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Categoría: El lector
Creado: 02 Agosto 2024

Autor: Ernesto Piñeyro-Piñeyro

Comentario:

"Con Ojos y Oídos de Niño... de 82 Años, Clamando en el Desierto". Un Tenorio Envejecido: ¿No es verdad, Ángel de Amor, que, en esta Apartada Orilla, ¿más Clara la Luna Brilla y se Respira Mejor? Igual que Don Juan Tenorio, ¡Yo también tuve mi doña Inés del Alma Mía! Yo, de 23 y ella, de 17, yo, sin votos que me ligaran a nada y ella, con los suyos formalmente hechos. Cuando nos conocimos, hicimos un intenso y rápido contacto emocional, sin saber nuestros antecedentes vitales. Los descubrimos post hoc, me entienden, ¿Verdad? Recuerdo que fue en una librería de la Calle Morelos, en el Monterrey de los 60. Ambos buscábamos sin buscar o querer hallar, algún libro que nos alegrara el día. Coincidimos frente al Don Juan Tenorio de Zorrilla, ese monumento a la poesía musical en el lenguaje de su siglo, pero con la sonoridad del Siglo de Oro de la lengua castellana, el siglo de Lope de Vega, Tirso de Molina, Miguel de Cervantes y nuestro Juan Ruíz de Alarcón. Solo quedaba un ejemplar de la obra Zorrillezca, por lo que decidimos alegre y divertidamente de común acuerdo, pagar cada uno la mitad y compartir su lectura. Yo había leído varias veces el don Juan, pero ella solo lo conocía de nombre. Aun así, sabía que era la vida de un disoluto seductor de mujeres, a las que abandonaba tan pronto las hacía suyas. Ignoraba ella, que la figura femenina central, de la obra, era una novicia casi a punto de hacer votos en una orden religiosa. Que, por razones diversas, entre ellas, una apuesta entre truhanes, se veía atrapada en las salaces intenciones de un libertino de una familia acomodada. Un Junior cualquiera, en palabras de nuestros tiempos. Como dije, ambos ignorábamos nuestros antecedentes vitales, por lo cual decidimos leer en pareja la obra, para lo cual nos cruzamos a la Plaza Zaragoza y nos acomodamos en una de las pocas bancas con sombra. Le propuse que cada uno leyera la parte que correspondía a los dos personajes centrales del drama, pero a los otros, como don Luís, el comendador, la madre tornera y todos los demás, les diéramos un tratamiento expedito. Era un típico otoño regiomontano, como a las seis de la tarde, con un vientecillo fresco que barría las primeras hojas caídas de los árboles. Poco a poco, con la lectura y la cercanía de nuestras lectoras cabezas, se fue encendiendo la llama de la pasión y el amor. Pocos viandantes pasaban frente a nosotros, por lo que no nos sentíamos interrumpidos u observados en nuestro incipiente coloquio amoroso. Y llegamos a la escena del sofá o el diván, como le dicen algunos. El de la Tanatomimesia de doña Inés. Cuando se rinde a las palabras suplicantes del ladrón de honras. En el momento de la consumación, me desperté, me sentí desorientado, pues juraba que estábamos en el borde del precipicio del despeñadero de las pasiones. ¡Había sido un sueño! Y mi doña Inés del alma mía, se desapareció del entorno. Durante años tuve este mismo sueño, repetidamente, tantas veces que llegué a convencerme que en realidad había pasado por esta bella e intensa experiencia amorosa. Con esa hermosa, juvenil monja de 17 años, en plenitud de todas sus respuestas físicas y emocionales. (Me captan, ¿Verdad?) Fui en varias ocasiones a la librería del encuentro soñado, esperando encontrarla frente al don Juan de Zorrilla. Lo compré otras tantas y con él en la mano, me crucé a la Plaza Zaragoza, hasta me senté en la banca soñada tantas veces y en la que estuve a punto de iniciar con ella, el camino del amor. Pero ¡Nada! Así pasaron muchos años, más de 60 y ella nunca apareció. El otoño pasado, vagando sin ton, ni son, despreocupadamente por el centro de la ciudad, llegué a la puerta del edificio que albergaba la mencionada y multi soñada librería. ¡Ya no existía! Su lugar lo ocupaba un grosero restaurante de cinco mesas, que vendía elotes en vaso y no sé cuántas golosinas más, de gusto popular. Ocupé una de ellas y me senté a disfrutar las delicias ahí ofrecidas. De repente, en una mesa cercana vi a una anciana monja, en sus hábitos, también disfrutando de los mismos. Volteó a verme, me sonrió y en ella reconocí a la Doña Inés de mis sueños. ¡No lo podía creer! Me acerqué, tímido pregunté, ¿Nos conocemos? Me respondió, "No sé, tal vez, vengo por aquí a menudo a recordar viejos tiempos, a lo mejor nos hemos encontrado sin darnos cuenta". ¡Era ella! La doña Inés de mis ardientes e incompletos sueños. Definitivamente. Tenía la misma mirada dulce e ingenua de los años de juventud, pero ahora con ciertos tintes de melancolía y tristeza. Su sonrisa seguía lozana y franca, abierta, invitante. Mi horrible cerebro cocodriliano, venció mis escrúpulos de caballero y recorrí con mis ojos hidrópicos toda su figura femenina, que los hábitos no lograban ocultar, ni disimular. Se dio cuenta, de mi obscena inspección, pero no se inmutó, probablemente estaba acostumbrada al asedio visual masculino. Ella estaba en mejores condiciones físicas que yo. Quizá la oración, las mortificaciones y los rigores conventuales del claustro, la habían conservado en esa espléndida condición. No era mi caso, que me dejé arrastrar por la gula, la dipsomanía, la lujuria, la pereza y todos los nuevos pecados capitales del Siglo, que convierten en ruinas nuestros cuerpos. Aun así, ella mantuvo una actitud de notable simpatía hacia mí, notoria y evidente, que me tranquilizó y me impulsó a invitarla a leer juntos el don Juan que mantenía abierto entre sus manos. Aceptó y me dijo que conocía una banca sombreada en la Plaza Zaragoza, donde podríamos sentarnos tranquilos sin ser interrumpidos por los paseantes. Me asusté, sentí ese friecillo que recorre la columna vertebral ante lo ignoto y desconocido, pues no daba crédito a las similitudes con mis sueños, de lo que se estaba desarrollando ante mis miopes ojos. Nos sentamos, abrigados por la fresca sombra. De la escena del sofá, que termina con “¡Don Juan!, ¡don Juan!, yo lo imploro de tu hidalga compasión o arráncame el corazón"... se brincó a la escena final, en el panteón, cuando doña Inés le dice al don, " ... y Dios concedió a mi afán, la salvación de don Juan... Los justos comprenderán que el amor salvó a don Juan al pie de la sepultura. CONTINUARÁ... Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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