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- Categoría: El lector
Autor: Federico Zertuche
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El misterio de la corona de la Virgen. Apareció en el cielo una señal grandiosa: una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies, y en su cabeza una corona de doce estrellas. Apocalipsis, capítulo 12, La mujer y el dragón. Entre los múltiples interrogantes que se desprenden de la imagen de la Virgen de Guadalupe que se conserva en la Basílica del Tepeyac, sobresale el relativo a la misteriosa desaparición de la corona dorada que terminaba en diez puntos agudos, cual rayos solares, y que hasta 1887 figuraba sobre su cabeza. Efectivamente, antes de que se esfumara, multitud de testimonios de época confirman su existencia, empezando por el del propio padre y bachiller Miguel Sánchez, que fue el primero en escribir y publicar el relato de las apariciones en 1648, iniciando así la tradición aparicionista, pues antes sólo se veneraba la imagen, ya que se desconocía la “historia”, esta es la mención que sobre el particular refiere: "tiene la cabeza devotamente inclinada a la mano derecha, con una corona real que asienta sobre el manto, con puntas de oro". En el segundo libro que se publica sobre las apariciones milagrosas, en 1649, el del licenciado Luis Lasso de la Vega, vicario del santuario de Tepeyac, afirma que: "Su cabeza se inclina hacia la derecha; y encima, sobre su velo, está una corona de oro, de figuras ahusadas hacia arriba y anchas abajo". Los pintores que examinaron la imagen en 1666 declaran, en el texto de las Informaciones de 1666: "la cabeza se encuentra devotamente inclinada hacia el lado derecho. Ciñe su corona real que asienta sobre el manto y termina en puntas o astas de oro, que son 10, ahusadas arriba y anchas abajo". El ilustre pintor Miguel Cabrera, quien examinó la imagen con interés artístico y pericial en 1751, escribe en su informe: "Por cíngulo tiene una cinta morada de dos dedos de ancho, que atada en medio de la cintura se le ven sueltos sus extremos. El manto le cubre modestamente parte de la cabeza, sobre el que tiene la corona real, que se compone de diez puntas o rayos". El historiador jesuita Francisco Javier Clavijero, da testimonio en su Breve noticia sobre la prodigiosa y renombrada imagen de Nuestra Señora de Guadalupe de México, obra de 1782: "Por toda la parte exterior del manto se ven distribuidas con arte cuarenta y seis estrellas, veintidós del lado derecho y veinticuatro del izquierdo. Y finalmente, la sagrada imagen tiene sobre la cabeza una corona de oro de diez rayos agudos". Hay desde luego más testimonios escritos, pero por su naturaleza resaltan la enorme cantidad de copias de pinturas, grabados, dibujos en la abundante iconografía guadalupana realizada por muchísimos artistas y artesanos plásticos antes de 1887 que confirman la presencia de la corona. Ahora bien, ¿cuándo y porqué desapareció la corona? Todo parece indicar que fue poco antes de junio de 1887, siendo abad de la Basílica don José Antonio Plancarte y Labastida, quien se encargó de organizar las fiestas de la coronación pontificia de la Virgen de Guadalupe celebradas el 12 de diciembre de 1895. Se dice que la corona ya estaba para entonces muy deteriorada, decolorándose por el transcurso del tiempo. No obstante, cuando la imagen de Guadalupe se expuso en la capilla capuchina el 23 de febrero de 1888, el público se percató de la alteración sufrida. El padre José de Jesús Cuevas trató de argüir que la Virgen misma había obrado un “público y solemne milagro” haciendo desaparecer su propia corona a fin de aceptar “la piedad y el amor con que quieren coronarla las razas mexicanas”. En otras palabras, que la Virgen misma se había despojado de la corona para permitir que los mexicanos la volviesen a coronar. Sin que dicha explicación fuese muy creída. En todo caso, aunque luego se acusó al abad Plancarte de haber comisionado a Salomé Pila para que retirara la corona, un reconocido pintor de la época que participó en la renovación del santuario, cuyas obras se llevaron a cabo con miras a la conmemoración de la Coronación, lo cierto es que nunca se aclaró el asunto y las investigaciones siempre se mantuvieron bajo el mayor de los sigilos. Ya antes habían surgido protestas sobre el proyecto de coronación que decían que “no debía ser coronada la imagen porque ya Dios la había coronado”. Y que para despejar tales críticas el abad había ordenado borrarla. Para cualquier fin práctico, la pintura de la virgen de Guadalupe del Tepeyac, fue manipulada y alterada alrededor de la fecha indicada. Hay un elemento adicional digno de destacar: en términos generales una corona, tal y como la conocemos representada, esto es, dorada (de oro), con picos, orlada con piedras preciosas y demás características, ha sido y es un símbolo real occidental, específicamente europeo. Los monarcas chinos, japoneses, indonesios, árabes, e incluso los reyes prehispánicos, no portaban coronas a la usanza europea, tal y como la que tenía la Virgen de Guadalupe, de figura y aspecto indígena.
