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Categoría: El lector
Creado: 12 Marzo 2024

Autor: Ernesto Piñeyro-Piñeyro

Comentario:

"Con Ojos y Oídos de Niño... de 82 Años, Clamando en el Desierto". REGIOMONTANUS PREDATORIBUS. O sea, REGIOMONTANO DEPREDADOR. Es lo mejor que me salió la frase, evocando las declinaciones greco latinas de mis clases de etimologías de la prepa, con el Dr. Pérez Gálvez y el Lic. Ignacio Camacho. ¿Por qué les digo así? En las últimas semanas he estado viendo fotografías de la ciudad de Monterrey, de los años 50 a los 80. Me ha golpeado y sorprendido negativamente, la forma en que las autoridades y el pueblo regiomontano han depredado, destruido y reducido a simples deshechos y escombros, señoriales casonas norestenses. Antiguas plazas arboladas con una bella apariencia provinciana, como la que estaba frente al Palacio de Gobierno y que ahora es una candente plancha de cemento, gracias a don Alfonso, o la que aún permanece atrás del antiguo Palacio Municipal. Vialidades clásicas, como la Calzada Madero con sus anchas aceras de ciudad europea, andador central, sus bancas de fierro vaciado y sus faroles con postes de granito. Así como sus verdes jardines, que alguna vez se llenaron de perfumes primaverales de flores de diferentes clases, cuidadosamente cultivadas. No se diga la Alameda Mariano Escobedo, testigo obsecuente e impertérrito de peripecias estudiantiles, aventuras amorosas, actividades deportivas nocturnas y comerciales, ahora arrasada por órdenes de algún orate polaco o jefe de departamento. Todas las citadas, renglones arriba, Plaza, Calzada y Alameda, fueron lugar común de descanso para los viejos, que se sentaban en sus bancas a platicar al atardecer y bien entrada la noche, buscando el fresco de los árboles y el aroma del césped. Puntos de reunión de niños y jóvenes, para divertirse y retozar, bajo la mirada protectora y vigilante de los abuelos o los padres. Sala de lectura y estudio al aire libre de universitarios, especialmente de medicina y leyes, preparándose para sus exámenes finales. Sentados en pequeñas sillas playeras, con lona a rayas como respaldo y asiento. De las bellas casonas de gruesos y pesados sillares, con techos de más de tres metros de alto, me da intensa tristeza y coraje, acordarme de las que han desaparecido bajo la piqueta de los ambiciosos desarrolladores inmobiliarios. Entre ellas, la mitad de la mía, en la esquina de las calles de Zaragoza y Espinoza, que fue rasurada inmisericordemente en su lado de Espinoza, para dar lugar a un estacionamiento para los clientes de la Paletería la Sultana de los señores Lomelí. Ellos y mi familia, llegamos al barrio con diferencia de pocos meses al final del 54. Frente a mi casa, en la esquina norponiente de las mismas calles, estaba la famosa Academia Comercial América. Ocupaba una enorme edificación, con un patio central habilitado como cancha deportiva para básquetbol y volibol. Eran una larga serie de salones, con balcones con rejas que daban a ambas calles y que permanecían llenas de bellas chicas y chavos, hasta las 9:00 de la noche. Se me olvida el nombre del director y propietario, un señor alto, grandote y bonachón, que manejaba uno de aquellos enormes carros de fines de los 40 y principios de los 50, con forma de tortugas enormes, en los que cabían cuando menos 10 personas. Esa bellísima casona y construcción, también se la echaron al pico, con la piqueta. Pero una de las que más me ha dolido, es la que estaba por las calles de Diego de Montemayor y Washington, en la esquina sur poniente. Era una barbaridad de mansión de dos pisos, altos los dos, de una majestuosidad increíble, nunca pensé que llegarían a atreverse a derrumbarla, por lo notorio e imponente de su apariencia. ¡También cayó y calló para siempre! La última vez que pasé por ahí, era un gran baldío cercado, con un árbol en su interior. Solo me queda esperar, que el INAH, se apiade de las pocas que quedan, las nombre y declare monumentos históricos de manera que se conserven, rehabiliten y les den uso público como bibliotecas, centros sociales o algo así. Hay una edificación de este tipo, en la esquina sur poniente de las calles capitán Emilio Carranza y Washington, completamente sucia y abandonada, llena de grafiti, con el aplanado de las paredes caído, dejando al descubierto los venerables sillares. Le ruego al Altísimo, que la conserve lejos de la mirada de los malos desarrolladores, y la proteja hasta que, al gobernador, el alcalde o alguna institución benéfica, de las que aún no han mandado al diablo, se les iluminen sus huecos cráneos a los polacos y el corazón a los segundos, la rescaten de sus irresponsables dueños, la rehabiliten y la conviertan en biblioteca, centro cultural o algo así, para utilidad pública. ¡Se Vale Soñar! Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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