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Categoría: El lector
Creado: 21 Octubre 2024

Autor: José Rivero

Comentario:

Musk el de TESLA se apunta para votar y apoyar a Trump. Pero, ¿apoyarlo en qué? 1/ Se presenta en actos de campaña. 2/ Le aporta 106 millones. 3/ Le da credibilidad en caso que vuelva a argumentar Fraude. 4/ Le presta su departamento de Tecnología ¿para planear cambiar algún resultado? Dicen que la lana manda y que con dinero baila el perro. ¿Será? 2/ ¡Ay como duele la concupiscencia octogenaria! Pensaba que a los ochenta años esta enfermedad ya no existiese, pero… Por otro lado, quizá nos quede tomarla como un simpático juego de mesa tipo parchis. ¿Qué hace un viejito octogenario jugando a la concupiscencia? No se burle usted lectora, medítelo y quizá usted también se puede contagiar. 3/ Si hay un Dios Todo Poderoso, como lo hay, debe estar muy molesto con la violencia y los odios en el mundo y solo Él podrá saber si merecemos una lección. Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Autor: Ariel Zapata

Comentario:

Nada hay de mayor fuerza que el aquilatar y palpar el gran valor de la amistad. Lo he vivido con diversos grupos que me han dispensado su gentil compañía y hoy sin menoscabo de ninguno, quiero destacar en su aniversario de haber egresado de la Facultad de Arquitectura a la Generación 1959-1964 de la Universidad Autónoma de Nuevo León, todos ellos de valor sustancial en el desempeño de su profesión y de su compañerismo. Es trascendente la afinidad de todos ellos y deseo reconocer de manera muy particular la unidad que han motivado de manera inspiradora, al Padre Jesuita Carlos Cisneros de esa generación, al Maestro Urbanista Arq. Guillermo Cortez Melo, como Mentor y ejemplo, sin faltar desde luego mencionar, a los gentiles bohemios de corazón Javier de la Garza y Ricardo Pompa Salinas que han sabido llevar el ritmo de esa unidad, tan necesaria en estos y en todos demás los tiempos. Felicidades amigos de juventud plena y que sigan sus reuniones periódicas en el cultivo y cosecha de los reencuentros proactivos. Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Autor: Ernesto Piñeyro-Piñeyro

Comentario:

"Con Ojos y Oídos de Niño... de 83 Años, Clamando en el Desierto". ((//1//)). La Bellísima, Única, Espectacular y Grandiosa Ciudad de México, en los años 40. Toda mi infancia transcurrió entre esos lejanos años. En ese período, toda la familia hizo cuando menos 5 viajes de vacaciones, de mi pueblito fronterizo chaparro, de 35,000 habitantes y un solo edificio de cuatro pisos, a la capital del país, con sus tres y medio millones de gentes. No recuerdo si otros dos viajes en el inicio de los 50. Eso en el invierno, porque en los veranos, nos íbamos a Tampico y Veracruz. Los tres destinos vacacionales, eran muy diversos y diferentes en todo. Estilo de vida, lenguaje, juegos infantiles y juguetes, acento, comidas, clima, urbanismo, picardías, maldiciones, instalaciones domésticas y el tipo racial de la gente. En la Ciudad de México, cocinaban con petróleo y los calentadores de agua, usaban rajas de oloroso ocote o bolsas de aserrín mojado con ese mismo líquido azul. En mi pueblito usaban gas natural. En esos puertos del Golfo de México, conocí y me subí como visitante, a grandes barcos de carga, incluido el Yate Presidencial, de Miguel Alemán Valdez, que estaba artillado. Pues las tripulaciones daban oportunidad de hacerlo, como una cortesía a los lugareños. Eran impresionantes y de regreso a la escuela, eso nos permitía narrar a nuestros vecinos, amigos y compañeritos, con grande exageración, la experiencia de entrar en el puente de mando y oficinas del capitán y tocar el timón. Aunque era época de veda para varias especies marinas, (los meses sin R, como mayo, junio, julio y agosto), siempre había raza que las desobedecía y vendía sus productos de casa en casa. Las jaibas las vendían vivas y las entregaban, con una tenaza atorada en alguna parte de sus cuerpos, para que no huyeran. Las llevaban en grandes canastas, colgadas con mecates de un palo, sobre los hombros del marchante. Mi abuela las echaba vivas al agua hirviendo o las abría en vivo, para eviscerarlas. El camarón, la hueva de lisa, el catán seco, los ostiones y el huachinango, así como los pemoles, bocoles, garnachas, icacos, mangos del río y cocos, eran nuestra deliciosa dieta vacacional. Altamira, Pueblo Viejo, Tampico Alto y Boca del Río, eran pueblos en los que vivían familiares de mi madre y abuela, que visitábamos con puntualidad de ritual. Viajamos a veces en lanchones por el río, que daban la impresión de hundirse. Nos seguían y acompañaban las marsopas nadando al lado de las lanchas, decía mi abuela, que nos iban cuidando, pues en caso de hundirnos, ellas nos llevarían a tierra firme en sus lomos. Yo, la mera verdad no me creía ese cuento y me llenaba de pánico, cada vez que el agua brincaba hacia dentro del bajel. Los viajes a la costa, generalmente eran en autobús debiendo cruzar dos ríos caudalosos en pangas o chalanes tirados por hombres muy forzudos, esos ya no existen. Nos tocó ver caer al agua, dos camiones de carga que fueron pérdida total. Los niños que íbamos en el centro del chalán, entramos en pánico. Cada ciudad tenía sus olores característicos, diferentes de mi seco y plano pueblito, no diré cuales, pero una olía a petróleo, otra a drenajes y una más a gas y a mariscos. (Continuará mañana). Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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