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Categoría: El lector
Creado: 13 Febrero 2023

Autor: Ernesto Piñeyro-Piñeyro

Comentario:

"Con Ojos y Oídos de Niño... de 81 Años". ((//1//)). ¿Sufrió Mucho al Morir? ¿Cómo Fueron sus últimos Momentos? Estas son las preguntas que me han hecho, las personas que he ayudado profesional y amistosamente, cuando les informo del deceso de un ser querido. No es curiosidad, es la necesidad y búsqueda de información, que ayuda conciliarse con la persona fallecida, cualquiera que haya sido la calidad de su relación con ella. Se ha comprobado, que, el saber los detalles de la forma en que falleció un ser querido, ayuda a paliar el dolor, evitando crear fantasías contundentes o haciendo inferencias infundadas, que en nada ayudan. La autopsia de ley, nos ayuda a integrar el expediente emocional derivado de un accidente. Saber si el hijo murió o no, despedazado entre hierros retorcidos, o si la hija raptada fue torturada y violada, nos lleva al borde de la locura. Pero es mejor saberlo, que imaginarnos cosas. Las desapariciones forzadas, son actos de verdaderos locos y dementes inhumanos. En psicología, se denomina "Pérdida Objetal", a la emoción experimentada por la muerte de un ser querido. El grado, intensidad y duración del duelo y el luto, depende de la persona que se ha ido. Nos duele la partida de los padres, abuelos, hermanos, primos y amigos, pero ninguna se compara con la que experimentamos con la muerte de un hijo. Sus efectos llegan a ser catastróficos y de consecuencias impredecibles. No importa el sexo o la edad del hijo fallecido, si era el único, o el décimo. Puede haber sido por las llamadas causas naturales, que yo ignoro cuales sean, por una enfermedad aguda, crónica o de las que se presentan intempestivamente en nuestra vida. Un accidente mutilante o durante un robo, por una venganza o por una desaparición forzada, tan frecuentes en estos días, por todo el país y por las cuales, las autoridades no hacen nada. Para una madre, el hijo muerto puede ser un delincuente convicto y confeso, un presidiario sentenciado y, aun así, llorarlo como al mejor de los hijos, sin poner sus ojos en la gravedad de su conducta. Hasta podría ser un torvo delincuente, por cuya muerte dará gracias a Dios, por sacarlo de circulación y no haga más daños. Cuando una persona se suicida, la familia siente un cargo de consciencia por su muerte, pues se siente culpable de ello, ya que piensa y cree, que no fue capaz de detectar sus intenciones. O el estado emocional que lo orilló a tomar esa decisión o simplemente a ayudarlo a superar los problemas que vivía. Una de las cosas que debemos advertirles a los sobrevivientes, es que se preparen para muchos años de dolor y sufrimiento. Es un agudo dolor que se siente en todo el cuerpo, pero no detectamos en que parte. Que sepan que las heridas de esas experiencias en la vida, nunca se borran por más que nos digan que nos llegará el consuelo. De nuevo, enfatizo, que depende quien es el occiso, el tipo de relación que se tenía con él, y lo que significaba para nosotros. Pues nunca tendrá el mismo impacto, la muerte de un anciano, enfermo crónico, que dejó de sufrir y hacer sufrir a la familia, con su deceso. Que la de un bebé sano, un niño o adolescente, que prometían muchas satisfacciones en el futuro y se ven truncadas por eventos inesperados. Son los accidentes, así como la conducta imprudencial, las que más vidas jóvenes arrebatan. Los padres que jamás se preocuparon por poner límites conductuales precisos, al comportamiento inadecuado de sus hijos e hijas rebeldes, desarrollan sentimientos de culpa e ideaciones suicidas, que a veces llevan a cabo. Aquí, deseo recordar la Regla de Oro, con los suicidas potenciales; es mejor jalar la alarma de fuego, aunque no lo haya, que dejar que se queme el edificio, por temor a hacer el ridículo. Así son los suicidas. (Continuará). Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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