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- Categoría: El lector
Autor: Ernesto Piñeyro-Piñeyro
Comentario:
"Con Ojos y Oídos de Niño de 83 Años... Clamando en el Desierto". La Gastronomía Mexicana Degradada En la Roma, Polanco, La Condesa y en Gringolandia. Para un mexicano de mi edad, veterano y sobreviviente de cientos de comilonas mexicanas tradicionales. Tanto en familia como en fiestas, bautizos, bodas, Cumple Años, Navidades, Días 15 de Septiembre y 20 de Noviembre. En mercados pueblerinos, portales y fondas a la orilla del camino o del mar, perdidos en los desiertos norteños o las selvas de la huasteca, en pueblos y ciudades de todos tamaños. Heredero del dicho, "Todo lo que nada, se arrastra, camina o vuela, ¡A la cazuela!" Es triste y deprimente, ver como en algunos lugares se va degradando la sazón tradicional de la gastronomía nacional. Esa, la que ha dado tantos honores a lo largo y ancho del globo terrestre a nuestra amada herencia culinaria, algunas con tradiciones centenarias, sino es que milenarias. Transformadas de mano en mano, de comal en comal, de boca en boca, de metate en metate y de molcajete en molcajete por nuestras mujeres de todas las clases sociales. ¡Si señor! Que esto suceda en gringolandia, es explicable y comprensible, pues la lejanía del terruño, lo inaccesible de los elementos reales y autóctonos, así como la falta de contacto con las fuentes originales, lo justifica o al menos lo explica. También como los empleados que no están familiarizados con la más simple de las maniobras, como voltear en el momento preciso una tortilla en el comal, hacen que estas viandas se conviertan en remedos de la tradicional forma de cocinar de nuestros ancestros: Madres, madrinas, abuelas, hermanas mayores, comadres, maestras, nanas, sirvientas y todo el ejército femenino que está detrás del arte efímero de cada platillo que se lleva a la mesa. En una ocasión, estando en gringolandia, me detuve en un restaurante de franquicia mexicana y nombre en español. Todo el personal era afroamericano, desde el cocinero hasta los meseros. Pedí unos simples tacos y un plato de frijoles. Me los sirvieron con rapidez y diligencia, pero al descubrirlos, los tacos y los frijoles ¡Estaban fríos, perfectamente fríos! Más que la pata de Santa Anna y el brazo de Obregón en la Bombilla. Je, je, je. Me sorprendió la actitud de los muchachos, y con lo mejor de mis modales, les dije que estaban fríos y que deberían estar calientes. Me respondieron que así los servían y que, hasta ese día, no habían tenido quejas de la clientela, en su mayoría afroamericana. No quise discutir, me levanté y tuve que optar por una horrible "hamugresa", (sic), en la siguiente gasolinera. Desde entonces, me fijo en el personal que labora en esas franquicias o simplemente, las evito. Pero, cuando eso sucede en México, nuestro México Lindo y Querido, es imposible contener la santa indignación, el enojo soberano, la justificada mentada de madre para los cínicos y desvergonzados dizque cocineros, que se atreven a servirnos menjunjes desconocidos con nombres en inglés, traducidos por algún ex patriado gringo. Y que nos los cobren con absoluta desfachatez, ¡como si fueran recipiendarios de 5 Estrellas Michelin! He seguido de cerca, -el no sé porque se llama así-, el fenómeno de la famosa Gentrificación, no lo entiendo. El que se da en la famosas Colonias Roma, Condesa, Polanco e Hipódromo de la CDMX. No sé si ya haiga, (sic), llegado hasta las Lomas de Chapultepec, sería horroroso, pues implicaría una segunda rendición a los asaltos de los gringos, contra nuestra raza, identidad y cultura. ¡Recuerden 1847! El caso es que, en estos momentos, una gran mayoría de restauranteros traidores, ávidos de cobrar en dólares y atraer a la clientela gabacha que se ha posesionado de esos lugares, -antaño sitios de suprema elegancia- vía billetizas en moneda gringa. Han modificado sus recetas de platillos tradicionales mexicanos, para adaptarlos a los insípidos paladares y lenguas de lija de los hijos del Tío Sam. Así es, ya la cochinita pibil no es tan grasosa, los chiles son los menos picosos, las salsas, aún la de pico de gallo, no tiene pico o picor. En pocas y efímeras palabras, la comida ya no es la que estábamos acostumbrados y hasta las enchiladas las sirven, ¡Con queso amarillo, que no es queso, sino aceites! Háganme el re cabrón favor, si, con todas sus letras. Por si eso fuera poco, la injuria y la ofensa que afecta la lengua en los platillos como ingrediente y órgano gustativo también ofende a la lengua hablada, el español. En algunos lugares solo atienden en inglés, respondiendo a las demandas de los clientes gringos, que exigen que se les atienda en su "Indioma” (sic). Je je je. Los menús están impresos en inglés sin traducción al español. Doble asalto e injuria, al hipogloso nacional y las papilas gustativas tradicionales, por estos descastados pseudo cocineros y gastrónomos de quinta. Raza Mexicana, no permitamos esta nulificación de nuestra identidad más íntima, la que mamamos de los pechos de nuestras madres y que ahora, intereses "X", no quiero calificarlos, nos la están diluyendo al son del jua chumara. Nota mala: Este fenómeno se está dando a lo largo y ancho del territorio nacional.



