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- Categoría: El lector
Autor: Ernesto Piñeyro-Piñeyro
Comentario:
"Con Ojos y Oídos de Niño... de 82 Años, Clamando en el Desierto". Cosas que ya No Veréis, Mis Jóvenes Leyentes. Las que vi y viví en mi infancia, ya no existen, sin embargo, eran parte normal del círculo social y familiar. Hay algunas que quizá, si vivís en un pueblo o ranchería, aún alcanzaréis a observar. Veamos, ¿Os ha tocado ver la forma en que un gallo corteja a una gallina, bajando el ala a su derredor y gorgoreando antes de pisarla? Y como ella acepta, echándose al piso con el plumaje henchido, como señal de su fragor amoroso. El gallo la pisaba, subiéndose sobre ella y cogiéndola con el pico por la cresta en señal de dominio y equilibrio. Al terminar el encuentro cloacal, el gallo cantaba estentóreamente en señal de triunfo, presumiendo su nueva conquista y futura paternidad, aleteando enérgicamente. Y cuando una gallina pone un huevo y éste sale por la cloaca, tibio y húmedo. Siguiendo con la familia gallinácea, habéis visto a los polluelos, picar el cascarón del huevo desde dentro, sacar la cabeza, ver alrededor, brincar al piso, piar débilmente y agitar triunfalmente sus pequeñas alitas. Pero no todo eran animales, también máquinas. ¿Sabéis porque los patitos siguen en fila a su madre y los pollitos no lo hacen con mama gallina? ¿Acaso visteis y oísteis pasar rugiendo sobre vuestras cabezas un avión DC-3, tan cerca que en ocasiones creísteis ver la cara de una linda chica o un señor con pipa, mirando hacia abajo al piloto saludándoos? Íbamos al aeropuerto a verlos despegar y aterrizar, parecían enormes aves, con sus alas casi tan largas como su cuerpo, con la rueda trasera rebotando hasta que se elevaba y el ruido de los motores se iba apagando en la distancia etérea. ¿Os contaron de los larguísimos e interminables viajes por carretera, a veces por brechas, en autobuses "Flxible", que llevaban en el pasillo asientos plegadizos para aumentar su capacidad de pasaje? Cruzar caudalosos ríos en chalanes o pangas, jalados con gruesos mecates por forzudos hombres, y repletos de carros, autobuses y camiones de carga balanceándose y crujiendo, con las llantas casi a la orilla trasera de la barcaza y que dos veces se cayeron al río con todo y carga. Antes de subir el autobús a la panga, todos los pasajeros debían bajar y ponerse en un punto seguro, en el centro, los chicos, temblando de miedo. Viajasteis alguna vez por tren, pasando largos túneles y altísimos puentes, en viajes que duraban hasta 36 horas o más, en convoyes de 20 vagones, que incluían Pullman, 1ra. especial y hasta 1a., 2a., y 3a., clase, los últimos con bancas de madera tableada. En el techo del vagón del correo, iba la escolta militar, perfectamente armados, pues en esos tiempos, se requería protección de los soldados, ¡Como ahora! Las máquinas de vapor, negras, enormes, olorosas a carbón y lubricantes, arrancaban dando grandes patinazos de sus ruedas motrices, echando flamazos por los lados, y vapor por arriba y por abajo. ¿Sabéis que es el "Rumble seat"? En los autos, modelos de dos plazas de los años 28 al 31, era un asiento que iba por fuera en el lugar de la cajuela de esos carros. Se ocultaba y descubría por medio de una portezuela basculante, que se abría hacia atrás y era el respaldo de un asiento para dos personas, perfectamente acolchonados, en el cual nos sacaba a pasear mi padre. Éramos la envidia de la racita, aún de los que tenían autos más nuevos y lujosos. ¡Hoy solo los hay en museos! Nuestros juguetes eran de cuerda mecánica, como los relojes, el único eléctrico era el trenecito marca Lionel. Con lupas quemábamos hormigas, encendíamos papeles y pirograbábamos nuestros nombres en troncos y tablas. Telescopios, rompe cabezas, caleidoscopios, y libros de dibujar y colorear. Soldaditos de plomo, baleros, canicas de vidrio y de cemento, de varios tamaños y trompos de madera, patines de 4 ruedas metálicas, patín del diablo y triciclos. Volábamos papalotes hechos con periódicos y engrudo, pompas de jabón, sopladas con carrizos y escudriñábamos las nubes, buscándoles formas diversas. Nos mecíamos en un gran columpio que nuestro padre había instalado en un árbol. Disfrutábamos las rondas y canciones infantiles, entre ellas las de Cri-Cri, el Grillito Cantor. Las escondidas, la roña, los encantados, los quemados, María Blanca, eran nuestros juegos. Celulares, tabletas, video juegos, ni computadoras, no se inventaban todavía. ¡Éramos felices sin ellos y nos divertíamos mucho! No había homicidios, ¡solo robaban gallinas!



