundos Antonio De Nigris. Como marcados por la letra escarlata quedan los jugadores “rebeldes”, pues aunque hubieran logrado contratarse en el extranjero, al momento de querer volver a México les aplicarán las consecuencias del “Pacto”, exigiendo el pago extraoficial al equipo donde limita y al equipo donde se formó si quiere contar con la indulgencia plenaria de los dueños del balón.

En entrevista para el diario El Universal, el ex futbolista del América y seleccionado nacional Germán Villa describió el torneo mexicano como “La liga de Walt Disney, porque aquí pasa de todo, y lo que no, lo inventan”; y toca un punto fundamental, si bien el jugador es notablemente afectado como trabajador y se violan sus derechos laborales, no ha existido la unión y acuerdo entre los propios futbolistas para defender sus intereses. Continúa Villa: “Creo que somos el único país que nos saltamos los reglamentos de FIFA y ésta lo permite, ¿por qué? no sé. Si ves, en otros países a la gente que se le adeuda, hacen un paro y se les liquida y sigue la Liga. Acá se arreglan con la Federación, hacen todo a escondidas y sigue la Liga. No tenemos esa fuerza como sindicato, como Comisión del Jugador; al final, los dueños son quienes hacen y deshacen”.

Se ha hablado durante años de crear un verdadero sindicato o gremio de futbolistas que supere las débiles figuras hoy existentes, como la Comisión del Jugador controlada por la Federación. Probablemente la razón de fondo es que en la carrera meteórica pero corta del futbolista, la mayoría opta por sacar el mayor provecho económico posible en lugar de rebelarse contra el abuso de los patrones, probablemente pensando en amasar su fortuna, y aunque en descontento con las circunstancias, quizá piensan que ya vendrá una generación que le haga frente a la situación. Y así ha pasado más de una década.

Incluso en octubre de 2013 la diputada priísta de Jalisco, Claudia Delgadillo González, presidenta de la Comisión del Trabajo y Previsión Social en la Cámara de Diputados, promovió una iniciativa para reformar el artículo 295 de la Ley Federal del Trabajo, donde se consagra el derecho a una libre contratación. En su propuesta, la diputada establece el derecho laboral que tienen los deportistas profesionales para que una vez terminado su contrato puedan ser contratados por otro equipo, sin que los dueños del equipo anterior coarten este derecho. La iniciativa, como otras tantas, duerme el sueño de los justos en los archiveros de San Lázaro.

El futbol español vivió también una circunstancia similar…hace más de 30 años. Fue en 1979 que se creó la AFE (Asociación de Futbolistas Españoles), con el firme objetivo de abolir el llamado “derecho de retención” de jugadores, que les permitía retener a quienes habían sido formados por el mismo equipo. La unión de los jugadores a través de la AFE fue lo que posibilitó que la versión española del “Pacto” se viniese abajo. Es también una cuestión de liderazgos, pues hoy en la AFE participan figuras de primera línea del balompié ibérico como Iker Casillas, Carles Puyol y David Villa. Y aunque existe la Asociación de Futbolistas Mexicanos, de acuerdo al Diario Marca, a su última asamblea acudieron apenas tres jugadores.

Gerardo Torrado, quién vivió en carne propia el pacto al no poder regresar a México después de jugar en España, comentó al respecto para Azteca Deportes: “El Pacto de Caballeros solo está aquí en México, en otras partes no existe. Uno puede irse a jugar al extranjero, sin contrato obviamente. Yo lo hice al finalizar mi contrato con Pumas. Habría que analizar lo del Pacto de Caballeros para que el fútbol mexicano pueda crecer. Si comenzamos a planear y a organizarnos de verdad haríamos crecer nuestro futbol. En México no existe una asociación como tal para ayudar a los jugadores, no tenemos un pacto nosotros para apoyarnos, ya que lamentablemente en ocasiones nos ocupamos más cada uno de nuestra situación, pero quizá habría que cambiar eso y apoyarnos, unirnos."

El otro gran actor de la historia brilla por su ausencia: la FIFA ¿La justificación? Sencilla: la FIFA tiene reglamentos, pero reconoce la “libertad” de los organismos nacionales de hacer los propios, tal como ocurre en el caso de la multipropiedad de equipos (aún presente en México, a diferencia de todas las ligas del mundo desarrollado), y por tanto, mientras no exista una denuncia, no está obligado a actuar como organismo regulador. La pregunta de fondo, y de no muy difícil respuesta es ¿Por qué nadie se atreve a formular dichas denuncias?

Por ello, pase lo que pase con el caso de Alan Pulido, y aunque haya una considerable probabilidad de que Tigres tenga la razón, es el último ejemplo de la forma arcaica e impune con que el principal espectáculo deportivo a nivel nacional es manejado por sus dueños. A raíz del nuevo formato implementado hace un par de torneos ya con el membrete de “Liga MX”, al inicio de cada partido, un niño le da el balón al árbitro y con un micrófono conectado al sonido del estadio recita la frase institucional: “Juega limpio, siente tu liga”. Probablemente los dueños les encante promover la idea del Fair Play, mientras no aplique para ellos y sus negocios.

Buscador:

Paellas