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Categoría: El lector
Creado: 24 Enero 2024

Autor: Ernesto Piñeyro-Piñeyro

Comentario:

Con Ojos y Oídos de Niño... de 82 Años, Clamando en el Desierto". ¿Cuántas Muertes Tienes en tu Memoria Afectiva, Mi Estimado Leyente? Es una pregunta lúgubre que hasta puede parecer morbosa, sin embargo, la hago por lo siguiente; Recordando a nuestros seres queridos que ya partieron, ¿Cuántas veces al evocarlos, nos damos cuenta que quedaron infinidad de preguntas por hacerles, muchas sin respuesta? Además, de pláticas, aclaraciones, disculpas, deudas sin pagar y perdones, recuerdos antiguos y recientes, cosas que decirles. Por lo cual tenemos sentimientos y resentimientos contradictorios y ambivalentes, a veces de culpa, otras de profunda e intensa tristeza. Hace varios meses, mencioné haber conocido a un señor, como de sesenta y cinco años, que jamás había experimentado en su vida el dolor o la pena del duelo por un ser amado, desaparecido por fallecimiento o cualquier otra causa. No aceptaba el deceso de su anciana progenitora, se sentía afectado y destrozado por ese evento. Me sorprendió su actitud porque yo, en ese entonces en mis bellos, dulces y tiernos 21 años, llevaba varias muertes en mi cuenta personal luctuosa. La cual se había iniciado a mis 8 años de edad, con la muerte de mi padre, seguida por la de mi madre 3 años después e inmediatamente a los 15 días, por la de mi querida abuela materna. Por muchos años tuve la fuerte convicción de que ya tenía cumplida y de sobra, mi ración y cuota de encuentros con la muerte y eventos luctuosos de seres queridos, por lo cual, no me preocupaba por la posibilidad o probabilidad de uno de ellos. De repente, cuando todo marchaba increíblemente bien en mi vida personal y familiar, con un éxito profesional y económico evidente y notorio. Rodeado por mis tres pequeñas hijas y mi bella esposa, que yo apodaba la princesa persa, amaneció muerta la más pequeña de ellas. Puedo afirmar, que es la única vez, en toda mi larga vida, que recuerdo y sentí volverme loco, me trastorné por completo, psicótico agudo, sin contacto con la realidad. Hubo veces que no entendía lo que me decían, las voces de consuelo me sonaban como un eco lejano, salidas de algún hueco en el espacio. Caminaba con pasos que me parecían de 10 metros de largo, pero sentía que no avanzaba y que algo me retenía, flotando a medio metro del suelo. No había noche, ni día, todo era un continuo gris, color sepia, como las viejas películas cinematográficas. No tenía hambre, ni sed, ni sueño o cansancio, solo deseaba desaparecer, esfumarme, no estar. Veía a mi esposa y mis hijas sufriendo intensamente, llorando, pero temía decirles algo que las lastimara y me alejaba de ellas. Algo me dolía aguda e intensamente, pero no acertaba precisar en qué parte de mi cuerpo residía ese dolor. Entonces, conocí el término, "Síndrome, (Dolor), Talámico", usado por los neurólogos para calificar una aguda sensación dolorosa, sin prevención conocida. En mi caso, aplicado metafóricamente. El año pasado murieron dos de mis hermanos mayores y hace pocos, el mayor de todos y el menor. De los 10 que éramos, solo quedamos 6. Con los cuatro idos, quedaron muchas pláticas y conversaciones inconclusas, asuntos sin terminar, me inundan recuerdos de la infancia florida a su lado. Cuando eran mis héroes y me cuidaban de los malos, que la mayoría de las veces eran imaginarios. Montado en sus hombros, corriendo por el patio de la casa paterno-materna, alcanzando las frutas y las naranjas más altas del árbol. Los extraño a todos, padres, abuela, hermanos, pero a ninguno como a mi pequeña hija, que fue una promesa frustrada e incumplida. Bien dicen los árabes, "Ningún hijo debe morir antes que sus padres". El dolor nunca termina y la herida jamás se cierra, ni cicatriza. ¿Cuál es la moraleja de este artículo, que puede pasar por aburrido, quizá cursi o hasta morboso para muchos? Pues que no dejemos pasar de largo, lo que tenemos pendiente de hablar, arreglar, pagar, corregir o aclarar, con nuestros seres amados, hermanos, padres o hijos. Después no hay marcha atrás y las heridas permanecen abiertas, como recordatorios. Espero que comprendan y acepten mi consejo de viejo, es con la mejor de las intenciones y no se arrepentirán. Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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