Autor: Ernesto Piñeyro-Piñeyro
Comentario:
"Con Ojos y Oídos de Niño de 84 Años... Clamando en el Desierto". Nuestras Vidas Secretas. A menudo leemos en los medios tradicionales o en las malditas y mentirosas redes sociales, que, a fulano, mengano, zutano o perengano, que ha muerto recientemente, se le descubrió una vida secreta que nadie conocía, ni sospechaba. Después de 30 o 40 años, de vivir tranquila, intachable, honorable y tradicional, se supo que... ¿?, Y entonces surgen y se urden infinidad de historias, desde actividades delictivas, conducta homosexual, sicarios, narcos, desfalcos, robos, uso de drogas, pero, sobre todo, familias alternas con hijos en otras ciudades. En los casos más espectaculares, relatan trabajos como contra espionaje, espías y saboteadores profesionales, estas últimas historias se dan más en los medios de los países del llamado primer mundo. Sin embargo, no tenemos que hurgar en lugares muy remotos para darnos cuenta de una situación muy difundida, común y generalizada; ¡Todos, absolutamente todos, tenemos vidas secretas! Cosas que hemos hecho y de las cuales nunca enteramos a nuestros familiares, ni siquiera a los hermanos, compadres o amigos más cercanos. Ni a los curas en confesión Algunas tan espectaculares como las de novelas y las películas de acción, aunque ustedes no lo crean. Esto lo digo con la seguridad de las muchas historias clínicas recabadas en mis actividades profesionales como psicoterapeuta en más de 55 años de práctica profesional. Además de las que me confiaron personas que conocí al azar, es decir, de chiripada. En mi juventud, cuando viajé vendiendo libros y enciclopedias, por casi medio norte del país, me topé a muchos agentes viajeros de diferentes giros, rubros y mercancías, en ciudades alejadas de Monterrey. Ropa, zapatos, alimentos, cosméticos, refacciones de todo tipo, medicinas y remedios milagrosos para los barros, espinillas. Los dolores menstruales se curaban con el elixir mágico de Lydia Pinkman, la calvicie, la impotencia sexual y hasta ¡la locura de amor! Los encuentros se daban en gasolineras, talleres mecánicos que reparaban los percances de los automóviles, vulcanizadoras que parchaban las gastadas llantas. Así como restaurantes frecuentados por la mayoría de los agentes viajeros o en cantinas y en recibidores de los hoteles tradicionales, donde las pláticas se extendían hasta horas de la madrugada. Entonces, se abrían las puertas a las confidencias y las presumidas, que cada uno aportaba, a la más variada colección de experiencias personales. La mayoría giraban alrededor de las mujeres en todos los estados civiles y edades, unas solteras, otras divorciadas, también casadas con otros viajeros y alguna que otra viuda. Varios comentaban los encuentros con chicas aún menores de edad, que aceptaron los riesgos de irse con ellos a lo desconocido, aburridas de la vida monótona en sus pueblos. Que después abandonaban en un hotel, para reencontrarlas trabajando como meseras o en burdeles fronterizos. Me tocó conocer a unas de estas jovencitas audaces y debo reconocer sin pena, que, a mis veintitantos años, me asusté y me negué a llevármela, dejando pasar de largo, quizá una peligrosa, compleja y excitante aventura pseudo amorosa. Se mostraban fotografías secretas de ellas y a veces de los hijos tenidos fuera del matrimonio. También se daban pláticas de ventas fabulosas, con comisiones extraordinarias y de las que se "caían" por motivos desconocidos. Aventuras casi de capa y espada, con asaltantes y delincuentes camineros, que pretendían despojarlos del auto de la compañía, los pagos adelantados y los enganches en efectivo de las promesas de compra. Yo andaba en los veintitantos años y como era de los más jóvenes, tenía poco que comentar y mucho que aprender de estos caballeros de las inhóspitas carreteras y solitarios caminos del norte mexicano. Me tocaron largos trayectos a todas las horas soleadas del día y a veces de la noche obscura, lloviendo a cántaros o con nieve cayendo sobre el parabrisas del carro. Hace ya muchos años que no me topo a uno de estos modernos Pochtecas, que como en los caminos mayas, los famosos "Sacbeob", llevaban y traían, no solo mercancías, sino información relevante a sus negocios. Esos viejos viajeros, eran el sistema nervioso central y periférico, los nervios, el corazón, las venas y las arterias de la economía nacional, en un país que entonces no pasaba de los 40 millones. Pero son los malditos políticos, a los que se les descubren las más truculentas Vidas Secretas, que llegan a veces hasta el homicidio y el asesinato por encargo. Y cacarean que primero los pobres y que no debe haber gobierno rico, con pueblo pobre. ¡Descarados y sinvergüenzas! Me gustaría ver a esos huevones y delincuentes de la 4trera deformación y de morena, como los Noroña, los Batres, los Adanes, los Andys, los Monreal, las Alcalde y los AMLOS. A todos los que pretenden acabar con nuestro perfectible, pero probado sistema de economía mixta, pasar un mes al volante de un carro, a veces sacándolo de un zoquetal a media noche en medio de la lluvia y de la nada. O cambiando una llanta al amanecer, en el desierto, esperando ayuda para regresar el auto a la carpeta asfáltica, si la había. Muchas veces, sin probar bocado en dos o tres días, porque las ventas no se daban. Y que, con ello, pusimos los cimientos quizá incompletos, pero sólidos, del México que los mantiene económicamente, por hacer nada. Con sus apestosas nalgas sudadas y su drenaje sanitario anatómico, pegados a su curul. Tomando café, viendo el soccer en sus tabletas, en el aire acondicionado y con sueldos inmerecidos de sultanes y príncipes orientales. Para terminar, permítanme unos de mis versos favoritos a tono con el título de este artículo; "Con letras ya borradas por los años, en un papel que el tiempo ha carcomido, símbolo de pasados desengaños, guardo una carta que selló el olvido. La escribió una mujer joven y bella. ¿Descubriré su nombre? ¡no!, ¡no quiero! pues siempre he sido, por mi buena estrella, para todas las damas, caballero..." Juan de Dios Peza, (1852-1910).



